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Salvador Bayona- 132 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
XXII.- GUILLERMO Y EL PROFESOR
El profesor estaba casi tan bebido como él, o quizás más pero, encontra de haber perdido su verbo fácil, el alcohol parecía haberlo potenciadohasta límites insospechados.Desde que trabajaba con el profesor, hacía ocho años, aquella era laprimera vez que compartían aquella extraña manifestación de ánimo queconsistía en emborracharse y disfrutar de una buena, larga y casi nuncabarata felación pues, aunque él mismo había adquirido aquel hábito porconsejo expreso del profesor, un gran aficionado a las “petites madammesde rue” como él las llamaba, nunca hasta entonces lo había hechoacompañado de nadie que no fuera la propia fulana.Guillermo sentía hacia el profesor un sincero afecto más debido a suafabilidad de trato que a haber llegado a un conocimiento más o menosprofundo del otro. Había hecho cálculos con la edad de ambos y le gustabapensar que su padre, al que nunca conoció, tendría la misma edad delprofesor. Por eso a veces, cuando por motivos de trabajo su relación se hacíamás frecuente, sentía el impulso de establecer algún vínculo personal con ély se veía invadido posteriormente por un profundo pesar al no haber sabidoo tenido el valor suficiente para hacerlo. Por su parte al profesor no parecíainteresarle traspasar ese umbral y, siempre con buen humor, había evitadocualquier otro registro entre ellos que no fuera el estrictamente profesional.Pero en aquel momento ambos compartían el placentero trabajo dedos bocas sabiamente adiestradas bajo la línea del ecuador y, sobre ella,sendas copas de buen güisqui mientras Guillermo, emborronado por el licor,
 
El restaurador y la madonnina della creazione- 133 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
pensaba que aquello debía de ser lo más próximo a la amistad que habíaconocido nunca.
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...la diferencia estriba –continuaba diciendo el profesor- en que estegigantesco monstruo que llamamos sistema lo fagocitaabsolutamente todo, y mientras algunos desean ser devorados, otrosse esfuerzan por dar un paso atrás para poder ver las fauces delmonstruo... ¿me entiendes, mi muy queridísimo Wilheim?
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Te entiendo, te entiendo... no sabes hasta qué punto te entiendo –mintió sin saberlo-.
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Escucha: ¿recuerdas cuando empezamos?
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Muchas veces, muchas veces... –Guillermo creyó entender que elprofesor hacía alusión al inicio de su amistad y le hubiera gustadoexpresar la emotividad que aquello despertaba en él, pero el alcoholsólo le permitió repetir:- no te puedes imaginar cuántas veces
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Pero escucha... ¿no te has preguntado nunca el porqué yo mereservé el derecho de escoger las obras que trabajaríamos?
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No. La verdad es que nunca lo he hecho. Al fin y al cabo eres tú elhistoriador, y tú eres el que tiene los famosos cuadernillos de lasminas de Alt Ausee.
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Ya. Pero en esos cuadernillos hay más de cuatrocientas cuarentareferencias, y sin embargo sólo hemos hecho seis “trabajos”... lo quequiero decir es que si no te has preguntado nunca porqué yo elijohacer determinadas obras y sin embargo me niego a hacer otras quetanto Susana como tú, que eres su perrito faldero, y no te ofendasque te lo digo con cariño...
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No me ofendo... sólo soy su perrito faldero, lo sé y lo asumo.
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... estaríais encantados de llevar a cabo.
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Eso sí, eso sí que me lo he preguntado muchas veces.. ¿porqué?,¿eh?, ¿porqué? –la euforia fálico-etílica de aquella situación le habíahecho perder definitivamente la dignidad-. Su puto perrito faldero.
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Ninguno de los dos lo entendéis. ¡Claro!, ¡cómo cojones ibais aentenderlo!. Escúchame bien, Guillermo, Guillaume Pinceau, porqueestamos en un grave peligro...
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Lo sé, esta noche yo me he llevado la peor parte. Ya casi no meduele, pero debo tener una pinta espantosa. Ahora soy un perritofaldero magullado.
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No me refiero a eso... aunque también. Entonces debo decir queestamos en dos graves peligros.
 
Salvador Bayona- 134 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com 
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¿A qué te refieres? –volvió a decir Guillermo apenas recuperado delataque de risa alcohólica que habían padecido ambos a raíz de lasúltimas palabras del profesor-.
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Corremos el peligro de perder nuestras almas.Guillermo intentó mirar al profesor fijamente, con una miradaacorde a la profundidad de la frase que había escuchado, pero la expresiónde éste y los acompasados cabeceos afirmativos del hombre y la prostituta,hicieron imposible que se sustrajera a un nuevo ataque de risa que cesó pocodespués, cuando la mujer que estaba entre sus piernas acabóprematuramente con su trabajo.
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¡Escúchame! –el profesor apartó a su fulana de un poco delicadomanotazo y ésta se alejó farfullando improperios contra el viejo-. Loque ha pasado esta noche puede ser el inicio de nuestro fin. Hastaahora hemos jugado en el límite de la moralidad, pero si el italianoese se hace con el control, como parece que será, nos veremosabocados a la más terrible de las delincuencias. ¿No te das cuenta?
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¿Cuenta? –Guillermo había estado absorto en la limpieza de sumiembro como para atender lo que decía el profesor- ¿de qué?
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¡Dios mío!, después de todo este tiempo sigues pensado que somosfalsificadores de arte...
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¡Claro que sí!.. ¿qué otra cosa somos?
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Eres un necio. Y no te ofendas. Pero eres un necio...
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No me ofendo... sólo soy un necio, lo sé y lo asumo también, unperrito faldero magullado y necio
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...con un don especial, pero un necio al fin y al cabo. Eres un necioetimológico.
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¡Vale ya!, no te pases.
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Tanta universidad, tanto estudio... y ¿para qué: para que puedasrepetir como una máquina lo que has aprendido?. Nunca seráscapaz de aprender nada nuevo si no cuestionas el origen de tuconocimiento. Tú todavía crees que es lo mismo copiar unaGioconda que reconstruir un cuadro desaparecido, o que crear unaobra de arte. ¿verdad?.
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Lo segundo es más seguro, pero lo primero es lo que se hacer, y lotercero está fuera de nuestro alcance.
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¿Ves a lo que me refiero?. ¡Pero nosotros no falsificamos arte, porqueno duplicamos objetos existentes!. Yo me niego a hacer eso. Por esoquise mantener el control. El hecho creativo es singular, como el

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