Prefacio
Ya nadie lee a los clásicos. Son citados, pero no leídos. Tampoco se entien
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den. La innovación permanente, como condición posmoderna, termina porignorar el pasado.
A
veces incluso lo niega
y
lo desprecia. Nos hemos vueltociegos a fuerza de ignorar a quienes nos han precedido. Quizás por eso pen
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samos haber descubierto un literato donde jamás hubo un etnógrafo: dondesiempre hubo un artista. El escritor estaba allí, solo que fuimos incapaces deverlo. Gracias a los clásicos vuelvo a ser un poeta, porque ahora sé que sólosiendo poetas entenderemos el mundo. Durante mucho tiempo me hicieroncreer que
«traducir
las sensaciones en verbo es
[...]
más propio de poetas quede científicos sociales» (G
UASCH
199la:
17).
Ya no pienso igual: sólo siendopoetas entenderemos el mundo, aunque quizás no podamos explicarlo. Elsentimiento es universal. La razón
y
el positivismo que genera, son tan sóloproductos sociales específicos de un momento histórico concreto. La reali
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dad es como una escultura que puede ser mirada desde distintos ángulos. Loque revela el escorzo no lo muestran otras perspectivas. Tan legítimo es sen
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tir la realidad como pretender explicarla. Sin embargo, el totalitarismo posi
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tivista nos impide sentir: dar vueltas en torno a la escultura.De todos los sistemas de investigación social, la observación participantees quizás el más subjetivo. Por eso la observación participante es un instru
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mento idóneo para recuperar el sentimiento en las ciencias sociales. Si losestereotipos de género fueran ciertos, resultaría que la observación parti
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cipante es femenina: es flexible, dúctil, intuitiva, sutil, no racional. La obser
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vación participante opone al rígido positivismo masculino una toleranciaepistemológica que prefiere pactar la realidad antes que imponerla. En laciencia, como en tantas otras cosas, se prohíbe al género hegemónico lo que