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 24Entre las patas de un caballopenas recuerdo de ese viaje en tren. Me pasé la mayor parte del trayectodormitando en mi asiento, con la cabeza apoyada en el hombro de David, que
leía “Preludio a la Fundación” de Asimov. Cuando llegamos me despertó con un
leve codazo en las costillas y salí del vagón con la bolsa colgada del hombro y haciendoesfuerzos por abrir los ojos.Nos encontrábamos en un bucólico apeadero en medio de ninguna parte. El andénestaba al aire libre y sólo contaba con un pequeño edificio de ladrillo rojo en el que seencontraban la ventanilla de venta de billetes y las oficinas. Las montañas que se alzabanfrente a nosotros tenían las cimas parcheadas de blanco y el cielo estaba despejado y de unazul muy intenso, pero hacía bastante frío.
 — 
¿Y ahora qué?
 — 
pregunté mientras sacaba un abrigo de la mochila y me lo ponía.David miraba alrededor, como disfrutando de un paisaje largamente añorado. Luegofijó su vista en el edificio que constituía la estación.
 — 
Vamos allí 
 — 
me dijo
 — 
. Alquilaremos un coche para llegar.Asentí y le seguí hasta la oficina de alquileres. Mientras él se entretenía eligiendoqué modelo alquilar, yo me acerqué a una máquina de bebidas y saqué dos cafés biencargados.
 — 
Gracias
 — 
me dijo David cuando le di el suyo. A pesar de que llevaba unosguantes de piel, cogió el vaso de papel con las dos manos, como si las quisiera calentar conla tibieza que desprendía
 — 
. ¡Qué frío!
 — 
exclamó con cierto deleite, y al hacerlo su alientose condensó frente a su boca.
 — 
¿Y el coche?
 — 
pregunté deseando guarecerme en algún lugar.David me guió hasta el pequeño aparcamiento que había tras la estación y se dirigióa un todoterreno rojo que estaba estacionado allí.
 — 
¿Un 4x4?
 — 
le pregunté con perplejidad. Siempre había tenido a David por unhombre de deportivos.
A
 
 — 
Sí 
 — 
contestó abriéndolo con la llave que le habían dado y metiendo su maleta enel portabultos, le imité
 — 
. Tenerlo en la ciudad es una tontería, pero cuando vengo aquí meencanta conducir uno. Vamos, sube.
 — 
¿Estamos muy lejos?
 — 
pregunté mientras me ponía el cinturón de seguridad.David apuró su café antes de subirse al coche y contestarme.
 — 
No, está a unos veinte kilómetros. En media horita estaremos allí.Me sentía más despierto ahora, y durante un rato me contenté con observar elpaisaje que íbamos dejando atrás. La carretera atravesaba una zona boscosa dominada porabedules y encinas, e incluso vi algún que otro roble junto a las vías. A medida que íbamosascendiendo, lo pinos fueron tomando protagonismo y la temperatura descendía cada vezmás. Pronto entendí por qué David había alquilado un todoterreno: estábamos en unacarretera secundaria que se estrechaba a ratos y que parecía haber sido asfaltada por últimavez varios años antes. Había badenes y baches por todas partes, lo que dificultaba laascensión por tramos que alcanzaban hasta el 10% de pendiente, pero él parecía conocer lacarretera perfectamente bien y sentirse a gusto conduciendo en esas condiciones.Pasamos de largo un pequeño pueblo, del que sólo pude distinguir algunos tejados yel campanario de una iglesia que sobresalía entre los árboles. Poco después habíamosdejado la carretera para meternos en un camino de tierra que atravesaba un pinar. Aquí David conducía más despacio. El suelo estaba poblado de retamas y helechos y estaba algoescarchado, quizás por una helada reciente.
 — 
¿Crees que nevará?
 — 
pregunté entusiasmado ante la idea.
 — 
No creo, no con este tiempo y a esta altitud.
 — 
¿A qué temperatura estamos?David miró el salpicadero del coche antes de contestar.
 — 
A nueve grados. Vamos a pillar buen tiempo.
 —Vaya… — 
dije algo decepcionado, aún con la idea en mente de pasar un fin desemana en la nieve
 — 
. ¿Queda mucho?
 — 
No.
 — 
¿A qué altitud estamos ahora?
 — 
pregunté, aún a sabiendas de que estaconversación estaba siendo más larga de lo que David solía tolerar cuando conducía.
 — 
A unos 1.100 metros.
 — 
¿Y por qué compraste una casa aquí?
 — 
No la compré, es una herencia.
 —Aaah… ¿De quién?
 
 — 
De mi abuelo.
 — 
¿El que murió cuando estábamos juntos?
 — 
No, de mi abuelo materno.
 
 — 
¿También murió?
 — 
Sí, hace años.
 — 
Lo siento
 — 
musité
 — 
. ¿No te molesta que hablemos mientras conduces?
 — 
No, ya no. Me he tenido que acostumbrar por culpa de Clara.Sonreí.
 — 
Me lo imaginaba. ¿Y ella no viene contigo?
 — 
No le gusta el campo, y detesta los caballos.
 — 
¿Caballos?
 — 
pregunté exaltado
 — 
. ¿Tienes caballos?
 — 
Sí, tengo cuatro. Bueno
 — 
rectificó con una leve sonrisa
 — 
. Ahora debo de tenercinco.
 — 
¿Cómo?
 — 
Por eso he venido
 — 
me explicó
 — 
. Mi yegua favorita se puso de parto anoche,quiero comprobar que todo ha salido bien.
 — 
¿Crías caballos?
 — 
pregunté mientr
as le daba vueltas a la expresión “mi yeguafavorita”.
 
 — 
No. No como actividad comercial en todo caso, me gusta tenerlos, nada más.
 — 
¿Sabes montar?
 — 
Por supuesto que sé
 — 
dijo, casi ofendido
 — 
. ¿Tú no?
 — 
No, nunca he estado cerca de un caballo.
 — 
Eso lo vamos a solucionar hoy. Como hace buen tiempo podremos dar un paseocon ellos.Sonreí. Súbitamente ya no me sentía decepcionado porque no nevase.El coche se paró frente a una alta valla negra y David rebuscó en sus bolsillos hastadar con un mando a distancia con el que abrirla. Tras ella se veía un camino de accesoflanqueado por unos árboles y cuyo final se perdía tras una curva. Miré a mi alrededor paraver la longitud de la valla una vez que la atravesamos, pero los árboles entre los que seperdía me imposibilitaban calcular la superficie del espacio que contenía.
 — 
¿Todo esto es tuyo?
 — 
Sí.
 — 
Me dijiste que tenías una casita en el campo
 — 
dije, mientras seguíamosavanzando por ese caminito que parecía no tener un final
 — 
, pero esto es más bien unafinca.
 — 
Necesito espacio para los caballos
 — 
dijo como toda explicación.
 — 
¿Cuánto terreno tienes aquí?
 — 
Unas sesenta hectáreas
 — 
contestó.Silbé por lo bajo.
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