ellos se amalgamaban en una caterva humana sometida a base de manodura, porque la motivación para el soldado raso no era mucha. La paga eramala, la comida peor y las posibilidades de promoción casi nulas. Sinembargo les asistía un designio divino: estaban allí para la mayor gloria de
Roma
y ese pensamiento llenaba la corteza de miras de la mayoría,haciéndolos sentir portadores de una misión que les abriría las puertas de laeternidad. Algunos se sentían héroes anónimos, aunque para sus superiores, para su general, para el mismísimo
Augusto
, no eran más que el medio decorroborar el poder el imperio en las cuatro esquinas del mundo conocido.La
Pax Romana
, pregonada por el
Princeps
después de las cruentas guerrasciviles del
Segundo Triunvirato
de las que había salido victorioso alsometer a los partidarios del finado
Pompeyo
liderados en
Hispania
por suhijo
Sexto
, se extendía por las provincias más occidentales del imperio. La
Tarraconensis
volvía a suministrar a
Roma
el preciado cereal y el vino, la
Baetica
el aceite, la
Lusitania
había dejado de ser un refugio para losrebeldes. Por todas partes proliferaban, prósperas aldeas y villas, granjas,calzadas, acueductos, como huellas irrefutables de que la civilización habíallegado de la mano de un pueblo culto y adelantado. Quedaba sin embargoun pequeño reducto en el noroeste, una insignificante resistencia de unos pocos caudillos indígenas que se negaban a someterse a los designios de lagran capital del mundo. Las
Guerras Cántabras
habían terminado. El
Imperator
las había dado por concluidas cuando creyera someter definitivamente a los
cántabros
y a los
astures
, después de incontablesescaramuzas, tan incómodas para las legiones, que habían durado largosaños. Y para escenificar su victoria ante el pueblo de
Roma
, para recibir loores tan merecidos por hechos acaecidos tan lejos de la urbe central,había mandado cerrar las puertas del
Templo de
Jano
, que solamente permanecían abiertas en períodos de guerra. Ése había sido el símbolodefinitivo de su
Pax
. Pero las cosas no estaban tan claras en los montes dela
Provincia Transduriana
. Los últimos grupos de insurrectos, empujadoshacia las abruptas cumbres al norte del río
Sil
, resistían heroicamente y sehabían convertido en una auténtica pesadilla para los asentamientosromanos de nueva creación. Aquella tierra era yerma, de largos y fríosinviernos y asfixiantes veranos, escarpada, agreste. A nadie más que a losindígenas interesaría si no fuera por una particularidad: los arroyosmilenarios que vertían sus aguas gélidas y cristalinas al
Sil
escondían ensus lechos el metal más preciado por los romanos: oro. El oro de la riqueza para el imperio y el oro de la muerte para los indomables habitantes de lastierras de la bruma.Furnio comenzó a hablar. Uno de sus asistentes, a voz en grito, repetíasus palabras y el eco las reposaba en los oídos de los soldados como unzumbido porfiado. La campaña tocaba su fin —les explicaba—. Los espíashabían informado que en el castro quedaban solo unos pocos hombres que
Leave a Comment