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ELPROBLEMACATALÁN2
 I. Los orígenes del mito
a) Eternamente insatisfechos
Desde la retirada de Jordi Pujol como Presidente de la Generalitat, después de 23años de gobierno, en Cataluña se ha instalado la idea de que el país pierde pesopolítico en el conjunto del estado y ve reducida su capacidad económica y financierapara hacer frente al gasto que origina la autonomía y el mantenimiento de losservicios públicos. Para encarar ambos retos la mayoría de los partidos políticos delarco parlamentario, excepto el PP, plantean como prioridades de su acción políticala reforma del Estatuto y la mejora de la financiación, viendo en una y otrareivindicación la posibilidad de superar los límites del sistema de distribución decompetencias entre el estado y las Comunidades Autónomas que surgió de laConstitución de 1978.Más allá de la formulación de la propuesta de reforma no se puede obviar que, en elfondo de la misma, subyace la expresión de un sentimiento de frustración ante laevolución del estado de las autonomías y, muy especialmente, por la carencia detrascendencia práctica que ha tenido el hecho diferencial catalán en el conjunto decomunidades, aspecto éste que durante los primeros años de vigencia de la CartaMagna y del Estatuto parecía llamado a situar Cataluña en una posición políticadiferente a la del resto de Comunidades Autónomas.Lo cierto es que en el actual momento de desarrollo del estado autonómico lascomunidades creadas con posterioridad a los llamados territorios históricos(Cataluña, Euskadi y Galicia) cada vez son menos diferentes entre ellas. Tienenprácticamente las mismas competencias, disponen de recursos parecidos enrelación a las potestades que han ido asumiendo y sus ciudadanos se van sintiendocada vez más identificados con las instituciones autonómicas que van arraigando enel imaginario colectivo como propias, convirtiéndose en elementos de la identidadregional. Y esto, a algunos catalanes, les duele. No les gusta. Piensan que si lascomunidades autónomas existen es gracias a ellos y que, tanto el hecho de haber sido los impulsores del sistema como la realidad histórica y cultural derivada dehaber tenido unas instituciones, un derecho y una cultura propias, así como una
 
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lengua diferente a la castellana, les habría de dar derecho a mantener una ciertadiferencia respecto de las autonomías recién llegadas. Es una manera de hacer explícita la voluntad de ser reconocidos como promotores del modelo que algunosdenominan hecho diferencial, otros asimetría, pero que en el fondo sólo es laexpresión de la voluntad de seguir siendo diferentes o de no ser iguales que elresto.Este sentimiento tiene unas raíces profundas y está formado por elementos diversosque habría que buscar en la historia convulsa de las relaciones de Cataluña conEspaña que, sin ir más lejos, se remonta al mito de la pérdida de las institucionesnacionales, abolidas por Felipe V tras la caída de Barcelona el 11 de septiembre de1714. El relato de la defensa heroica de la capital catalana frente a las tropasfelipistas y su sublimación como episodio épico de la defensa de las instituciones yde los derechos nacionales suprimidos por la fuerza de las armas del absolutismoborbónico, forma parte de la mitología popular que alimenta una cierta nostalgia por el paraíso perdido.Pero como pasa a menudo con los mitos, la historia sólo se ha explicado en parte,hasta el punto que, en la actualidad, a nadie le interesa conocer la situación social,política y económica de la Cataluña de los últimos años del siglo XVII a pesar de ser un elemento esencial para entender los acontecimientos posteriores.Lo cierto es que la guerra contra Felipe IV, llamada “de separación”, que abarca elperíodo 1640-1652 durante el cual los catalanes se sometieron a Lluís XIII deFrancia en un intento de crear un estado independiente de España, había tenido sucontinuidad en la guerra de España contra Francia una vez reintegrada Cataluña ala corona española tras la firma de la paz de los Pirineos (1659). Ambos episodiossupusieron veinte años de lucha inútil que dejaron a Cataluña exhausta, humillada ymutilada con la anexión a la corona francesa de las comarcas del Rosellón, elVallespir, el Conflent y parte de la Cerdaña.A la muerte de Felipe IV, el reinado de su sucesor Carlos II continuó empobreciendola región con la guerra de los Países Bajos y las constantes pugnas entre francesesy austríacos (entonces aliados de España contra Francia) por el control de Cataluña.Las escaramuzas con Francia fueron constantes y la paz fue rota en múltiplesocasiones, con la ocupación de Roses (1693) o los reiterados asedios de Girona(1675 y 1684) y la caída de esta ciudad, junto con Palamós, Hostalric y Castellfollit(1694), lo que dio lugar, a su vez, a múltiples episodios de paz y tregua (desdeAquisgrán en 1668 a Riswyck en 1697).A la muerte de Carlos II sin descendencia (1700), los años de penuria y de luchasinterminables que se habían prolongado durante casi 60 años, habían generadoentre los catalanes sentimientos de hostilidad contra Francia, resentimiento haciaCastilla y una fidelidad a la casa de Austria (a pesar de todo) que marcarían eldestino de Cataluña prácticamente hasta la Constitución de 1978.
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