ÍNDICE:
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El piso 99
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Trece a Centauro
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Banda 12
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Las torres de observación
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Problema de reingreso
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Escape
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La jaula de arena
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Pasaporte a la eternidad
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Pasaporte a la eternidad completa junto con Bilenio, El hombre imposible, Las vocesdel tiempo y Playa terminal, ya publicados en esta colección, y algunas de las historiasde Vermillion Sands (1971), el ciclo de cuentos que Ballard escribiera entre 1956 y1964, y que corresponden al llamado “primer período” del autor. En estos cuentos semuestra de muy diversas formas “el hecho principal del siglo veinte: el concepto del fu-turo ilimitado”. Pero al optimismo cómplice de la sociedad contemporánea, Ballard opone la erosión del paisaje y de los materiales en desuso, escenarios desiertos y estéri-les, edificios vacíos, máquinas herrumbradas, fallas estructurales en el espacio y en eltiempo. Lo fantástico nace hoy junto con la realidad externa, como componente de lavida cotidiana, y las imágenes tecnológicas y psicosomáticas a veces en el espacio inte-rior como fósiles irreductibles del futuro.
James Graham Ballard nació en Shangai de padres ingleses el 18 de noviembre de1930; en 1946 es repatriado a Inglaterra luego de haber pasado tres años en un campode concentración japonés. Ha escrito entre otros libros: El viento de ninguna parte(1962), El mundo sumergido (1962), La sequía (1965), El mundo de cristal (1966), Laexhibición de atrocidades (1967), Crash (1973), La isla de cemento (1974), High-Rise(1975), Low-flying aircraft (1976).
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El piso 99
Forbis se había pasado el día tratando de llegar al piso 100. Agachado al pie del cortotramo de escaleras, detrás del hueco del ascensor, alzaba impotente los ojos hacia la pu-erta metálica de la azotea. Había once escalones angostos, y luego la azotea desierta, elalto enrejado de la barrera contra suicidas y el cielo abierto. Cada tres minutos un jetsobrevolaba el edificio, arrojando una sombra fugaz escalones abajo, mientras el estru-endo de los motores sofocaba momentáneamente el pánico que paralizaba la mente deForbis, quien entonces trataba otra vez de llegar a la puerta.Once escalones. Los había contado mil veces durante todas esas horas. Había entradoen el edificio a las diez de la mañana y había tomado el ascensor hasta el piso 95. Habíasubido a pie los otros cuatro -eran pisos de utilería, con oficinas desocupadas y sin ven-tanas, simplemente añadidos para que el edificio alcanzara la dignidad del centenar- yluego había esperado en silencio al pie del último tramo, tratando de serenarse mientrasescuchaba los zumbidos y chirridos del cable del ascensor. Como de costumbre, sin em-