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Ballard, J. G. - Pasaporte a La Eternidad

Ballard, J. G. - Pasaporte a La Eternidad

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Published by Osvaldo Drozd
ÍNDICE:

• El piso 99
• Trece a Centauro
• Banda 12
• Las torres de observación
• Problema de reingreso
• Escape
• La jaula de arena
• Pasaporte a la eternidad
ÍNDICE:

• El piso 99
• Trece a Centauro
• Banda 12
• Las torres de observación
• Problema de reingreso
• Escape
• La jaula de arena
• Pasaporte a la eternidad

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Published by: Osvaldo Drozd on Mar 17, 2012
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05/05/2013

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Pasaporte a la eternidadJ. G. Ballard
Título del original en inglés:
PASSPORT TO ETERNITY 
 Traducción de Carlos Gardini© 1963 by J. G. BallardIlustración de la carátula: Domingo FerreiraIMPRESO EN LA ARGENTINA© 1978, Ediciones Minotauro S.L.Edición FB2: Jack!2011
* * *
 
 
 ÍNDICE:
 
El piso 99
 
Trece a Centauro
 
Banda 12
 
Las torres de observación
 
Problema de reingreso
 
Escape
 
La jaula de arena
 
Pasaporte a la eternidad
* * *
 
Pasaporte a la eternidad completa junto con Bilenio, El hombre imposible, Las vocesdel tiempo y Playa terminal, ya publicados en esta colección, y algunas de las historiasde Vermillion Sands (1971), el ciclo de cuentos que Ballard escribiera entre 1956 y1964, y que corresponden al llamado “primer período” del autor. En estos cuentos semuestra de muy diversas formas “el hecho principal del siglo veinte: el concepto del fu-turo ilimitado”. Pero al optimismo cómplice de la sociedad contemporánea, Ballard opone la erosión del paisaje y de los materiales en desuso, escenarios desiertos y estéri-les, edificios vacíos, máquinas herrumbradas, fallas estructurales en el espacio y en eltiempo. Lo fantástico nace hoy junto con la realidad externa, como componente de lavida cotidiana, y las imágenes tecnológicas y psicosomáticas a veces en el espacio inte-rior como fósiles irreductibles del futuro.
 
 James Graham Ballard nació en Shangai de padres ingleses el 18 de noviembre de1930; en 1946 es repatriado a Inglaterra luego de haber pasado tres años en un campode concentración japonés. Ha escrito entre otros libros: El viento de ninguna parte(1962), El mundo sumergido (1962), La sequía (1965), El mundo de cristal (1966), Laexhibición de atrocidades (1967), Crash (1973), La isla de cemento (1974), High-Rise(1975), Low-flying aircraft (1976).
 
* * *
 
El piso 99
 Forbis se había pasado el día tratando de llegar al piso 100. Agachado al pie del cortotramo de escaleras, detrás del hueco del ascensor, alzaba impotente los ojos hacia la pu-erta metálica de la azotea. Había once escalones angostos, y luego la azotea desierta, elalto enrejado de la barrera contra suicidas y el cielo abierto. Cada tres minutos un jetsobrevolaba el edificio, arrojando una sombra fugaz escalones abajo, mientras el estru-endo de los motores sofocaba momentáneamente el pánico que paralizaba la mente deForbis, quien entonces trataba otra vez de llegar a la puerta.Once escalones. Los había contado mil veces durante todas esas horas. Había entradoen el edificio a las diez de la mañana y había tomado el ascensor hasta el piso 95. Habíasubido a pie los otros cuatro -eran pisos de utilería, con oficinas desocupadas y sin ven-tanas, simplemente añadidos para que el edificio alcanzara la dignidad del centenar- yluego había esperado en silencio al pie del último tramo, tratando de serenarse mientrasescuchaba los zumbidos y chirridos del cable del ascensor. Como de costumbre, sin em-
 
bargo, se le aceleró el pulso, y al cabo de dos o tres minutos ya le llegaba a ciento vein-te. Cuando se incorporó y tendió el brazo para aferrar el pasamanos algo le bloqueó loscentros nerviosos, como si un cajón de municiones se le hubiera posado en el lecho delcerebro, aplastándolo contra el suelo como un coloso de plomo.Acariciando los listones de caucho del último escalón, Forbis miró el reloj pulsera.Las cuatro y veinte de la tarde. Si no tenía cuidado alguien podía subir las escaleras yencontrarlo allí. En la ciudad ya había una docena de edificios donde lo consideraban
  persona non grata
, y los ascensoristas le habían advertido que si volvían a verlo llama-rían a la policía del edificio. Y no había tantos edificios de cien pisos. Eso era parte dela obsesión de Forbis. Tenían que ser exactamente cien.¿Por qué? Forbis, reclinándose contra la pared, logró formularse esa pregunta. ¿Quépapel desempeñaba buscando los rascacielos de cien pisos de la ciudad y cumpliendoluego este ritual obsesivo que invariablemente culminaba del mismo modo, siempre aunos metros de la última cima? Tal vez se trataba de una especie de duelo abstracto ent-re él y los arquitectos de estas moles monstruosas. (Vagamente recordaba haber llevadoa cabo un trabajo subalterno debajo de las calles. ¿Acaso se estaba rebelando para afir-marse a sí mismo? ¿Prototipo del hombre-hormiga urbano, intentaba derribar las torrestotémicas de Megalópolis?)Un jet descendió oblicuamente sobre la ciudad, y el rugido de los seis motores atronóel aire. Forbis, traspasado por el estrépito, logró ponerse de pie. Bajó la cabeza y dejóque el estruendo le entrara en la mente y le aflojara el bloqueo. Levantó el pie derecho ylo depositó en el primer escalón, manoteó la baranda y avanzó hasta el segundo.La pierna izquierda le colgaba libremente. Tuvo una impresión de alivio. ¡Por fin ibaa llegar a la puerta! Avanzó otro escalón, levantó el pie hacia el cuarto. Sólo faltaban si-ete. Advirtió entonces que la mano izquierda seguía aferrada a la baranda. Tironeó confuria, pero los dedos estaban apretados como correa de acero, y la uña del pulgar mordíadolorosamente la yema del índice.Mientras se empeñaba en soltar la mano, el avión desapareció.Media hora más tarde, cuando empezó a oscurecer, Forbis se sentó al pie de la escale-ra, se quitó un zapato con la mano libre y lo arrojó por el hueco del ascensor.Vansittart guardó la hipodérmica en el maletín y miró a Forbis reflexivamente.-Fue una suerte que no matara a nadie -le dijo-. El ascensor estaba treinta pisos másabajo, y el zapato atravesó el techo como una bomba.Forbis se encogió de hombros con indiferencia. Recostado en el diván, trató de relaj-arse. El Departamento de Psicología estaba casi en silencio. El personal se retiraba de laescuela médica para volver a casa, y acababan de apagar la última luz del corredor.-Lo siento, pero no había otra manera de llamar la atención. Me encontraba sujeto a labaranda como una lapa moribunda. ¿Cómo logró apaciguar al gerente?Vansittart corrió la lámpara y se sentó al borde del escritorio.-No fue fácil. Afortunadamente el profesor Bauer todavía estaba en su despacho y leshabló por teléfono. Pero en una semana él se retira, y es posible que la próxima vez nopueda sacarlo del atolladero. Tendremos que afrontar las cosas de un modo más directo,me parece. La policía no va a ser tan tolerante con usted.-Lo sé. Eso es lo que temo. Pero si no hago la prueba, el cerebro me va a estallar.¿Obtuvo alguna pista?Vansittart emitió un vago murmullo. En realidad los hechos se habían sucedido comoen las tres veces anteriores. La tentativa de llegar a la azotea había vuelto a fracasar, ytampoco esta vez nada explicaba el irresistible impulso de Forbis. Vansittart lo habíaconocido hacía sólo un mes, cuando Forbis vagabundeaba como un sonámbulo en laazotea del nuevo edificio administrativo de la escuela médica. Nunca alcanzó a descub-

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