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La Fe exige el Realismo del Acontecimiento de Joseph Ratzinger

La Fe exige el Realismo del Acontecimiento de Joseph Ratzinger

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«La fe exige el realismo del acontecimiento»
Joseph Ratzinger *
«La opinión según la cual la fe como tal no conoce absolutamente nada de los hechos históricos y debe dejar todo eso a los historiadores, es gnosticismo. Esa opinión desencarna la fe y la reduce a pura idea. En cambio, para la fe que se basa en la Biblia, precisamente el realismo del acontecimiento es una exigencia constitutiva. Un Dios que no puede intervenir en la historia y manifestarse en ella, no es el Dios de la Biblia». La in
«La fe exige el realismo del acontecimiento»
Joseph Ratzinger *
«La opinión según la cual la fe como tal no conoce absolutamente nada de los hechos históricos y debe dejar todo eso a los historiadores, es gnosticismo. Esa opinión desencarna la fe y la reduce a pura idea. En cambio, para la fe que se basa en la Biblia, precisamente el realismo del acontecimiento es una exigencia constitutiva. Un Dios que no puede intervenir en la historia y manifestarse en ella, no es el Dios de la Biblia». La in

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«La fe exige el realismo delacontecimiento»
 
Joseph Ratzinger  *
«La opinión según la cual la fe como tal no conoce absolutamente nada de loshechos históricos y debe dejar todo eso a los historiadores, es gnosticismo. Esa opinión desencarna la fe y la reduce a pura idea. En cambio, para la feque se basa en la Biblia, precisamente el realismo del acontecimiento es unaexigencia constitutiva. Un Dios que no puede intervenir en la historia ymanifestarse en ella, no es el Dios de la Biblia». La intervención del prefectode la Congregación para la doctrina de la fe con motivo del centenario de lacreación de la Comisión Bíblica Pontificia
N
o he elegido el tema de mi relación sólo porque forma parte de lascuestiones que de derecho pertenecen a una visión retrospectiva sobrelos cien años de la Pontificia Comisión Bíblica, sino también porqueforma parte de los problemas de mi biografía: desde hace más demedio siglo mi itinerario teológico personal gira en torno al ámbitodeterminado por este tema.
 
En el decreto de la Congregación Consistorial del 29 de junio de 1912
 De quibusdam commentariis non admittendis
aparecen los nombresde dos personas que se cruzaron en mi vida. En efecto, en ese decretofue condenada la
 Introducción al Antiguo Testamento
del profesor deFrisinga
Karl Holzhey
. Este profesor ya había muerto cuando, enenero de 1946, comencé mis estudios de teología en la colina de lacatedral de Frisinga, pero sobre él circulaban aún anécdotaselocuentes. Debía de ser un hombre más bien pagado de sí y lleno desombras.
 
Me resulta más familiar el segundo nombre citado, es decir,
FritzTillmann
, bajo cuya dirección se publicó un
Comentario del NuevoTestamento
definido inaceptable. En esa obra, el autor del comentarioa los Sinópticos fue
Friedrich Wilhelm Maier
, un amigo deTillmann, entonces profesor en Estrasburgo. El decreto de laCongregación Consistorial establecía que estos comentarios
 
debíanser completamente borrados de la institución de los clérigos(
expungenda omnino esse ab institutione clericorum
). EseComentario, del que yo, cuando era estudiante en el seminario menorde Traunstein, había encontrado un ejemplar olvidado, debía serprohibido y retirado de la venta, dado que en él Maier sostenía, conrespecto a la cuestión sinóptica, la así llamada teoría de las dosfuentes, que hoy es aceptada prácticamente por todos. En aquelmomento, eso significó también el final de la carrera científica deTillmann y de Maier. Sin embargo, a ambos se les permitió cambiar
 
disciplina teológica. Tillmann aprovechó esta posibilidad y llegó a serun destacado teólogo moral alemán. Juntamente con
Th. Steinbüchel
 y
Th. Müncker
, dirigió un manual de teología moral de vanguardia,que trataba de una manera nueva esta importante disciplina y lapresentaba según la idea de fondo de la imitación de Cristo.
 
Maier no quiso aprovechar la posibilidad de cambiar disciplina, puesestaba dedicado en alma y cuerpo al trabajo sobre el NuevoTestamento. Así, se hizo capellán militar y, como tal, participó en laprimera guerra mundial; seguidamente, trabajó como capellán en lascárceles hasta 1924, cuando, con el
nihil obstat 
del arzobispo deBreslau (hoy Wroclaw), cardenal Bertram, en un clima ya másdistendido, fue llamado a la cátedra de Nuevo Testamento en laFacultad teológica del lugar. En 1945, cuando esa Facultad fuesuprimida, juntamente con otros colegas, se trasladó a Münich, dondeyo lo tuve como profesor.
 
La herida de 1912 nunca cicatrizó del todo en él, a pesar de que en esetiempo ya podía enseñar su materia prácticamente sin problemas y deque le apoyaban con entusiasmo sus alumnos, a los que lograbatransmitir el amor al Nuevo Testamento y una interpretación correctadel mismo. De vez en cuando, en sus clases afloraban recuerdos delpasado. Se me ha quedado grabada, sobre todo, una afirmación quehizo en 1948 ó 1949. Dijo que ya podía seguir libremente suconciencia de historiador, pero que aún no se había llegado a lalibertad completa de la exégesis que él soñaba. Asimismo, aseguróque él probablemente no llegaría a verlo, pero que al menos deseabapoder contemplar, como Moisés desde el monte Nebo, la tierraprometida de una exégesis sin ningún control ni condicionamiento delMagisterio.
 
Notábamos que en el espíritu de este hombre docto, que llevaba unavida sacerdotal ejemplar, fundada en la fe de la Iglesia, no sólo pesabaaquel decreto de la Congregación Consistorial, sino también que losdiversos decretos de la Comisión Bíblica
 – 
sobre la autenticidadmosaica del Pentateuco (1906), sobre el carácter histórico de losprimeros tres capítulos del Génesis (1909), sobre los autores y sobrela época de composición de los Salmos (1910), sobre los evangeliosde san Marcos y san Lucas (1912), sobre la cuestión sinóptica (1912),etc.
 – 
impedían su trabajo de exegeta con obstáculos que élconsideraba indebidos.
 
Persistía aún la impresión de que a los exegetas católicos, a causa deesas decisiones del Magisterio, se les impedía desempeñar un trabajocientífico sin coacciones; de que así la exégesis católica, en
 
comparación con la protestante, nunca podría estar a la altura de lostiempos; y de que los protestantes tenían, de algún modo, razón alponer en duda su rigor científico.
 
Naturalmente, influía también la convicción de que un trabajorigurosamente histórico podría certificar, de modo creíble, los datosobjetivos de la historia, más aún, que este era el único camino posiblepara comprender en su sentido propio los libros bíblicos, los cuales,precisamente, son libros históricos.
 
Él consideraba indiscutible que el método histórico era digno deconsideración e inequívoco; ni se le pasaba por la mente la idea deque también en ese método entraban en juego presupuestos filosóficosy de que podría resultar necesaria una reflexión sobre lasimplicaciones filosóficas del método histórico. A él, como a muchosde sus compañeros, la filosofía le parecía un elemento perturbador,algo que sólo podía contaminar la pura objetividad del trabajohistórico. No se planteaba la cuestión hermenéutica, es decir, no sepreguntaba en qué medida el horizonte de quien pregunta determina elacceso al texto, haciendo necesario aclarar, ante todo, cuál es el modocorrecto de preguntar y de qué manera es posible purificar la propiapregunta. Precisamente por esto, el monte Nebo le habría reservadoseguramente alguna sorpresa totalmente fuera de su horizonte.
 
Ahora quisiera intentar subir, por decirlo así, juntamente con él almonte Nebo, para observar, desde la perspectiva de entonces, la tierraque hemos atravesado en los últimos cincuenta años. A este respecto,podría resultar útil recordar la experiencia de Moisés. El capítulo 34del Deuteronomio describe cómo a Moisés se le concedió contemplardesde el monte Nebo la tierra prometida, viéndola en toda suextensión. La mirada que se le concedió fue una mirada, por decirloasí, puramente geográfica, no histórica. Sin embargo, se podríaafirmar que el capítulo 28 del mismo libro presenta una mirada nosobre la geografía sino sobre la historia futura en la tierra y con latierra, y que ese capítulo brinda una perspectiva muy diferente, mucho
menos consoladora: “Yahveh te dispersará entre todos los p
ueblos, deun extremo a otro de la tierra (...). No hallarás sosiego en aquellas
naciones, ni habrá descanso para la planta de tus pies” (
 Dt 
28, 64-65).Lo que Moisés veía en esa visión interior se podría resumir así: lalibertad puede destruirse a sí misma; cuando pierde su criteriointrínseco, se autosuprime.
 
¿Qué podría percibir una mirada histórica desde el monte Nebo sobrela tierra de la exégesis de los últimos cincuenta años? Ante todo,

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