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Domingo IV de Adviento (ciclo B)
En la proximidad de la Navidad la liturgia de este IV domingo deAdviento nos recuerda cuál es la identidad de Jesús, del Mesías esperado,porque en la identidad de Jesús, descubrimos también la identidad de Dios. Elevangelio de hoy nos describe esta identidad con dos expresiones: “Hijo delAltísimo” o “Hijo de Dios” y, por otro lado, “hijo de David”, puesto que elángel le dice a María que
el Señor Dios le dará el trono de David su padre.
 San León Magno afirma, en una de sus cartas: “De nada sirve reconocer anuestro Señor como hijo de la bienaventurada Virgen María y como hombreverdadero y perfecto, si no se le cree descendiente de aquella estirpe que en elEvangelio se le atribuye. Pues dice Mateo:
Genealogía de Jesucristo, hijo de David,hijo de Abraham
”. El evangelio de hoy se preocupa de subrayar que José, conquien estaba desposada la virgen María, era “de la estirpe de David”. Jesús, de hecho, fue reconocido y aclamado, durante su vida públicacomo “hijo de David”.
¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!
 , le grita el ciegoBartimeo en Jericó (Mc 10,47-48).
¡Hosanna al Hijo de David!
 , le aclaman los niñoscuando expulsa a los vendedores del Templo de Jerusalén (Mt 21,15).
¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!
le dice la mujer cananea (Mt 15,22). Y en laentrada en Jerusalén
la gente que iba detrás y delante de él gritaba: ¡Hosanna al Hijode David!
(Mt 21,9), mientras algunos de los que le acompañaban gritaban:
Bendito el Reino que viene de nuestro padre David
(Mc 11,10).“Hijo de David” significa: en ti se cumple la promesa que Dios hizo anuestro padre David, por medio del profeta Natán; significa: tú eres esadescendencia prometida a David que reinará para siempre en presencia delSeñor y cuyo trono durará por siempre, tal como hemos escuchado en laprimera lectura de hoy (2 S). Así lo entendió San Pedro (cf. Hch 2, 29-31), quienproclamará el día de Pentecostés, que
el Reino de nuestro padre David
haquedado consolidado, puesto que la carne de Cristo, nacido del linaje de David,
 
no había conocido la corrupción del sepulcro, dando así cumplimiento a laspalabras del salmo 15: “Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fielconocer la corrupción” (Sal 15, 10).Hermanos: Quienes creyeron en Jesús, no dieron su fe al iniciador de unareligión nueva, sino a aquel en quien se cumplían y se hacían realidad laspromesas hechas a los padres, a David, a Moisés y a Abrahán, como el propio Jesús, una vez resucitado, explicará a Cleofás y a su compañero, camino deEmaús:
Y empezando por Moisés
(es decir, por la Ley)
y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras
(Lc 24,27). Sercristiano es insertarse, pro la fe y el bautismo, en la historia que el Señor iniciócon Abraham, Isaac y Jacob, y que continuó con Moisés, con David, con losprofetas, culminándola en Jesucristo. Por eso la Iglesia no deja de leernos elAntiguo Testamento, para recordarnos siempre la historia a la quepertenecemos, en la que nos hemos integrado, y que es la historia de lasalvación, la que nos conduce al banquete del reino de los Cielos, en el que
vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob
(Mt 8, 11). Nosotros, que no somos descendencia de Abraham según lacarne, somos los que hemos venido “de oriente y occidente” y participamos conél en el banquete del Reino.Al entrar en esta historia, hemos comprendido que Dios es fiel, quecumple sus promesas, a su ritmo, que es un ritmo pausado, tranquilo, porquepara el Señor
un día es como mil años y, mil años, como un día
(2Pe 3,8). Davidmurió unos mil años antes de Cristo; pero, al cabo de esos mil años, Dios
envió asu Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley
(Ga 4,4). Él es el Hijo de David y elHijo del Altísimo, el Hijo de Dios, tal como San Pablo, escribiendo a Timoteo,dice:
Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido dellinaje de David. Éste ha sido mi evangelio
(2Tm 2,8)
.
Dios es fiel, por encimaincluso de nuestra infidelidad: “Si somos infieles, él permanece fiel, pues nopuede negarse a sí mismo” (2Tm, 2,13).
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