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Quid pro quo
sa noche, tirado en mi cama pensaba en Santiago. O intentaba pensar en él. Conuna sonrisa melancólica en el rostro, recordaba sus clases de historia en elinstituto mientras permanecía acurrucado entre las mantas. Siempre fue unprofesor entusiasta y era notorio que le encantaba su trabajo. No se limitaba a hablar dereinados y fechas, sino que intercalaba en las lecciones mitos, anécdotas y rumores sobre lasvidas de toda suerte de personajes históricos, lo que hacía que el pasado fuera más tangibley entretenido que nunca. Fue por aquel entonces cuando había empezado a fantasear con él.A los catorce años ya tenía una idea bastante acertada de lo que dos hombres podían haceren la intimidad, pero aun así mis sueños estaban llenos de una ingenuidad tal que ahora casime avergonzaba recordarlos.Me giré en la cama mientras me daba cuenta de lo paradójico que resultaba el hechode que Santiago hubiera resultado ser más apasionado en mi imaginación que en la realidad.En mis sueños, mi antiguo profesor era en el sexo tan entregado como en sus clases, quizásporque daba por sentado que si una persona era apasionada en una faceta de su vida, lo seríaen todas las demás, pero mi lío con él me había demostrado precisamente lo contrario.Ahora empezaba a darme cuenta de que si había seguido viéndole a pesar de todo, fueporque hasta el final había seguido buscando en él un reflejo de aquellas infantiles fantasías,y me sentía estúpido por haber estado liado con él tanto tiempo a causa de unas expectativasestúpidas y pueriles, cuando la verdad era que se había portado como un capullo conmigo.Me pareció casi gracioso descubrir aquella noche que había vuelto a intentarcontactar conmigo. Después de cenar con David y Paco, volví a mi habitación para intentardormir y había visto en mi móvil varias llamadas perdidas y unos mensajes de disculpa. Nosólo le ignoré olímpicamente, sino que además me permití esbozar una sonrisacondescendiente mientras borraba los mensajes y apagaba el teléfono. ¿De verdad creíaSantiago que seguía teniendo una posibilidad conmigo después de lo desleal que había sido?¿Pensaba realmente que unas palabras de disculpa iban a ser suficientes para volver allevarme al catre? Este tío debía pensar que yo no tenía ningún orgullo.
“Orgullo”, bufé en silencio, dándome de nuevo la vuelta hasta quedar tumbado
sobre el costado derecho. Por mucho que me costara admitirlo, mi ruptura con Santiago
E
 
había tenido muy poco que ver con el orgullo, y mucho con el hecho de que en realidad nosentía nada serio por él, pues si le quisiera me sería difícil no perdonarle. Poco me habíaimportado tragarme el orgullo en el pasado cuando había estado enamorado de verdad.A David le había perdonado algo muy parecido, me dije en silencio acurrucándomeaún más entre las mantas. Me enfadé en un principio, era cierto, pero luego estuve dispuestoa olvidarme de Ricardo y de todo lo que le concernía con tal de poder estar con él. Sinembargo, sabía que a Santiago no le iba a añorar tanto como para rebajarme por él, apenasocupaba ya una mínima parte de mis pensamientos. Por el contrario, me sentía más quedispuesto a tragarme mi orgullo de nuevo y olvidarme de la bravata que le había echado aDavid aquella misma mañana, para poder meterme en su cama esa noche. Lo único que meretenía era el temor de que fuese él quien me rechazara.
 — 
¡Arrrggh!
 — 
gruñí volviendo a girar hasta quedar boca abajo, presionando minaciente y dolorosa excitación contra el colchón. ¿Cómo era posible que estuviera de nuevopensando en David? ¿Es que no había tenido suficiente ya de él? ¿No había aprendido nadaen estos dos años?Intenté volver de nuevo mis pensamientos hacia Santiago sin ningún éxito, pues mimente se concentraba en evocar, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, el cuerpodesnudo y mojado de David y no pude evitar regodearme en la contemplación mental de laslíneas de su cuerpo: la curva de sus hombros, la leve ondulación de su columna vertebral, larotunda redondez de sus pequeñas nalgas. Pensé en sus gestos precisos y elegantes, quedestilaban seguridad y cierto descaro; en sus manos, largas y fuertes, sacudiendo las gotasde agua de su pelo. Esas mismas manos eran capaces de demostrar una inusitada delicadeza,como cuando tocaban el piano o acariciaban a los caballos. O cuando me habían acariciadoa mí.Volví a darme la vuelta y me abracé a la almohada, mientras la calidez se eserecuerdo se me aposentaba en las tripas. David no sólo había despertado en mí un deseohúmedo y urgente, sino también otros sentimientos que yo creía superados por completo, yeso era lo que más me asustaba. ¿Y si me estaba enamorando otra vez de él, sólo por haberestado unas horas a su lado? Había tomado un riesgo muy alto al decidir acompañarle, yquizás Pablo estaba equivocado en que me volvería a enamorar de David si me acostaba conél. A lo mejor sólo hacía falta tenerle cerca. A lo mejor nunca había dejado de quererle.Esa idea era desoladora, pero la parte menos racional de mi mente parecía querer
rebelarse. “¿Y qué si estoy enamorado? ¿Es eso tan malo?”, me dijo, con un inconfundible
aroma a insubordinación. Me agobiaba albergar esos sentimientos porque daba por sentadoque lo mío con David seguía siendo imposible, y que por lo tanto, sentir algo por él eraexponerme a resultar herido de nuevo. Pero, ¿y si había dejado de serlo? Al fin y al cabohabía pasado mucho tiempo desde que David me dejara, y yo ya ni era tan crío, ni tan
 
ingenuo, ni tan inexperto como antes. Quizás David y yo nos encontrábamos ahora en unpunto en el que podíamos tener una segunda oportunidad. Quizás por eso me había invitadoa venir con él.Una cálida sensación se extendió por mi cuerpo al pensar en eso, pero algo aún mehacía dudar. Pensé en lo que Pablo me diría en ese momento si estuviera allí conmigo, en larotunda oposición que pondría a que saliera de la cama, en lo enfadado que estaría conmigosi le decía que estaba pensando en acostarme con David, pero ni siquiera la ficticia perorataque me lanzó la recreación mental de mi mejor amigo pudo disuadir mi creciente deseo. Lavocecita rebelde seguía ahí, haciendo un perfecto contrapunto a cada argumento que elPablo imaginario me lanzaba, como si ambos intentaran convencerme de que tomaracaminos completamente opuestos. Finalmente, la voz de la razón pareció quedarse sin hablamientras que la otra, la más rebelde, respondiendo a mis más íntimos anhelos, me instabauna y otra vez a seguir mis deseos.
Recordé entonces a Bastián, perdido en “La historia interminable” y el lema de la
Emperatriz Infan
til: “Haz lo que quieras”. Sólo cumpliendo su Verdadera Voluntad podía
Bastián encontrar el camino de vuelta a casa y él había vivió una odisea hasta descubrir loque quería realmente. ¿Y si a mí me pasaba lo mismo?, me pregunté. ¿Y si todo lo que mehabía pasado desde que rompí con David no era más que un largo camino para demostrarmeque mi verdadero deseo era estar con él? El verdadero deseo de Bastián era amar, y a mí misinsulsos y esporádicos encuentros en el cuarto oscuro y mis insatisfactorias relaciones conDarío y Santiago me habían demostrado que eso mismo era lo que yo quería. ¿Es que acasoesa era la máxima aspiración de todo el mundo?Me incorporé hasta quedar sentado en la cama y cerré los ojos, para aislarme de laaterciopelada oscuridad de m
i dormitorio, y miré en mi interior. “Haz lo que quieras”. Pero,
¿qué era lo que yo quería? No es tan fácil saber lo que uno realmente desea, y yo no estabaconvencido de que mis sentimientos fuesen reales. Sabía que en el fondo yo siempre habíabuscado el amor, ¿pero eran mis sentimientos por David otro espejismo, como lo que había
sentido por Santiago o Darío? ¿Cómo podía saber que esta vez era de verdad? “¿Estoy
enamorado de David o sólo me intento convencer de ello para justificar el meterme en lacama
con él?”. Sonreí con ironía nada más formularme esa pregunta: si no le quisiera
, nome molestaría en buscar otra justificación más que el simple deseo, no me lo pensaría tantoantes de ir a pedirle un poco de sexo, no estaría tan asustado de resultar herido otra vez. Sino le quisiera, no tendría que intentar convencerme a mí mismo de lo contrario. De unamanera o de otra, yo siempre había sabido cuál era mi Verdadera Voluntad. Quizás ya erahora de que dejara de comportarme como un niño asustado y empezara a pensar en cómoconquistar de nuevo a David.
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