El restaurador y la madonnina della creazione- 143 –Todos los capítulos de la novela enhttp://jungladeasfalto.com
primeras planas de los periódicos mi mujer, Cristina, y yoentendimos al instante que nuestro amigo, temeroso de una traiciónpor parte de Pétrides, había estado implorando nuestra ayudaaquella noche... y nosotros no supimos verlo.» Aunque durante todo el proceso judicial consiguiente parecióquedar claro que sin la presencia del marchante desde laplanificación del asalto éste no se hubiera llevado a cabo nunca,Pétrides quedó prácticamente indemne, aunque con la reputaciónciertamente dañada puesto que, además de la sospecha que desdeentonces pendería siempre sobre sus transacciones, durante aquellosmeses se recordó sus tratos con los principales compradores nazis dearte en la Francia ocupada.» Por ello para los grandes negocios de arte, deseosos siempre deapariencia de legitimidad, como bien sabemos nosotros, parecía quePétrides había quedado marcado para el resto de su vida. Y algunaspersonas, entre ellas Cristina y yo mismo, le auguramos un futurotan miserable como grande había llegado a ser su patrimonio, en elque su único prestigio, su baluarte, sería la autoridad sobre loscatálogos oficiales de Valadon, Utrillo, Vlaminck y otros artistas quehabía tenido bajo contrato en su galería.» En realidad la idea de ejercer como herramientas de la justiciauniversal atacando este punto fue de Cristina pero debo confesarque no sólo me pareció bien, sino que estuve encantado de dar sumerecido a ese viejo cabrón, porque su avanzada edad haría que elcolmo de su castigo resultara insuficiente para la condena quemerecía.
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¿Por qué “viejo cabrón”? –intervino Guillermo, fascinado por aquelcuento-.
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Eran otros tiempos y todavía los juicios morales estaban permitidos.Vosotros sois demasiado jóvenes como para comprender otro tipode valores, pero entonces nosotros todavía pensábamos quepodíamos cambiar el mundo...» El caso es que en menos de dos meses habíamos averiguado losuficiente como para celebrar nuestro propio proceso a Pétrides. Lohicimos y el marchante resultó culpable. Y como su condena debíaser proporcional al castigo acordamos que debíamos acabar parasiempre con aquel principio de autoridad que Pétrides todavíamantenía intacto.
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