F
UNDACIÓN
G
ARCILASO DE LA
V
EGA
[3]negaron por miedo a ser llevados a galeras, se aplica la artillería hasta practicar un portillo por dondeseguidamente entraron dos capitanes que iniciaron negociaciones con los del interior. Mientras tanto,suben por la escala Garcilaso y otro capitán, y los de la torre tiran una piedra que rompe la escala ycae Garcilaso, produciéndose una herida en la cabeza, de la que muere tras veinticinco días deagonía.El relato de Martín García de Cereceda ofrece una alternativa entre la versión francesa y laespañola, menos gloriosa y patriotera de lo que a ambas interesaría, y sí más prosaica, como sueleser la realidad sin aderezos.LA LEYENDA DE RODASContra lo que suelen afirmar los textos biográficos, Garcilaso no participó en la expedición desocorro a la isla de Rodas, pues está acreditado documentalmente que en aquellas fechas (finales de1522) el poeta se encontraba en Valladolid, y luego, a lo largo de 1523, se halló acompañando aCarlos V a Burgos, Logroño, Pamplona y Fuenterrabía.A mediados de 1522 llegó a la corte del emperador, en Valladolid, una delegación de socorrodesde la isla de Rodas, frente a las costas de Turquía, que estaba siendo cercada por el GranSolimán. A finales de 1522 y principios de 1523 se organiza una pequeña expedición, en la que elcronista fantasioso Luis Zapata afirma que va Garcilaso, sin base alguna salvo la de enaltecer a todacosta los méritos guerreros del poeta.GARCILASO,
“OBJETOR”
La crítica tradicional ha hecho de Garcilaso un icono de poeta-soldado, pero lo que esa misma críticaentiende como feliz complementariedad de facetas literarias y guerreras, Garcilaso lo sintió como
desgarramiento de polos contradictorios: “diverso entre contrarios” se definió. Diseminada por su
obra se perfila el continuo presentimiento de la muerte, que se manifiesta como la consecuenciainevitable del ejercicio de
las armas: “Ejercitando, por mi mal tu oficio,/ soy reducido a términos quemuerte/ será mi postrimero beneficio”/. Ni siquiera en el campo de batalla dejó Garcilaso de lanzar
su permanente grito de angustia, que era la patética protesta de quien, poseyendo un sensible corazón
de poeta, se vio abocado a la “furia infernal, por otro nombre guerra”.“Así paso la vida, acrecentando/ materia de dolor a mis sentidos”. “ya de volver estoy
desconfiado;/ pienso remedios en mi fantasía,/ y el que más cierto espero es aquel día/ que acabará la
vida y el cuidado”. “La cierta muerte, fin de tantos daños,/ me hace descuidar de mi remedio”. “¿A
quién ya de nosotros el exceso/ de guerras, de peligros y destierro/ no toca y no ha cansado el granproceso?/ ¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro/ del enemigo? ¿Quién no vio su vida/ perdermil veces y escapar por yerro?/ ¡De cuántos queda y quedará perdida/ la casa, la mujer y lamemoria,/ y de otros la hacienda despendida!/ ¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?/ ¿Algunos
premios o agradecimientos?/ Sabrálo quien leyere nuestra historia”.
Con ocasión de la muerte de don Bernardino, hermano del duque de Alba, en la campaña deTúnez, escribe una elegía en la que se lamenta
ante el cadáver del soldado: “Nunca los tuyo
s, maslos propios daños/ doler
nos deben, que la muerte amarga/ nos muestra claros ya mil desengaños”.
No son estos los versos de un guerrero orgulloso de su oficio sino lamentos de un alma sensibleatrapado en obligaciones militares que rechaza y cuyas consecuencias, razonablemente, teme.