ingenuo, ni tan inexperto como antes. Quizás David y yo nos encontrábamos ahora en unpunto en el que podíamos tener una segunda oportunidad. Quizás por eso me había invitadoa venir con él.Una cálida sensación se extendió por mi cuerpo al pensar en eso, pero algo aún mehacía dudar. Pensé en lo que Pablo me diría en ese momento si estuviera allí conmigo, en larotunda oposición que pondría a que saliera de la cama, en lo enfadado que estaría conmigosi le decía que estaba pensando en acostarme con David, pero ni siquiera la ficticia perorataque me lanzó la recreación mental de mi mejor amigo pudo disuadir mi creciente deseo. Lavocecita rebelde seguía ahí, haciendo un perfecto contrapunto a cada argumento que elPablo imaginario me lanzaba, como si ambos intentaran convencerme de que tomaracaminos completamente opuestos. Finalmente, la voz de la razón pareció quedarse sin hablamientras que la otra, la más rebelde, respondiendo a mis más íntimos anhelos, me instabauna y otra vez a seguir mis deseos.
Recordé entonces a Bastián, perdido en “La historia interminable” y el lema de la
Emperatriz Infan
til: “Haz lo que quieras”. Sólo cumpliendo su Verdadera Voluntad podía
Bastián encontrar el camino de vuelta a casa y él había vivió una odisea hasta descubrir loque quería realmente. ¿Y si a mí me pasaba lo mismo?, me pregunté. ¿Y si todo lo que mehabía pasado desde que rompí con David no era más que un largo camino para demostrarmeque mi verdadero deseo era estar con él? El verdadero deseo de Bastián era amar, y a mí misinsulsos y esporádicos encuentros en el cuarto oscuro y mis insatisfactorias relaciones conDarío y Santiago me habían demostrado que eso mismo era lo que yo quería. ¿Es que acasoesa era la máxima aspiración de todo el mundo?Me incorporé hasta quedar sentado en la cama y cerré los ojos, para aislarme de laaterciopelada oscuridad de m
i dormitorio, y miré en mi interior. “Haz lo que quieras”. Pero,
¿qué era lo que yo quería? No es tan fácil saber lo que uno realmente desea, y yo no estabaconvencido de que mis sentimientos fuesen reales. Sabía que en el fondo yo siempre habíabuscado el amor, ¿pero eran mis sentimientos por David otro espejismo, como lo que había
sentido por Santiago o Darío? ¿Cómo podía saber que esta vez era de verdad? “¿Estoy
enamorado de David o sólo me intento convencer de ello para justificar el meterme en lacama
con él?”. Sonreí con ironía nada más formularme esa pregunta: si no le quisiera
, nome molestaría en buscar otra justificación más que el simple deseo, no me lo pensaría tantoantes de ir a pedirle un poco de sexo, no estaría tan asustado de resultar herido otra vez. Sino le quisiera, no tendría que intentar convencerme a mí mismo de lo contrario. De unamanera o de otra, yo siempre había sabido cuál era mi Verdadera Voluntad. Quizás ya erahora de que dejara de comportarme como un niño asustado y empezara a pensar en cómoconquistar de nuevo a David.
Leave a Comment