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objeto y víctima de burlas y bromas porparte de ciertos «tunantes» del pueblo,no dudó un instante que los reciosinsultos de aquel fugitivo despelotadoiban dirigidos a él. Todavía dudó menoscuando alcanzó a distinguir, entre otrassflabas, las de cer-do y ma-rrano que, ensu mentalidad rectilínea y lógica, sólopodían aplicarse indefectiblemente a un
representante
de la ley. Decidido (el deberante todo) a castigar semejanteinsolencia, que atentaba tanto contra lasbuenas costumbres como contra su propiadignidad de magistrado, se lanzó en supersecución, para agarrarlo o, por lomenos, para saber quién era, de modoque pudiera hacerle administrar «porquien corresponda» la paliza que a su juicio merecía.Pero Pacho vio también al Beduino y,descubriendo sus hostiles intenciones aloírle gritar « ¡ Granuja! », se desviórápidamente a la izquierda, hacia lo altodel monte comunal, y desapareció entrelos matorrales mientras el otro esgrimíael palo y seguía gritando a voz en cuello:—¡ Cacho sinvergüenza! ¡Deja que te pilley verás!Ocultos en el Matorral Grande,sorprendidos por tan inesperadaaparición, los longevernos seguían lapersecución del Beduino con el corazónen un puño y los ojos como platos.—¡Es él! ¡Claro que es él! —dijo Grillín,refiriéndose a su jefe.—Les ha hecho una buena jugarreta —apuntó Tintín—. ¡Qué tío! —y el tono de su