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PrefacioEL ASEDIO
Amanecía…, amanecía en silencio. La bruma, dueña de los secretosdel bosque, ascendía desde los bosques linderos a los arroyos hacia lo altodel macizo quebrado, dolorido por fracturas profundas de antiguoscataclismos. Robles, hayas, avellanos y abedules coloreaban en verdesdistintos las tierras bajas que, protegidas de los vientos gélidos y amparadasen una humedad perpetua, producían cada noche aquel lienzo fantasmal ycada mañana lo exhalaban hacia las cumbres. Los lobos habían aulladodurante buena parte de la madrugada impregnando la atmósfera de unzumbido alborotado e intermitente; pero ante la amenaza del día se habíancallado y al alba el silencio era total, tan abrumador que ni los pájaros seatrevían a desplegar su canto a pesar de ser primavera. Los primeros rayosde sol comenzaban a vencer a la niebla al pie de la colina y los soldados deguardia podían ver a lo lejos los lacios estandartes, pues el viento habíacesado por completo. Las patrullas del campamento suroeste recorrían,como todos los días durante los últimos seis meses, la parte del foso que loszapadores habían excavado demarcando el contorno del monte: cinco
millas romanas
1
, la tercera parte de su perímetro. La trinchera enlazaba demanera intermitente los riscos pizarrosos con las escarpadas laderaslabradas por los torrentes, con la intencn de convertir aquel cerroinexpugnable en una prisión. Otros dos campamentos al norte y otro alsureste, completaban la vigilancia con sendas patrullas para que nadieentrara o saliera del recinto circunscrito por el foso y rubricado, en loslugares más sensibles, por una vetusta empalizada que en alguno de sus puntos alcanzaba la altura de dos hombres.En el primero de los campamentos el general Furnio se disponía aarengar a la tropa que, después de tanto tiempo de inactividad, se mostrabanerviosa. Bajo sus órdenes formaban en el llano robado al matorral dos
cohortes
2
. Delante de las tiendas seis centuriones espoleaban a los soldados procurando que la formación mostrara la dignidad propia de loslegionarios. Furnio pasó revista apresuradamente para terminar situándosefrente a ellos, en el medio del campamento. Había novedades que servirían para levantar el ánimo de los hombres. Las noticias trdas por losexploradores eran excelentes y por fin iba a terminar casi medio año desitio a aquel monte yermo situado en los confines del mundo.Había entre los legionarios toda clase de individuos: rudosmercenarios, jóvenes de reemplazo y veteranos a punto de jubilarse. Todos
1
Una
milla romana
equivalía a mil pasos; unos 1.481 m.
2
Una
cohorte
constituía la décima parte de una
legión.
Estaba formada por 480 soldados de infantería.
 
ellos se amalgamaban en una caterva humana sometida a base de manodura, porque la motivación para el soldado raso no era mucha. La paga eramala, la comida peor y las posibilidades de promoción casi nulas. Sinembargo les asistía un designio divino: estaban allí para la mayor gloria de
 Roma
y ese pensamiento llenaba la corteza de miras de la mayoa,haciéndolos sentir portadores de una misión que les abriría las puertas de laeternidad. Algunos se sentían héroes anónimos, aunque para sus superiores, para su general, para el mismísimo
 Augusto
, no eran más que el medio decorroborar el poder el imperio en las cuatro esquinas del mundo conocido.La
 Pax Romana
, pregonada por el
 Princeps
después de las cruentas guerrasciviles del
Segundo Triunvirato
de las que había salido victorioso alsometer a los partidarios del finado
 Pompeyo
liderados en
 Hispania
por suhijo
Sexto
, se extendía por las provincias más occidentales del imperio. La
Tarraconensis
volvía a suministrar a
 Roma
el preciado cereal y el vino, la
 Baetica
el aceite, la
 Lusitania
había dejado de ser un refugio para losrebeldes. Por todas partes proliferaban, prósperas aldeas y villas, granjas,calzadas, acueductos, como huellas irrefutables de que la civilización habíallegado de la mano de un pueblo culto y adelantado. Quedaba sin embargoun pequeño reducto en el noroeste, una insignificante resistencia de unos pocos caudillos indígenas que se negaban a someterse a los designios de lagran capital del mundo. Las
Guerras Cántabras
habían terminado. El
 Imperator 
las haa dado por concluidas cuando creyera someter definitivamente a los
cántabros
y a los
astures
, después de incontablesescaramuzas, tan incómodas para las legiones, que habían durado largosaños. Y para escenificar su victoria ante el pueblo de
 Roma
, para recibir loores tan merecidos por hechos acaecidos tan lejos de la urbe central,había mandado cerrar las puertas del
Templo de
 
 Jano
, que solamente permanecían abiertas en períodos de guerra. Ése había sido el símbolodefinitivo de su
 Pax
. Pero las cosas no estaban tan claras en los montes dela
 Provincia Transduriana
. Los últimos grupos de insurrectos, empujadoshacia las abruptas cumbres al norte del río
Sil 
, resistían heroicamente y sehaan convertido en una auntica pesadilla para los asentamientosromanos de nueva creación. Aquella tierra era yerma, de largos y fríosinviernos y asfixiantes veranos, escarpada, agreste. A nadie más que a losingenas interesaa si no fuera por una particularidad: los arroyosmilenarios que vertían sus aguas gélidas y cristalinas al
Sil 
escondían ensus lechos el metal más preciado por los romanos: oro. El oro de la riqueza para el imperio y el oro de la muerte para los indomables habitantes de lastierras de la bruma.Furnio comenzó a hablar. Uno de sus asistentes, a voz en grito, repetíasus palabras y el eco las reposaba en los oídos de los soldados como unzumbido porfiado. La campaña tocaba su fin —les explicaba—. Los espíashabían informado que en el castro quedaban solo unos pocos hombres que
 
no resistirían ni siquiera una mañana. Les pedía un último esfuerzo, unúltimo ataque enérgico para poner fin a aquel episodio tan poco épico que jamás sería recogido en ninguno de los escritos de los que son tan devotoslos historiadores. Aquel asedio pasivo no pasaría a los anales de lasepopeyas romanas. El general se sentía como el barrendero oficial de laslegiones, limpiando la última escoria de los montes para que otros sellevaran la gloria que a él le había huido tantas veces. En el fondo sentíaenvidia de los derrotados. Ellos sí que habían demostrado valor. Aquellosmalditos bárbaros atrasados, habían probado ser una casta excepcional deguerreros capaces de hazañas merecedoras de ser incluidas en los libros yreproducidas en los frisos de los templos. Si él fuera uno de esosmanipuladores de las palabras no tendría más remedio que admitir laevidencia de que cualquiera de aquellos niños, de aquellas mujeres, deaquellos viejos, reunía más arrojo en su corazón que un pelotón completode sus aguerridos mercenarios. Sabía sin la menor duda que luchar por dinero no es lo mismo que hacerlo por honor. Aquellos hombres delinspito norte de
 Hispania
:
 galaicos
,
cántabros
y
astures
, llevabantatuado en el carácter la dureza de las montañas en las que vivían. Teníanun sentido tan profundo del territorio que un pedazo de tierra inservible erarazón suficiente para matar o morir. La tierra era la madre que los acogía y por eso la amaban más que a cualquier otra cosa. La tierra era la aldea, laaldea era el clan, el clan la familia y ésta el patrón que regía todo loimportante.La niebla terminó por esfumarse en un penacho blancuzco y un solradiante fue apoderándose de la colina desde los valles hasta la cumbre. Elviento volvió a soplar tímidamente, azuzando una columna de humo gris enla dirección del campamento suroeste. Transportaba un mensaje funesto por medio de un intenso olor a carne quemada. Los soldados se mirabanllenos de desconcierto, pero su general ya estaba al corriente de lo quehabía pasado. La noche había sido larga y aciaga desde que la luna llena seapoderara del cielo y los indígenas
 
comenzaran a entonar cánticos en elcastro. Pronto se les habían unido los aullidos de los lobos. Una granhoguera, en el centro de la aldea, había iluminado el cielo como si en ellase estuviese quemando toda la madera del monte. Los cánticos habíandurado casi hasta el amanecer. No eran canciones alegres sino más biendesgarrados coros premonitorios de algo que era inminente e inevitable. De pronto cesaran y un silencio breve había dado paso a un bullicio lloroso de plañideras. Se habían oído gritos atroces, maldiciones y blasfemias contralos romanos y contra sus dioses. Tres horas antes de la salida del solaquella frenética actividad había cesado en la colina y únicamente los loboscontinuaran predicando desde su desconocido paradero lo que estabaaconteciendo. Poco después, una veintena de indígenas se había lanzadocontra la empalizada suroeste, salvándola gracias a una escalera
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