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Q parte 2

Q parte 2

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Published by luisdienarg
Q es una novela firmada por Luther Blissett cuya primera edición en italiano fue publicada en 1999. Está ambientada en el siglo XVI en Europa central, y afronta acontecimientos relacionados con los movimientos sociales radicales durante la Reforma Protestante.

Luther Blissett es un nombre colectivo multiuso que fue utilizado como alias por cuatro escritores italianos: Roberto Bui, Giovanni Cattabriga, Federico Guglielmi y Luca Di Meo. Ellos formaban parte del denominado Luther Blissett Project, que concluyó en 1999. En el año 2000 se unió a ellos Riccardo Pedrini y ahora escriben bajo el nombre de Wu Ming.

La novela, publicada originalmente en italiano, fue traducida a muchos idiomas. Todas las ediciones conservan la declaración de derechos de autor original, que permite la reproducción no comercial del libro.
Q es una novela firmada por Luther Blissett cuya primera edición en italiano fue publicada en 1999. Está ambientada en el siglo XVI en Europa central, y afronta acontecimientos relacionados con los movimientos sociales radicales durante la Reforma Protestante.

Luther Blissett es un nombre colectivo multiuso que fue utilizado como alias por cuatro escritores italianos: Roberto Bui, Giovanni Cattabriga, Federico Guglielmi y Luca Di Meo. Ellos formaban parte del denominado Luther Blissett Project, que concluyó en 1999. En el año 2000 se unió a ellos Riccardo Pedrini y ahora escriben bajo el nombre de Wu Ming.

La novela, publicada originalmente en italiano, fue traducida a muchos idiomas. Todas las ediciones conservan la declaración de derechos de autor original, que permite la reproducción no comercial del libro.

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Published by: luisdienarg on Feb 20, 2012
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01/10/2013

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CAPÍTULO
18
Eltersdorf,Pascua de 152
Recuerdo que la noche de la coronación del rey Willi,pocos enhlhausen pegaron ojo.A buen seguro que no lo consiguieronRodemann ni Kreuzberg,los dos burgomaestres,bajo cuyas ventanasse disputó un extraordinario torneo de insultos,juramentos y frasessangrantes en su honor.Menos aún pudieron descansar los grupos devagabundos ávidos de posibles saqueos,que desde la mañana siguien-te llenaban las calles.Por desgracia,Morfeo estrechó entre sus brazos a los dos centine-las apostados en la fachada posterior del palacio municipal,de maneraque no les fue difícil a los burgomaestres salir huyendo en direccióna Salza,con el estandarte de la ciudad enrollado bajo el brazo.Al despertar,por tanto,nuevo correr de la noticia,nueva zozobray nueva concentración bajo las ventanas del Ayuntamiento,para pe-dir la intervención del Consejo.Los ocho delegados del pueblo,ele-gidos ya antes de nuestra llegada,trataron de convencer al jefe de laguardia de la gravedad de lo que los dos burgomaestres habían he-cho,así como de la necesidad de echar tierra cuanto antes sobreaquella vergüenza.Pero aquel respondió que él no recibía órdenes denadie más que de los legítimos representantes de la ciudadanía.Y mientras nosotros nos íbamos al arrabal de San Nicolás para po-ner en orden nuestras ideas,él logró reunir en torno a sí a una buenaparte de la población,poniendo a todos en guardia contra todoaquel que quisiera aprovecharse de la difícil situación de la ciudadpara disponer de las fuerzas del orden a su antojo.No hizo falta que pasara mucho rato para que las paredes de laciudad aparecieran cubiertas de comentarios del siguiente tenor:
LOSESBIRROSNOCAMBIANNUNCA
.Mientras tanto,cansados de esperar el estallido de los aconteci-mientos,muchos maestros del saqueo en viaje de negocios reanuda-ban sin más pérdida de tiempo sus actividades,sembrando el terrorintramuros de la ciudad y entre las filas de los defensores del palacio.Nosotros,por nuestro lado,intentábamos calibrar con la máximaprecisión si resultaba oportuna o no una acción de fuerza.Fue en-viado un mensajero a Salza con el fin de preguntar a algunos se-guidores de Magister Thomas si no sería posible,por nuestra parte,intervenir directamente allí,al objeto de hacérsela pagar a los dosfugitivos y crear en aquella ciudad una situación favorable a la re-
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vuelta.La respuesta fue una cordial invitación a meternos en nues-tros asuntos.hlhausen se preparaba para una segunda noche en vela.Lasrondas de los burgueses inspeccionaban la ciudad antorcha en mano,mientras la guardia se alineaba ante la entrada de la Puerta de Felch-ta y del palacio.Precaución inútil:por nuestra parte,no iba a resul-tarnos difícil romper aquel piquete,pero una vez dentro,la ciudadpodía transformarse en una trampa;desde cualquier ventana podíacaer aceite hirviendo,por cualquier portón aparecer la muerte.Ade-más,había que tener en cuenta que aldentro disponían por lo me-nos de un centenar de arcabuceros,mientras que nosotros no contá-bamos con más de cinco.De modo que esperábamos.Y la aureola del crepúsculo iba en-volviendo lentamente las figuras de este ejército de los humildes,ocupadas en aprender el arte de lanzar piedras y asestar garrotazos,dedejar tendido al adversario,de dormir sobre los adoquines,mientrasuno se alimentaba de pan de centeno y de grasa de ganso,con unoído pendiente del último sermón del Magister y el otro de las proe-zas eróticas del vecino.Al día siguiente,pocas horas después del amanecer,Ottilie y elMagister,viendo que el enfrentamiento a distancia había debilitadoa la mayoría,y que eran muchos los que insistían en querer volver asus asuntos,buscaron ayuda en la Biblia.«Cuando Dios sostenía a supueblo,los muros de la ciudad se desmoronaban al toque de lastrompetas.Acordaos del final de Jericó.También a nosotros,que so-mos sus elegidos,Dios Nuestro Señor nos concederá una victoria nomenos fácil.Pero hay que tener fe y creer que Dios no abandonará asu ejército.»Magister Thomas sabía cómo ser convincente,y este discurso fuetomado al pie de la letra por una cincuentena de hermanos.Arma-dos de siete imponentes cuernos de caza,de esos con el estrangul demetal,se encaminaban a lo largo del sendero que bordeaba los bas-tiones,cantando y tocando con toda la fuerza de que eran capacessus pulmones.La escena por lo menos produjo un entusiasmo gene-ral y,con toda seguridad,impresionó a varios ricos cerveceros atrin-cherados en la plaza municipal.Aquellos cincuenta soldados de Josué no llegaron a dar nunca laséptima vuelta a las murallas.Apenas estaban terminando la quinta,gritando a voz en cuello «¡Siervos comemierda!»,cuando a lo lejosapareció lo que había de disolver de forma definitiva la tensión deaquellos días.Un muy nutrido grupo de hombres,sobre el cual cre-cía un tupido bosque de largos garrotes,avanzaba expeditamente endirección a la ciudad.De haberse tratado de los refuerzos proceden-
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tes de Salza,hlhausen habría caído en nuestras manos aquellamisma tarde.Pero el hermano Leonard,al que enviamos a su en-cuentro,regresó con la noticia de que eran los habitantes del conda-do,que venían a prestar su apoyo al Consejo de la ciudad.Al poco,lanoticia llegó también intramuros,y no tardamos en encontrarnos atra-pados entre dos fuegos:por un lado,los campesinos que subían porel empedrado y,por otro,los burgueses,que se lo pasaban en grandecon la escena atisbando desde detrás de la primera fila de centinelas.En resumen,demasiados.¡Eso es lo que ocurre cuando se deja de lado a los campesinos parair a conquistar los cañones de la ciudad! Les prometen una reducciónen las tasas de entrada de los productos agrícolas y de buenas a prime-ras te los encuentras en contra tuya.Precisamente en un día comoaquel,con los campesinos de nuestra parte...En cambio,el ejército delos humildes se dispersó rápidamente,sin el menor derramamientode sangre,como manteca en un horno.Los campesinos les estrecha-ron la mano a los burgueses,haciendo añicos nuestros cuernos decaza y se volvieron a sus casas tan campantes a la hora de la cena.Así la resolución del Consejo de elegir dos nuevos burgomaestrestuvo todo el carácter de una concesión,una simple forma de elimi-nar a dos imbéciles y reforzar el control sobre la ciudad.A la mañana siguiente,la plaza municipal se llenó nuevamente deuna gran multitud de personas que esperaban conocer los nombresde los nuevos burgomaestres.Uno de los elegidos,el productor de lamejor cerveza de la ciudad,no tardó en festejarlo regalando a la po-blación dos enormes barriles.Luego tomó la palabra el segundo,quetenía una tienda de paños.Dijo que,gracias a la sagacidad del Conse- jo,se había resuelto una situación de gran confusión,que Rodemanny Kreuzberg habían pagado con toda justicia su gesto y que no vol-verían a la ciudad.No obstante,no eran estos los únicos en haber ac-tuado contra los intereses de la ciudadanía;tal como cabía esperar deun extranjero,micer Thomas ntzer había hecho todo lo posiblepor traer el caos a la ciudad y micer Heinrich Pfeiffer lo había segui-do ciegamente en sus propósitos instigadores.hlhausen no teníala menor necesidad de semejante gente para mejorar su propio orde-namiento.Por tanto,Thomas ntzer y Heinrich Pfeiffer eran invi-tados a abandonar la ciudad en un plazo de dos días.Si se demorabanmás en hacerlo,se harían merecedores de su encarcelación en la torredel palacio.Sigo preguntándome qué extraña alquimia debió de producirseen el transcurso de la noche precedente y qué fluido paralizante de-bió de correr en aquellos momentos por el pavimento de la plaza.Pero lo cierto es que la llegada de los campesinos fue un golpe duro,
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