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PEÑA El Concepto de Cohesión Social

PEÑA El Concepto de Cohesión Social

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Capítulo 1
EL CONCEPTO DE COHESIÓN SOCIAL
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Capítulo 1
EL CONCEPTO DE COHESIÓN SOCIAL
Debates teóricos y usos políticos
Carlos Peña
I.
I:   
Este capítulo busca aportar algunos antecedentes —especialmente provenien-tes de la literatura clásica— para entender el problema de la cohesión social y conferirle a este cierta plausibilidad teórica.La pregunta por la cohesión social ha ocupado la atención de las agenciasinternacionales y de los
 policy makers 
desde la década de 1990, cuando las reformasorientadas al mercado mostraron que ellas hacían languidecer los vínculos comu-nitarios y otras formas de sociabilidad que alimentan la confianza y el sentido depertenencia. El crecimiento económico, unido a esos fenómenos, replanteó la inte-rrogante más general —la misma que inauguró la reflexión sociológica— de si aca-so la utilidad es una amalgama suficiente para unir a las sociedades o si, en cambio,ellas requieren un elemento de alguna otra índole para mantenerse cohesionadas.En la economía clásica este problema fue resuelto por la vía de consideraral
homo oeconomicus 
como un sujeto moral capaz de simpatía por sus semejantes(es el caso de Smith) o por el camino de atribuir al comercio virtudes civilizado-ras (como ocurre en Mandeville). En la economía neoclásica, en cambio, dondela ascética del cálculo individual lo inunda todo, el problema, como ya lo habíaanticipado Hegel, queda sin solución. Con todo, se trata de uno de los proble-mas más básicos de la modernidad en su conjunto: el de determinar si acaso elintercambio o el mercado es suficiente para fundar un lazo social.a) ¿Qué mantiene unidas a las sociedades?¿Las sociedades se mantienen unidas cuando todos sus miembros obtienenalguna utilidad de ellas, o cuando además poseen consensos normativos que
 
REDES, ESTADO Y MERCADO
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permiten, en el extremo, incluso soportar las injusticias? ¿Es la utilidad —esdecir, la eficiencia— o la justicia —es decir, la distribución— el aspecto clavede la vida social y de la política, o existe algún elemento adicional que deba-mos también considerar? ¿Es suficiente la funcionalidad de las estructuras—buenas regulaciones para el intercambio, amplios espacios de elección in-dividual—, para que las sociedades se mantengan unidas? ¿Se requiere, acaso,todavía algo más? ¿Qué es, en suma, lo que mantiene cohesionadas a las so-ciedades y que la precariedad del trabajo, las migraciones y las desigualdadesparecen amenazar?Esas preguntas se han planteado una y otra vez, desde Aristóteles hastaPutnam, pasando por autores en apariencia tan disímiles como Simmel o Par-sons. Y han entrecruzado múltiples disciplinas, desde la historia hasta la eco-nomía, pasando, claro está, por la sociología. Muchas veces el tema se ha dadopor resuelto, pero la pregunta retorna de nuevo, como si dilucidar qué es lo queproduce el lazo social fuese una tarea que cada época y cada sociedad debieraacometer a su modo.En el siglo XVIII, David Hume, en su famoso compendio, se preguntó,con respecto al universo, algo parecido. ¿De dónde derivaba el orden aparen-te de la naturaleza? Él pensó que la contigüidad de los fenómenos físicos y su repetición en apariencia imperturbable provenía de la causalidad. La cau-salidad, dijo, es el «cemento del universo», pero la causalidad, advirtió, noreposaba más que en la costumbre. No podía afirmarse que lo que hemosobservado en el pasado vaya a repetirse necesariamente en el futuro. «No espor tanto —concluyó Hume— la razón la guía de la vida sino la costumbre».La continuidad del universo estaba, por decirlo así, sustentada socialmente.Pero ¿cuál es, por su parte, la fuente de la cohesión social y de la identidad delas sociedades?La mayoría de esas reflexiones han sugerido que existe un elemento nocontractual —un elemento que no depende exactamente de la voluntad hu-mana individual— que sostiene a las sociedades. En otras palabras, el cementode la sociedad, la amalgama que la mantiene unida, no sería el acuerdo delibe-rado ni el contrato, sino un fenómeno, o un conjunto de fenómenos, que lospreceden. En el caso de la economía clásica ese fenómeno se representó comouna dimensión moral del
homo oeconomicus 
; en el caso de la historia, se puso demanifiesto con el examen de la nación moderna; en el caso de la sociología, sehizo explícito al examinar las relaciones entre diferenciación e integración so-cial. En todos ellos se subrayó que la cohesión no se produce contractualmenteo mediante el simple intercambio.Durkheim —uno de los ideólogos de la Tercera República francesa y a la vez uno de los fundadores de lo que hoy día conocemos como sociología— fue,
 
Capítulo 1
EL CONCEPTO DE COHESIÓN SOCIAL
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como veremos, quien más insistió en ese punto. En su opinión, los contratosse sostienen sobre reglas no contractuales que las sociedades deben promo- ver y cuidar para que los individuos puedan sostener su identidad y cooperarentre sí. Cuando esas reglas no contractuales se debilitan —cuando los indi- viduos son invadidos por la anomia— la sociedad se llena de malestares y losindividuos prefieren abandonar, a veces incluso mediante el suicidio, la vidasocial. Por lo mismo, el tránsito de las sociedades tradicionales a las modernasno comporta un paso desde formas adscriptivas de pertenencia, como el pa-rentesco o la sangre, hacia mecanismos de coordinación voluntarios (como losostuvieron Maine, Spencer o Tönnies), sino simplemente un
cambio de espesor 
 en la conciencia moral, en ese consenso normativo mínimo que sostiene alas sociedades. En otras palabras, la opinión de Durkheim fue que, conformeaumentaba la diferenciación social (o, en sus propios términos, la división deltrabajo), los mecanismos de integración se hacen distintos, pero ni desapare-cen ni tampoco son sustituidos por simples mecanismos de coordinación oagregación de preferencias.Las sociedades, pensó Durkheim, y antes de él Comte, son en el fondoun fenómeno religioso. Exigen la separación entre lo sagrado y lo profano.Suponen la existencia de un momento de incondicionalidad —un momentosacro— que está más allá de la voluntad humana y del que derivan orientacio-nes normativas básicas. En eso, uno y otro se mostraron de acuerdo con Hegelquien, en la Filosofía del Derecho, sugirió que de la mera subjetividad de losactores no podía surgir nada firme.Emile Durkheim —quizás el personaje central de esta historia— tuvocomo rival intelectual a otro de los fundadores de la sociología: Herbert Spen-cer. Este, al revés de Durkheim, pensó que las sociedades eran organismos auto-rregulados y que las estructuras de intercambio, como el contrato, eran capacesde producir espontáneamente el orden social. Liberal y utilitarista, Spencersiempre argumentó que los sistemas fiduciarios —como el papel moneda— seproducían de forma más o menos espontánea, con el menor grado de injerenciadeliberada posible, con un mínimo de legislación. Tanto Durkheim como Spencer vivieron en el siglo XIX y alcanzaron a ver los albores del XX. Son los momentos en que la primera modernidad —elurbanismo, la industrialización, los sistemas escolares de masas, la reproducciónmecánica del arte— irrumpe. Se discute entonces de qué forma, si es que hay alguna, se debe someter al mercado autorregulado. Es esa circunstancia —elhecho de que el debate gire en torno a si el mercado es capaz o no de producirel orden social— lo que confiere un aire extrañamente contemporáneo a eseclásico debate entre Durkheim y Spencer.

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