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No lo pude evitar; o tal vez (oh, Dios, el cielo me ayude), no lo quise evitar.Demasiados os. Demasiados. Siempre a su lado. Siempre a su servicio.Siempre queriéndole. Siempre. Recuerdo ahora, con inmenso dolor, cuando leconocí. Su intelecto. Su maravilloso intelecto. Tan fascinante. Tan poco intuitivo,de tan racional y lógico, que no daba margen a la corazonada, a las fugacesvisiones, a las imágenes de los sueños. Al riesgo, al fin y al cabo (tardé quinceaños en darme cuenta). Junta las piezas adecuadas de un puzzle, y hasta elsimio s abyecto acertatarde o temprano a componer el cuadro sdecadente de Turner. Que el cielo me perdone. Demasiados os, ,demasiados. Sintiendo, creyendo que colaboraba en una cruzada históricacontra nuestros enemigos. Que yo era el torpe, el apoyo sumiso pero, tal vez, ypor algunos instantes imprescindible (¿nunca aspiraron a una mínima pizca degrandeza?). Y su talento musical. Dios santo, oírle era elevarse a la morada de laSantísima Trinidad, morir para renacer, sufrirde gozo hasta el éxtasis del alma,sentir placer en cada poro de mi indigno cuerpo... No entendí (y ahora sé quenunca entenderé), cómo podía expresar tal tonalidad de sentimientos, teniendocomo tenía una visión tan básica del mundo. El bien, el mal, el rastro inevitablede la depravación, la huella imposible de evitar de la malignidad... Y siemprepensé que todo lo haa por amor a la humanidad, por desprendimientoespontáneo. Qué absurdo he sido. La vanidad es el mayor de los pecados, ahoracreo que porque excusa y maquilla todos los demás, pero también porque afectaa todas las almas, desde las más vulgares hasta, sobre todo, las más elevadas.Grandes espíritus atraen grandes perversidades, ja, ésa podría ser una frasesuya. Pero ya no. Ya ni siquiera su sangre es suya, ahora me resbala por losdedos mientras intento limpiar mis manos con estos ridículos pañuelos de sedaque la señora Wilbur se empeña hace veinte años en incluir en la colada. Sonpañuelos de seda valenciana, con un bordado realizado en Westminster, unhermoso bordado que evoca... no, no, no, no voy a poder sobrevivir sin él, lequería demasiado, le quiero demasiado, necesito su voz, su mirada, sus frasesirónicas e hirientes, su mano en mi hombro, su andar varonil, su aliento en mioído, cuando me felicitaba por mi trabajo, bajito, muy bajito, para que nadie másle oyera, para que siguiera recopilando prolijamente prueba tras prueba, rastrotras rastro, sugiriendo puntos en común, posibles conductas, posibles móviles...le necesito, y sólo me queda de él esta sangre en mis manos, que comienzo arestregarme por todo mi rostro, porque no podré vivir sin él, no, no, no podré, noquerré, no quiero, no puedo. Por qué matar a lo que se ama. Sé por qué. Algo desinceridad. Algo verdadero en sus gestos a lo que aferrarme, en lo que cobijarmey poder saborear luego a solas en mi habitación de soltero. Pero no hubo nucanada de eso. Hace seis años empecé a sospecharlo. Era todo falso. Vacío. Yo eraun engranaje, una pequeña pieza a la que alimentaba con vanas esperanzas (yo,doctor en medicina por la universidad de Cambridge), y que siempre quedaba enla sombra relamiendo las migajas que tenía a bien darme, como un vil perro alque se le da un sucio trozo de melaza.¿Es extraño, no? Soy doctor, pero nunca curé a nadie. Ni siquiera a mí mismo.Ahora ya no está entre nosotros. Su Majestad deberá contar con otro para

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