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La edad de oro del cine venezolano:Historia de un país a través del celuloide
Andreina Gutiérrez
Malandros, groserías, prostitutas, drogadictos, barrios, pobreza, muerte, sexo. A eso se remite la mentedel venezolano común cuando piensa en cine nacional. Es cierto, pero no tanto. El estigma que pesasobre el cine hecho en casa, que los cineastas locales llaman "la leyenda negra", lleva más de 30 añosen el imaginario colectivo de un país que nunca ha querido reconocerse en el espejo que le muestran laspelículas. Un documental en dos partes, de casi 3 horas de duración, producido por dos cineastas dedistinta generación, da cuenta de esa historia que pocos conocen y muchos menos reconocen.
La Edadde Oro del Cine Venezolano, años 70 y años 80
, es un extenso y muy completo trabajo de investigaciónsobre la historia reciente del cine de nuestro país, con entrevistas a los protagonistas de esas películas,muchas de las cuales a pesar de su mala fama, son recordadas por el público criollo.Que el cine hollywoodense nos apabulla y nos llena de ideas y conceptos extraños a nuestraidiosincrasia, lo sabemos, pero igual seguimos viéndolo. No hay más alternativa. Las cartelerasmundiales están plagadas de cine norteamericano, son muy pocos los países como Francia o La India,que exhiben más películas nacionales que extranjeras en sus carteleras. Sin embargo, aunque pocos lo crean, en Venezuela alguna vez hubo cintas nacionalesmás taquilleras que los estrenos traídos del norte. Hubo una época en la que, aún sin contar con dineros, apoyo del estado, ni mucho menos leyes queamparasen su trabajo, los cineastas venezolanos dieron una lección de cómo ganarle en taquilla al monstruo sagrado de la meca del cine. Y lo hicieronmostrándonos tal cual éramos, y somos todavía.En 1986, 7 de las 10 películas más taquilleras de la cartelera venezolana eran cintas nacionales. Filmes como
Macu, La Mujer del Policía; Ledezma, El casoMamera; Homicidio Culposo; Cangrejo
, entre otras. Crímenes horrendos y famosos mediáticamente, quefueron llevados a la gran pantalla y que atraían a miles de espectadores, muchos más de los que atraía
E.T. El extraterrestre
, o
Tiburón
. Otras como
El Pez que Fuma, Soy un Delincuente
o
Los Criminales
,mostraban el mundo bajo de la prostitución, la pobreza y la marginalidad del barrio, y también fuerontaquilleras. La respuesta parece estar en el origen mismo de los realizadores cinematográficos, quienesigualmente venían del barrio y conocían ese mundo mejor que nadie, un mundo que la televisión deentonces se negaba a mostrar, ofreciendo programas de variedades idiotizantes, telenovelas rosas ycomerciales que vendían productos y servicios a una clase pudiente. El cine nos mostró la cara fea de lasociedad venezolana, la de todos los días, la del común, la que llamó la atención del espectadorpromedio que se sintió identificado con esas historias.
La Edad de Oro del Cine Venezolano
implicó un trabajo de investigación de unos 10 años por parte de suguionista y codirector, Sergio Marcano, quien hace de este documental su tesis de grado en la Escuelade Artes de la UCV, obteniendo una mención honorífica. Más de 100 películas fueron analizadas, 29 personalidades del mundo cinematográfico venezolanofueron entrevistadas, un año y medio de filmación, 15 personas involucradas en la producción y un presupuesto irrisorio que nunca alcanzaba. Anécdotas decómo se forjó ese cine de masas que hoy vemos perdido, sobran. Rescatamos por ejemplo, lo dicho por Claudia Nazoa, escritora e intelectual, quien formaraparte de la Comisión Fílmica en los años 70, un intento casi improvisado pero muy apasionado de fraguar esa industria del cine nacional. Cuenta Nazoa que unministro poco interesado en el cine pero con un gran sentido nacionalista, se enfrentó al jefe de la
Internacional Motion Pictures
, para entonces la distribuidorade películas más grande del mundo, un gringo a quien no le gustaba la idea de que un pequeño país como Venezuela tuviera la pretensión de hacer su propiocine. El ministro en cuestión llegó a amenazar con prohibir la exhibición de filmes norteamericanos en el país, si el consorcio extranjero seguía presionando a laComisión Fílmica para que desistiera de sus planes de crear una industria cinematográfica nacional. Fue una lección de soberanía, en palabras de la propiaClaudia Nazoa.Personajes que se parecían al vigilante, al motorizado, a la sirvienta, al vendedor de perros calientes, ala secretaria de ministerio, pero también al policía corrupto, a la madame de burdel de quinta categoríay al delincuente que lo es por necesidad. Un cine hecho a base de personajes reales, con actuacionesnaturales, algunas veces realizadas por actores aficionados, más cercanos a esa realidad querepresentaban que al mundo de las cámaras y la utilería de cartón. Cabían también los personajesextraños y singulares, aquellos llevados por deseos locos y utópicos en un país que empezaba adesmoronarse económicamente. Otros, en menor escala, más intimistas y cercanos a mundos máspersonales, pero igualmente pertenecientes a algún renglón olvidado de la realidad venezolana.Una Elba Escobar que llora al rememorar como se filmó la escena final de
Macho y Hembra
con OrlandoUrdaneta, otrora, ícono del cine nacional y de los personajes salidos del pueblo. Un Orlando Urdanetaque al ser contactado para ser entrevistado en este documental, declinó luego del misterioso asesinatode uno de sus guardaespaldas, hace dos años, lo que supuestamente lo llevó a refugiarse en Miami. Una Julie Restifo alterada sentenciando que la muerte es lo más común que tiene el venezolano, ante el recordatorio del asesinato involuntario del actor MarcoAntonio Ettedgui, retratado en la cinta
Homicidio Culposo
. Un Román Chalbaud recordando que la televisión le imponía patrones que no quería seguir pero lepagaba, mientras el cine era su escape aunque no le retribuyera tanto económicamente.El documental aporta no pocas claves para entender una sociedad que vivía la resaca del
boom
petrolero de los 70 y se despertaba entonces con la debacle delviernes negro en los 80. Un país dividido, cegado ante sí mismo y sus problemáticas sociales; una clase media ensimismada en el divertimento de los viajes aMiami, una clase política aislada por completo de los problemas del pueblo, y ese pueblo sobreviviendo a duras penas mientras comenzaban esa especie deguerra civil que hoy es pan de todos los días en los barrios. ¿Quiénes, entonces eran los que abarrotaban las salas de cine y convertían a cintas como
Macu
, enla más taquillera de la historia del cine nacional? Gente del común, ansiosa por verse y reconocerse a sí misma en historias parecidas a las suyas propias,cansados del extranjerismo y la transculturización a que nos ha sometido Hollywood. Cabría preguntarse qué clase de espectadores cinematográficos somoshoy en día, o cómo queremos ser.
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