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Excursión a Nautla - Nahui Olín

Excursión a Nautla - Nahui Olín

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Crónica que hizo Nahui Olín sobre un viaje que hizo a Nautla, Veracruz.
Crónica que hizo Nahui Olín sobre un viaje que hizo a Nautla, Veracruz.

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Published by: Jaime Coello Manuell on Dec 08, 2011
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12/08/2011

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Excursión a Nautla
Apuntes para el libro “El infinito en lo ínfimo”, próximo a publicarse
Para EL AUTOMÓVIL EN MÉXICODe acuerdo con lo convenido, muy de mañana pasó el entusiasta excursionista señorEnrique Bert, a recogerme a mi domicilio. Manejaba un hermoso Templar”, coche pococonocido entre nosotros, pues si apenas y existen tres en esta capitalA bordo del flamante auto iba el popular fotógrafo Antonio Garduño, perfectamenteaprovisionado de aparato y y placas donde recoger gráficamente cuanto llamase la atenciónde nuestros ojos.Acomodada en mi lugar, emprendimos la marcha con el gozo retratado en nuestrossemblantes.La mañana era despejada, luciendo en todo su esplendor el bello sol de las alturas.Entretenidos por la charla, continua y alegre, nos dimos cuenta del tiempo transcurridocuando llegamos a Puebla, la que bien pronto abandonamos con dirección a San Marcos.En este pueblo pernoctamos, bien incómodamente por cierto, y una vez que amanecióreanudamos la marcha recorriendo caminos áridos y polvosos y pasando por pueblos cuyadesolación y desamparo contristaron nuestras almas.En Perote hicimos una escala impuesta por la necesidad de reparar las perdidasfuerzas. Comimos mal y de prisa, debido a que el frío reinante nos molestaba demasiado,continuando el itinerario trazado de antemano.Garduño comenzaba a fastidiarse de su inactividad, pues cuanto habíamos recorridosólo ofrecía paisajes de una vulgaridad desesperante, siendo lo peor que, a nuestro paso porAltotonga y otros pueblos verdaderamente encantadores, fuimos sorprendidos por unaespesa neblina y por la noche, que cubrió con su negro manto los bellos rincones deaquellos poéticos contornos,Gracias a la pericia de Bert, sorteamos los peligros de aquellos caminos, llenos decurvas y baches, y a cuyo borde se encontraban pavorosas barrancas.
 
Afortunadamente arribamos sin novedad a Teziutn, importante poblaciónenclavada en plena serranía, que ofrece al tourista encantos naturales inenarrables. Fuimosrecibidos por el señor Guerrero, importante industrial que posee magníficos tallerestipográficos y que, juntamente con el hacendado señor Zorrilla, llevaron a cabo la hermosacarretera que comunica esta región con Nautla.Teziutn cuenta con buenos hoteles, razón por la que pudimos descansar,durmiendo perfectamente. Muy temprano dejamos todos las amables banas,disponiéndose Garduño a impresionar unas placas con los encantadores paisajes de aquellapintoresca serranía que circunda al poblado, y Bert a inspeccionar su coche, alistándolopara la inmediata marcha.Antes de media mañana nos reunimos para continuar el viaje, impacientes por gozarlas sensaciones que al tourista ofrece esta privilegiada región, y amargados por el temor deque las vacaciones de semana santa, tan limitadas, no nos dejasen el margen necesario paracumplir con nuestro programa.Abandonamos Teziutlán para descender en busca del mar. Pasamos por el puente deConoquico y cruzamos bosques maravillosos. Atravesamos lugares de belleza increíblepara quien no tenga la dicha de contemplarla. Y pensé en Zola, y en Víctor Hugo, y enPereda, e invoqué a sus espíritus pidiendo que iluminaran el mío, cuando llegue la ocasiónde darles forma a estos apuntes.Una choza de carrizos semejantes al bambú, nos hizo notar que cambiábamos depanorama y de ambiente. El campo tomó otro color, dominando el de unas extrañas floresrojas. Momentos después entrábamos en Tlapacoya, pueblo de calles accidentadas y casaspintorescas por la cantidad de colores que lucen en sus fachadas y tejados. La placita deeste pueblo tiene el atractivo de encontrarse rodeada por naranjos en flor.Descansamos tres horas de Tlapacoya. En este lugar hicimos amistad con RosendoMontenegro, de origen italiano, curioso ejemplar de aventurero que, en la lucha por la vida,todo lo acomete y todo lo ejecuta, sin que haya obstáculo que no sepa vencer su despiertainteligencia y su actividad sin tasa. Hoy trabaja con el señor Plata, traficando con hielo yalgunas otras cosas. Fueron nuestros invitados para comer “bobo”, y una banda de jazzband, propiedad del señor Plata, amenizó el acto, que resultó sencillamente encantador.
 
Montenegro y Plata, a bordo de un camión Reo, propiedad del segundo, se unieron anuestra excursión, que fue reanudada poco después de haber comido. En el camión fueinstalada la banda de jazz, que dejó oír sus alegres sones por toda la boscosa región queatravesábamos. Seguramente las fieras que la poblaban han de haberse sentido sorprendidasde que hubiese quien se atreviera a turbar ese silencio, no profanado sino por sus aullidos opor el melodioso susurro de la brisa.Repentinamente divisamos unas torrecitas, blancas casitas de techos bajos, lucesamarillas y una placita con su fuente central de agua cristalina. Era Martínez de la Torre,donde cenamos, improvisamos un cabaret con nuestro jazz y pasamos la noche dormitando,a ratos en nuestro automóvil.Antes de que los rayos del sol rasgasen las tinieblas, emprendimos la caminata a losacordes del jazz que, naturalmente, nos tocó las mañanitas.Cruzando manglares y cafetos nos sorprendió la salida del astro rey, al llegar alSalto del Tigre. A la entrada de Los Mangos encontramos un grupo de estudiantes demedicina, cuyo Overland estaba atascado. Los estudiantes llevaban cerca de veinticuatrohoras sin tomar alimentos, encontrándose perdidos y asustados. Después de auxiliarlos,atravesamos las sabanas del Pital, donde bailamos el charleston; cruzamos por la coloniafrancesa, bien atendida, en la que vimos casas primorosas, jardines, etc., y una generaciónque a las claras denunciaba el paso de los franceses cuando la Intervención. Aquellos ojosazules y cutis sonrosados no desmentían la procedencia.Pasamos por Nautla, y en San Rafael comimos, siempre amenizados por el jazz.Después seguimos el curso de un río que se ensanchaba hasta llegar a Chumancodonde, con una anchura de ciento cincuenta metros, desemboca en el mar.Allí dispusieron las tiendas de campaña que ocuparon los hombres, dejándome a mí el automóvil como casa habitación.Fue allí donde Garduño se entregó a un trabajo febril, siendo yo el personajeprincipal de los motivos que sirvieron para impresionar sus placas, según podrá verse en losgrabados que aparecen.Al día siguiente, emprendimos el regreso, sin otra novedad que al haberse atascadonuestro coche en mitad del Pital, viéndome en la necesidad de caminar a pie como diez y

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