—
Sí
—
contestó abriéndolo con la llave que le habían dado y metiendo su maleta enel portabultos, le imité
—
. Tenerlo en la ciudad es una tontería, pero cuando vengo aquí meencanta conducir uno. Vamos, sube.
—
¿Estamos muy lejos?
—
pregunté mientras me ponía el cinturón de seguridad.David apuró su café antes de subirse al coche y contestarme.
—
No, está a unos veinte kilómetros. En media horita estaremos allí.Me sentía más despierto ahora, y durante un rato me contenté con observar elpaisaje que íbamos dejando atrás. La carretera atravesaba una zona boscosa dominada porabedules y encinas, e incluso vi algún que otro roble junto a las vías. A medida que íbamosascendiendo, lo pinos fueron tomando protagonismo y la temperatura descendía cada vezmás. Pronto entendí por qué David había alquilado un todoterreno: estábamos en unacarretera secundaria que se estrechaba a ratos y que parecía haber sido asfaltada por últimavez varios años antes. Había badenes y baches por todas partes, lo que dificultaba laascensión por tramos que alcanzaban hasta el 10% de pendiente, pero él parecía conocer lacarretera perfectamente bien y sentirse a gusto conduciendo en esas condiciones.Pasamos de largo un pequeño pueblo, del que sólo pude distinguir algunos tejados yel campanario de una iglesia que sobresalía entre los árboles. Poco después habíamosdejado la carretera para meternos en un camino de tierra que atravesaba un pinar. Aquí David conducía más despacio. El suelo estaba poblado de retamas y helechos y estaba algoescarchado, quizás por una helada reciente.
—
¿Crees que nevará?
—
pregunté entusiasmado ante la idea.
—
No creo, no con este tiempo y a esta altitud.
—
¿A qué temperatura estamos?David miró el salpicadero del coche antes de contestar.
—
A nueve grados. Vamos a pillar buen tiempo.
—Vaya… —
dije algo decepcionado, aún con la idea en mente de pasar un fin desemana en la nieve
—
. ¿Queda mucho?
—
No.
—
¿A qué altitud estamos ahora?
—
pregunté, aún a sabiendas de que estaconversación estaba siendo más larga de lo que David solía tolerar cuando conducía.
—
A unos 1.100 metros.
—
¿Y por qué compraste una casa aquí?
—
No la compré, es una herencia.
—Aaah… ¿De quién?
—
De mi abuelo.
—
¿El que murió cuando estábamos juntos?
—
No, de mi abuelo materno.
Leave a Comment