Read without ads and support Scribd by becoming a Scribd Premium Reader.
 
Desventuras de una indignada: olvidos impuestos
-Eowyn, ¿te encuentras bien? ¿Puedes verme?
 –
preguntó mi viejo amigo ansiosomientras pasaba una mano delante de mis ojos. Yo fije la vista en él con una muecadescontenta, y me incorporé en la cama con dificultad gracias a dolorido cráneo.-Sí, desgraciadamente puedo ver perfectamente tu fea cara, por todos los demoniosdel Averno. Gracias a quien sea la muerte no me ha impedido volver a encontrartepara decirte un par de cosas y hacerte suplicar de rodillas el no haberme conocidonunca. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? ¿En qué emboscada hemos caído? ¿Quiéneseran esos monstruos? ¿No se suponía que Chipre era un sitio seguro? Maldito seas porsiempre, esto era lo único que me faltaba. ¿Sabes en los líos que me has metidomientras tú te beneficiabas a la concubina del Sultán y le robabas sus joyas, o lo quesea que te hayas apropiado y que ha hecho que se cabreara tanto?El acusado intentó calmarme, haciendo un gesto de tranquilidad con ambas manos.-Entiendo tu enfado, mi querida amiga. Guillaume me ha explicado todo lo que hastenido que pasar por mi culpa
 –
me alegraba saber que el inquisitivo hermano habíasobrevivido, a pesar de todo: realmente, no creí que lo conseguiría-. Pero créeme queen ningún momento pude imaginarme que mis aventuras pudieran afectarte en lo másmínimo. Te hacía tranquila y feliz deshaciendo entuertos por tierras castellanas yaragonesas, o tal vez de vuelta en tu complicado siglo XXI escribiendo en esa máquinaendiablada de la que siempre hablas. Y por mi parte, en ningún momento quiseapropiarme de nada que no me correspondiera, y menos de una mujer.Acto seguido, me relató una extrañísima historia de la que, dado mi dolor de cabeza ymalestar general, solo entendí lo de su encarcelamiento y posterior liberación porparte de la tal Samira, parte que ya conocía, y lo de que ella le había utilizado paraconseguir un objeto en Sidón antes de morir entre sus brazos.-Lamento lo de esa chica
 –
le dije, sincera-. También, indirectamente, ella me salvó a mí 
 –
le expliqué lo de la compañera de Samira, la que me había librado de mis cadenas. Noera tan mala como crees, estoy segura
 –
le consolé.-Eso carece de importancia ahora. Ya pasó. Solo importa que te recuperes cuantoantes. Duerme, más adelante tendremos tiempo de hablar largo y tendido de esteasunto. Yo me quedaré contigo hasta que mejores. En realidad no tengo otro remedio,puesto que te he cedido mis aposentos
 –
dijo, guiñándome un ojo.-Y yo que te lo agradezco, pero ni lo sueñes que voy a dormir ahora
 –
me disponía alevantarme de la cama, combatiendo sus protestas sobre que el médico me habíarecetado tres días de reposo absoluto y sus intentos de detenerme cuando, después
 
de un par de golpes en la puerta, esta se abrió para dejar paso a Guillaume, queportaba una bandeja en la que se veía una botella de vino y dos copas. Me extrañó queél mismo se encargara de menesteres que solían normalmente dejarse bajo laresponsabilidad de subalternos, pero la mirada alegre que nos dirigió y el afecto conque palmeó la espalda de su compañero de orden, me hicieron ver que se trataba deuna deferencia personal.-Un regalo para celebrar vuestro reencuentro: el mejor vino tomado prestado de lasbodegas del comendador
 –
dejó la bandeja en una mesita, que acercó empujándolacon el pie-. Dejad, yo mismo os serviré. El médico cree que no te hará mal bebermoderadamente, Eowyn.-Y pobre de él que dijera lo contrario
 –
aduje yo-. Ya es bastante fastidioso no podermoverse.-Gracias, amigo
 –
contestó mi compañero-. Dime, ¿los heridos se están recuperandobien?-Todos están fuera de peligro
 –
respondió. Y, dirigiéndose a mí-. Los nuestros llegaron atiempo. Como siempre.-Lo imaginaba
 –
respondí-. Decid: ¿tenéis idea de quiénes eran esos hombres y quéquerían?Ambos templarios se encogieron de hombres.-Nuestra ignorancia al respecto rivaliza con la tuya
 –
admitió Guillaume-. Pero lodescubriremos en su momento. Y ahora os dejo solos: tendréis muchas cosas de lasque hablar.Fue inútil nuestra invitación a que compartiera el vino con nosotros. Cuando hubosalido, mi amigo sirvió una copa y me la acercó, y de inmediato llenó la suya. Yo lemiraba con detenimiento.-¿Son muy graves tus heridas? Aparte de un poco más pálido y más lento demovimientos, te veo casi como siem
pre. Pero no obstante hay algo… Dime: ¿de verdad
estás bien?Me sonrió con bondad.-No temas. No me ha pasado nada irreparable. Y he mejorado mucho en los últimosdías. Debería de haberme librado del médico y el comendador y encargarme yo mismode tu rescate. Estoy seguro de que todo hubiera sido más rápido y mejor.Yo solté una carcajada.
 
-Hubieras llegado tarde, como ellos. Los hombres sois unos inútiles totales cuando
tenéis que planear algo que requiera una mínima estrategia… Pero bueno, cuéntame,
¿cómo es la vida en este lugar? ¿Seguro que te gusta habitar en esta reclusión? Merecuerda a un campo de concentración para parados húngaros,y me temo que vuestros jefazos están tan poco cuestionados internacionalmente como el Gobierno deese país. Al menos mientras no amenacéis el sistema financiero internacional.-No os cambiado nada, Eowyn
 –
refunfuñó como contestación-. Sigues igual deprotestona.Él sí había cambiado: lo notaba a cada palabra que pronunciaba. Pero no podíaaveriguar en qué consistía ese cambio. Y eso me preocupaba. Le miré con simpatía.-Te he echado de menos, cabronazo. Aún no he conocido a nadie que sepa aguantartal cantidad de alcohol tan inmutablemente como tú
 –
él me estrechó la mano sinresponder, con aspecto de ir a soltar la lagrimita-. -Vale, vale, ya basta
 –
le detuve,después de un breve lapso-. Que corra el aire, confianzas las justas, tampoco vamos aemocionarnos ahora.Sus ojos brillaban con picardía.-Tienes razón
 –
me sostuvo la mirada unos momentos-
. Escucha… me extraña que no
sientas curiosidad.-¿Sobre qué?
 –
fingí ignorancia.-
Vamos, Eowyn…
 -Sabes que no creo en estas cosas.-¿Y tú eres la buscadora del Graal?
 –
se burló amablemente.-Sabes perfectamente lo que el Graal significa para mí 
 –
yo estaba comenzando aperder la paciencia.-Tal vez cuando lo veas cambiarás de opinión.Se levantó y comenzó a trastear por la habitación. Yo recliné la cabeza y cerré los ojosen las almohadas: tenía una jaqueca terrible, y cuando esto me sucedía las estupidecestenían el poder de acrecentarla. Sentí que él se acercaba de nuevo.-Aquí está.De mala gana, me incorporé de nuevo. Me presentó un cofre y me señaló su interior,una vez abierto. Yo lo observé encogiéndome de hombros.-¿Y esto que se supone que hace?
 –
pregunté sin inmutarme.
Search History:
Searching...
Result 00 of 00
00 results for result for
  • p.
  • Notes
    Load more