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Amanece el 28 de abril de 2012. Ha llovido a cantaros toda la noche, peroel amanecer es claro y frío. Marius von Metz ha pasado mala noche. Durmiópoco y mal, dándole vueltas a los datos que ha venido sacando el sismógrafo enlos últimos días. Hoy ha sido el primero en despertar en Martin des Viviés, enla Isla de Ámsterdam. Aquello es un trozo de roca en medio del Océano Índico,a medio camino de Madagascar y Australia, con poco más de 50 km
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. Unaveintena de científicos viven e investigan allí gran parte del año. Ese pedacitode Humanidad pertenece a los Territorios Australes Franceses. Ya queda pocopara volver a casa.Otras mañanas, para cuando Marius sale de su cuarto, Monique Cañada,una bióloga marina que llegó esta misma campaña con él, ya está fueraobservando leones marinos y otros bichos acuáticos. Aquel día le había ganadopor la mano. Al poco de deambular por la Base, apareció su bióloga favorita ysu cara de eterna felicidad. Bajaron hasta la cala. Monique cogió con fuerza sunuevo y reluciente Newcon LRB 7x50 con telémetro laser. Era buena hora parabuscar familias de delfines deambulando de aquí para allá. Mientras, Mariuscon sus ruidosas y hambrientas tripas, pateaba algunos chinos que encontrabapor el suelo. Cuando levantó la cabeza vio algo nuevo, algo que no había vistohasta entonces. Pidió a Monique que le dejara sus prismáticos último modelo,para ver qué era esa mancha que se oteaba al norte.Marius se quedó boquiabierto. Monique acostumbrada al histrionismobromista de su compañero sismólogo no prestó demasiada atención. Perocuando llevaba un par de minutos sin mover un músculo, se volvió hacia élgolpeándolo en el hombro. Marius apartó los binoculares de sus ojos y laexpresión de su rostro intranquilizó mucho a Monique.
Tienes que ver esto
, ledijo. Monique
tomó su preciada propiedad y miró,…y pensó,…
y entendió queno entendía cómo aquel inmenso artefacto de color negro podía estarsuspendido en el aire en medio del Océano Índico. Y para colmo, el telémetrolaser dejaba de funcionar cuando apuntaba hacia el objeto.
 
 
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Vivimos en la era digital, de los ordenadores y los satélites, el GPS,internet y el todo los gadget que parió la privilegiada mente del difunto Esteve Jobs. Para cuando Marius y Monique estaban sentados para desayunar, pocomás de una hora después del primer avistamiento, el mundo que está detrás delmundo, ya está cavilando sobre qué narices era aquello. La cadena de mandohabía funcionado a la perfección. El director de la Base había informado a sussuperiores en París del avistamiento. A partir de ahí y en cuestión de segundos,la información fue escalando y escalando por las jerarquías de la informaciónhasta llegar a las grandes cimas del mundo. Para cuando Marius y Moniquevuelven a estar sentados para almorzar el rancho de cada día, la basenorteamericana de Diego García, en las Maldivas, es un auténtico hervidero deactividad frenética. La Quinta Flota ya se ha puesto manos a la obra. Y sí, denuevo, para cuando Marius y Monique comparten la frugal cena, como decostumbre, el mundo ya es otro. Todo el mundo es otro. La cuestión que seplantea ahora es ¿qué hacer con él?El piloto del Grumman E-2 Hawkeye Advance no da crédito a lo que estáviendo. No se cree lo que su mirar le dice a su cerebro. La máquina no falla. Lamáquina no ha fallado nunca. Está pilotando una de las joyas de la corona. Lacabeza sí, sus sentidos también. Lo está viendo, se acerca, cada vez parece más ymás grande. Un muro negro en medio del cielo. El piloto mira al copiloto y éstele devuelve la misma cara de palo de siempre. Ya casi lo tienen encima. Ahorapiensa cómo le va a explicar eso a sus superiores sin que estos crean que latripulación entera se ha vuelto loca. Pero está ahí. Y en la máquina no sale nada.La máquina dice que ahí delante no hay nada.
Bueno,… nada no. Hay lo de
siempre, agua, aire, nubes, viento, o sea, nada. Aquella nada no tenía pinta deser nada, más bien todo lo contrario. Una inmensa mole cilíndrica, de colornegro, más ancha que alta, girando lentamente. El piloto decide rodear alartefacto, antes de comunicarse con el Mando. Vuela alrededor, por encima, pordebajo. A esa distancia parecía completamente lisa, sin protuberancias niaristas. Al piloto, fan impenitente de los Boston Bruins, le parecía el puck dehockey más grande del mundo.
 
 
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Aquello ya estaba pasando de castaño oscuro. El Mando había informadoa su Mando de que la máquina decía que no había nada, pero los cincotripulantes del AEW juraban sobre cualquier versión de la Biblia que habíanvisto un artefacto suspendido en el aire. La cosa puede desbocarse, piensan enel Mando, si algún buque en ruta marítima hacia el Antártico se topa con elartefacto. O peor, incluso, si algún vuelo comercial termina avistando el puck,aunque sea de lejos.Es hora de poner a trabajar a la flor y nata de nuestra tecnología, lossatélites. Pero no cualquiera. Esos que no existen, esos que sólo salen en laspelículas de espías. Esos que orbitando a miles de pies pueden mostrarte la casadonde vives, pero con todo lo que hay dentro. Si la versión comercial delGoogle Earth es una pasada, imagina el nivel de detalle que tienen nuestros juguetitos. En el Mando ya se olfatea la victoria. Solo hay que pulsar las teclas
adecuadas. Esperar un poco, y… En el Mando, un minuto despué
s, se masca latragedia. Allí, o ahí, no hay nada. Nada no. Hay lo de siempre, agua, aire,nubes, viento, o sea, nada. La máquina, la súper máquina que todo lo ve, quetodo lo oye, que todo lo detecta, que nada se le pasa, la que cuenta la verdad delo que existe, dice que allí no hay nada más que lo de siempre.Ahora sí que sí, ahora las alarmas empiezan a encadenarse. Ahora losMandos técnicos y militares comienzan a levantar sus teléfonos para ponerse encomunicación con sus Mandos. Con los dueños del mundo que está detrás delmundo. Ese mundo que no se ve, ni se oye, del que solo se conocen susurros ycuchicheos. El estupor de los dueños del mundo es máximo. ¿Cómo no? C
ómoes posible que no detecte nada si lleva la tecnología más avanzada que existe en la faz dela Tierra
, les espetan a los técnicos y científicos. Claro, su juguete, el juguete queha costado un dineral, no es capaz de detectar un descomunal artefacto sólido amenos de 1.500 metros sobre el mar. Ni una foto de las de toda la vida, nisiquiera medio minuto de simple video. Nada.
Eso hay que verlo
, dicen. Hay quemandar a alguien sano y cuerdo que vaya hasta allí abajo y vea con sus ojos,con nuestros ojos, que aquel maldito puck negro está allí de verdad. Aquellanoche de 28 de abril más de uno tuvo pesadillas. Y con razón.

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