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NATHALIE.
José Garés Crespo
 
2-I-Supongo que algo tuvo que ver la hora. El caso es que eran cerca de las once de lanoche de un día laborable y encontré aparcamiento con facilidad. Pero, ya se sabe, nada esperfecto y pese a que llovía al salir de casa, se me olvidó el paraguas, de manera que, aunqueel club estaba a tan solo doscientos metros de donde aparqué, la lluvia tuvo tiempo demojarme suavemente.Aquella noche me encontraba solo. Mi esposa había tenido que viajar a la capital y novolvería hasta el día siguiente. Hacía tiempo que las ausencias, de uno y también del otro,funcionaban como un bálsamo para quien se quedaba en el hogar familiar. Aburrido ycansado, tratando de perder tiempo para que me venciese el sueño, salí a tomar una copa sinsaber a dónde ir. Recordé que hacía tiempo que quería visitar un bar-club donde solían tocaralgunas bandas y que, según me habían dicho, tenía un ambiente agradable, un tanto bohemioy con gente joven.Aquel fue el escenario de mi reencuentro con Julio, después de no verlo durante variosaños. Inicialmente fue un motivo de alegría que me hizo recordar momentos vividos y casiolvidados. Podría considerarse que, sin haber sido lo que se dice amigos, tal vez por ladiferencia de edad, tuvimos una relación suficiente para conocerlo bien, o eso creía. Puedeque realmente lo conociese y se me olvidó con el tiempo, quién sabe. Se diría que somostantos como situaciones vivimos, aunque alguna característica trascienda desde los genes ypermanezca más allá de las secuencias del día a día.Lo encontré inmerso en ese estado vaporoso, confuso y sentimental que provoca quenuestra mente de vueltas y más vueltas, como una noria, ensanchándose aquéllas hasta casidiluirse en la nada y de repente se estrechan y se revuelven sobre su origen hasta casiagobiarte. Me confesó que cuando se encontraba así, procuraba visitar aquel club, que si bienno tenía nada que ver con El Minton's Playhouse de Harlem, era el único que había en la
 
3ciudad con un ambiente apropiado para emborracharse sintiéndose acompañado, aunque nosiempre fuese por alguien conocido. Era, probablemente, el único tugurio adecuado. Despuésde saludarnos con un abrazo, pedir un Jack Daniels y saborearlo, Julio pareció ausentarsequedándose abstraído mientras sonaba un solo de batería que duró cerca de dos minutos.Julio no volvió a la realidad hasta que volvió con fuerza el contrabajo, en un intento por sugeriruna melodía propia que fue suavemente tomando cuerpo y expandiéndose, igual que si de dosmelodías se tratase, empastadas una en la otra y sueltas al mismo tiempo. Pude observarcómo Julio y sus extremidades, sin apenas moverse, se integraban definitivamente al centromelódico de la pieza con la incorporación de la trompeta que, limpia y avasalladora, fuellenando todos los rincones del salón, arrinconando y dejando en el lugar que les correspondíaa la batería y al contrabajo. Julio, que intentaba marcar el compás con el pie derecho,paralelamente al ritmo que marcaba la batería, se deslizó, planeando sobre la realidad, hastadejar el vaso sobre la mesa despertando y regalándome una sonrisa. Recordé que, en algunasocasiones, tenía una extraña manera de mirar, arrugando el entrecejo y observándote pordebajo de las pestañas.El club estaba medio vacío. Tenía las paredes enmoquetadas con una tela azul oscuroque no supe por qué, pero me recordaba los interiores de la habitación del chalet de mí prima.Tuve la impresión de que Julio no volvía a la realidad en un sentido estricto, que sería lo mismoque decir que mantenía en activo toda su historia; pensé que lo más probable era que enaquellos momentos le fuese imposible soportar tanta carga. Me refiero a la última realidad,minúscula como todos los últimos episodios de la vida o la historia, según se quiera ver,aquella que, según supe después, desde hacia unas semanas le ocupaba mentalmente, de día yde noche, hasta inundar y casi hacer desaparecer el resto de su vida. Era increíble, cómo en unmomento, un tema que pudiera parecer baladí en otra circunstancia de su vida, tomabafuerza, se hinchaba y se expandía cubriendo el resto de sus experiencias vitales, todolentamente, como esas mareas que hinchan el mar y van inundando la playa y sorprende los
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