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Último sueño de Nadia
Todos los derechos reservados © Francisco Arriaga 2012.
 
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Último sueño de Nadia*
Ese olor.Profundo, agrio. El olor del descuido, del cuerpo exudado y agotado en alguna luchaolvidada.-Ese olor.Percibe los resabios como una mala pasada, un sueño que debe olvidar. Fue eso, un sueño,pero el gusto, el olfato, se han impregnado de aquel olor. Cómo quitarse el sabor de los labios.Cómo aliviar el olfato de la presencia insoportable de aquella sensación.El despertador le dice que son las cuatro de la mañana, piensa que es demasiado tempranopara levantarse, y demasiado tarde para seguir durmiendo. Girando sobre sí misma, da una,dos, tres vueltas. Prefiere dormir de nuevo.Y el olor baja hasta la garganta, alcanza los pulmones. Pesada regurgitación que ahoga, suvoz es un intento. Sus labios parecieran moverse, murmurar algo, abre los ojos y se encuentraante un cielo que no es el suyo, tendida de espaldas contra una armazón de maderos. Aquelladebe ser una broma, los maderos se mecen cual si fueran una balsa dejada a su suerte en unmar oscuro y cósmico, pero alrededor nada hay, algún abismo del que no distingueprofundidad, ni anchura.El rocío matinal impregna sus vestidos, andrajos que no ocultan sus miembros, curtidos yagrietados, como meros apéndices de un cuerpo desconocido.Alzándose intenta vislumbrar qué es ese lugar. Hasta dónde llega el horizonte. Y como sifuera poco, un olor fétido se desprende de algún lugar muy cercano. Arrodillándose, andando agatas por la minúscula estructura de madera, encuentra una caja de madera sucia, manchadade lo que adivina son sus orines y excrementos.-Debo estar soñando
se dice, mas al instante percibe que aquella voz es grave, es una vozque no reconoce, y que allí encima de aquella plataforma, nadie escuchará.Repentinamente añora la regadera y el agua tibia, el tacto de su piel, lozana y fresca, conese olor que Mauricio le ha dicho es lo mejor de lo mejor, un olor que no necesita estropear conlociones ni perfumes.
 
Último sueño de Nadia
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2
Pero las estrellas parecieran fijas, el tiempo de esa noche pareciera empecinado en andardemasiado lento, despacio, sin afán de llegar a destino alguno.-Puedo descolgarme por el lazo. Si el cubo está aquí es porque el lazo alcanza hasta elsuelo, por tanto no estoy trepada en lo alto de un abismo. Puedo escapar de este lugar.Venciendo su aversión al olor y la humedad de los desechos, comienza a alzar la cuerda. Esuna cuerda fuerte, seguro que aguantará su peso. Intenta medir en medio de aquellaoscuridad. Abre los brazos sosteniendo una punta y dejando caer el resto por la orilla deaquella plataforma. Recorre, y mide otro tramo exactamente igual que el anterior. Calcula que,según el dibujo de Leonardo, cada brazada tendrá 1,63 metros, que es la de su estatura. Tresveces y alcanza el otro extremo, son cuatro metros y medio de lazo, ella estará a tres o tresmetros y medio sobre la tierra.-Quién me puso aquí, quién carajos me puso aquí.Dónde asegurar la cuerda. No encuentra lugar mejor que la esquina donde colgaba elcubo. Sujeta con firmeza una gran arcada, y va ajustándola hasta dejarla perfectamente ceñidaa aquel trozo de madera.Comienza a bajar, y sus manos se lastiman con el contacto del material rugoso y húmedo,el rocío aumenta hasta ser una pequeña brisa, que le irrita garganta y fosas nasales.Descendiendo poco a poco mira hacia arriba, allá se queda la plataforma y aquellasestrellas anacrónicas. Una ráfaga de viento trae de lo lejos el canto de algún gallo, y el relinchoinesperado de algún caballo.Sus pies alcanzan el suelo, y ella cierra los ojos al sentir el dolor de las lozas afiladasrasgando sus plantas cual si fueran cuchillas sobre una pieza de queso. Abre los ojos y el relojestá a punto de sonar, son las 5:45 de la mañana.Percibe que olvidó enfundarse en sus calcetas gruesas; sus pies fríos y casi rígidos, leduelen de manera insospechada.Intenta masajear las plantas, y advierte las cortaduras, la inesperada resequedad en el áreade los talones.-Es lo que me faltaba, pie de atleta en medio del invierno. Maldito clima.Al dejar su casa no puede deshacerse del olor nauseabundo de sudor, excreciones yhumedad, ni de la visión insólita de un cielo abierto sobre ella, y la sensación de vagar sobre unabalsa suspendida en el viento.
 
Último sueño de Nadia
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3
Al salir, olvida revisar el contenido de su bolso. Sabe que lleva un par de toallas higiénicas -por si las dudas-, el desodorante, el maquillaje, y el perfume que Mauricio le regaló hace un parde semanas.Pero no está muy segura de llevar las llaves de la oficina. Y cuando llega, frente a losventanales luminosamente límpidos, seis compañeros la observan, con una paciencia a puntode ceder. Busca una y otra vez. Las malditas llaves.-¿Quiere que la lleve?
pregunta Jacinto, el afanador cuyo coche siempre estaciona en elúltimo cajón.-Permítame, Jacinto. Déjeme ver si no las traigo guardadas en algún otro lugar de la bolsa.Los compartimentos minúsculos, revisados, van siendo descartados consecutivamente. -Lléveme, antes de que se haga más tarde.Jacinto maneja con tranquilidad, sólo es una veintena de cuadras desde el trabajo hasta lacasa de Nadia, quien desiste de continuar buscando en el bolso, y baja a toda carrera, olvidandolos zapatos en el automóvil.Al regresar, llaves en mano, Jacinto sólo acierta a preguntar -¿No se le irá a infectar?Señala sus pies, ensangrentados, en un contraste violento donde resalta la blancura de suspiernas y el discretísimo color perla de su falda.-¡Lo siento! No quise mancharle el coche.-No se preocupe, lo lavaré más tarde. Pero usted, ¿segura que no se hizo daño?Algo ronda su pensamiento y recuerdos, como en un sueño, el contacto con las lozasafiladas de un suelo que no era el suyo.
No lo sé. La verdad no recuerdo cómo me hice esto.-Jacinto, le voy a pedir un favor. Llévele las llaves al licenciado Argüelles, que abra laoficina. Lo espero en el coche, necesitaré que me lleve al hospital.Manejando con pericia, alcanza a estacionar nuevamente el automóvil en el último cajónde la batería. Baja y entrega las llaves, tal como Nadia se lo pidió. Luego enfila por la calleatestada de vehículos, hacia el hospital más cercano.Al llegar pide a Jacinto que busque a la enfermera de turno. Informa rápidamente qué es loque sucede, y con una silla de ruedas, mira cómo ambos se acercan al automóvil. Permite queJacinto la tome en brazos, para acomodarla posteriormente en la silla, donde la enfermerapuede revisar sus pies, y los envuelve en enormes gasas que inmediatamente se impregnan conla sangre que no ha dejado de brotar.

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