UNA NAVIDAD EN LAS ISLASSentado junto al borde de la cama, el anciano mira confuso unapequeña maleta con ruedas que su hija está terminando de etiquetar.Sobre la colcha se extiende una suerte de mercadillo de ropa.–Ahí sólo cabe un duende.–Papá, no insistas, no vas a necesitar nada de todo eso. Ni el forropolar, ni la chaqueta de lana, ni esos jerseys que te dan tanto calor yque, por cierto, siempre dices que pican.–¿Y dónde voy a meter yo lo que se me ha quedado fuera del carrito?–Allí siempre hace calor, papá. Todo eso te sobra.–Pues, entonces, tu hermano va a tener que llevarme a comprar ropa.–Nadie va a tener que llevarte a comprar nada. Anda, vámonos, que aeste paso ya llegamos tarde.< >–Arturo, mi amor, ¿pongo algo más por este lado?–Déjalo como a ti te guste. Los adornos son cosa tuya, ¿no?–Es que puede que la casa ya esté un poco recargada y a lo mejor elárbol debería quedar más…–¿Sobrio? El caso es que, ahora que lo dices, esto parece una tienda dedecoración.–No te gusta, ¿verdad?–Me gusta, sí, pero aquí nadie “abriga” tanto las casas.–Sabes que lo hago por tu padre, para que no se sienta fuera de lugar.–Lo sé, cariño. Perdona. A veces me pregunto si su lugar está allí, o siquizás estaría aquí… Seguro que ni él mismo sabría decirlo ya.< >–¡Señorita! ¡Oiga! ¿Es usted la acompañante de mi padre?–¿Su nombre, por favor?–María Álvarez.–Me refiero al de su padre.–Ay, qué tonta. Él es Sebastián Álvarez.–Disculpe a mi hija. Es que está nerviosa porque cree que me voy aperder en un avión de… qué sé yo, ¿treinta metros? Por cierto, señorita,en la cabina no hará frío, ¿verdad?–Descuide, caballero, todo estará perfecto.
Leave a Comment