Último sueño de Nadia
Todos los derechos reservados © Francisco Arriaga 2012.
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Al salir, olvida revisar el contenido de su bolso. Sabe que lleva un par de toallas higiénicas -por si las dudas-, el desodorante, el maquillaje, y el perfume que Mauricio le regaló hace un parde semanas.Pero no está muy segura de llevar las llaves de la oficina. Y cuando llega, frente a losventanales luminosamente límpidos, seis compañeros la observan, con una paciencia a puntode ceder. Busca una y otra vez. Las malditas llaves.-¿Quiere que la lleve?
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pregunta Jacinto, el afanador cuyo coche siempre estaciona en elúltimo cajón.-Permítame, Jacinto. Déjeme ver si no las traigo guardadas en algún otro lugar de la bolsa.Los compartimentos minúsculos, revisados, van siendo descartados consecutivamente. -Lléveme, antes de que se haga más tarde.Jacinto maneja con tranquilidad, sólo es una veintena de cuadras desde el trabajo hasta lacasa de Nadia, quien desiste de continuar buscando en el bolso, y baja a toda carrera, olvidandolos zapatos en el automóvil.Al regresar, llaves en mano, Jacinto sólo acierta a preguntar -¿No se le irá a infectar?Señala sus pies, ensangrentados, en un contraste violento donde resalta la blancura de suspiernas y el discretísimo color perla de su falda.-¡Lo siento! No quise mancharle el coche.-No se preocupe, lo lavaré más tarde. Pero usted, ¿segura que no se hizo daño?Algo ronda su pensamiento y recuerdos, como en un sueño, el contacto con las lozasafiladas de un suelo que no era el suyo.
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No lo sé. La verdad no recuerdo cómo me hice esto.-Jacinto, le voy a pedir un favor. Llévele las llaves al licenciado Argüelles, que abra laoficina. Lo espero en el coche, necesitaré que me lleve al hospital.Manejando con pericia, alcanza a estacionar nuevamente el automóvil en el último cajónde la batería. Baja y entrega las llaves, tal como Nadia se lo pidió. Luego enfila por la calleatestada de vehículos, hacia el hospital más cercano.Al llegar pide a Jacinto que busque a la enfermera de turno. Informa rápidamente qué es loque sucede, y con una silla de ruedas, mira cómo ambos se acercan al automóvil. Permite queJacinto la tome en brazos, para acomodarla posteriormente en la silla, donde la enfermerapuede revisar sus pies, y los envuelve en enormes gasas que inmediatamente se impregnan conla sangre que no ha dejado de brotar.
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