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Verdades religiosas, política laica: Habermas sobre la religión en la esfera pública

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José Luis López de Lizaga, Universidad de Zaragoza.
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Verdades religiosas, política laica:Habermas sobre la religión en la esfera pública.
 José Luis López de LizagaUniversidad de Zaragoza
 
Cuando escribió
El liberalismo político
, Rawls se preguntaba si era realmenteapremiante la cuestión de la posibilidad de convivencia de una pluralidad decosmovisiones y religiones en el seno de una comunidad política democrática. “Entrenuestros problemas más básicos están los raciales, étnicos y de género”
 1
, escribíaRawls en 1992, y ante la urgencia de estos graves problemas podría parecer anacrónicodiscutir las condiciones de una convivencia pacífica y tolerante entre creencias diversas.Hoy seguramente Rawls no habría necesitado hacerse esa pregunta. Los problemasraciales, étnicos y de género siguen estando, en Estados Unidos y en cualquier otraparte, en una situación no muy distinta a aquella en que estaban hace 15 años. Pero enlos últimos tiempos las cuestiones relacionadas con la religión han pasado a ocupar unlugar muy destacado en los debates que tienen lugar en la esfera pública y en la propiateoría política. Este rebrote de la cuestión religiosa puede atribuirse a muchas causas. Elfanatismo islamista es una de ellas, como también lo es el tono mesiánico (convencido ocínico, eso es lo de menos) con que la política norteamericana de los últimos años harespondido a él. Y aunque no cabe descartar que esta reaparición de la religión en lavida pública sea interesada y pasajera (una especie de moda política desmentida por laimparable secularización de la sociedad y la cultura, la pérdida de influencia social delas iglesias, la crisis de “vocaciones” religiosas, etc.), hay indicios de que el discursoreligioso está penetrando el lenguaje político no sólo de quienes se han propuestorehabilitarlo, sino también de sus adversarios.
2
Esta influencia inadvertida podríaextenderse pronto, si es que no lo ha hecho ya, a otros ámbitos sociales distintos delsistema político. En una palabra: la religión está hoy muy presente en la vida pública,más presente que antes, y la teoría política algo tiene que decir sobre ello.
1
Rawls 2004, 24.
2
Sobre este tema en Estados Unidos, cf. E. Menéndez del Valle, “Casi todos hablan con Dios en EstadosUnidos”,
El País
, 26-06-2008.
1
 
Hay varias formas posibles de enfocar teóricamente este fenómeno. Una de ellasconsiste en valorar los méritos y deméritos del laicismo o el ateísmo en comparacióncon la religión. Quienes escogen esta vía de análisis se enzarzan en disputas, acaso untanto estériles, sobre si el fanatismo religioso ha tenido históricamente consecuenciasmás o menos criminales que el fanatismo ateo, o sobre si el ateísmo no será, en elfondo, una religión encubierta tan dogmática como las otras. En estas páginas no nosadentraremos en estos debates.
3
Me interesa examinar más bien las tesis querecientemente ha defendido Habermas en torno a la posición de la religión en la
sociedad 
y la
 política
contemporáneas. Y acotando más aún nuestro tema, la cuestiónque nos ocupará puede exponerse del siguiente modo: ¿es lícito que el lenguajereligioso, o los argumentos basados en creencias religiosas, intervengan en los debatesen torno a cuestiones de interés público en sociedades democráticas, pluralistas y enbuena medida secularizadas?La posición reciente de Habermas en torno a esta cuestión es, como veremos,extraordinariamente favorable hacia las religiones, a las que concede un derecho casiirrestricto de circulación en la esfera pública. Esta complacencia con la religión resultasorprendente para quienes conocen la obra anterior de Habermas, y además tieneconsecuencias muy problemáticas. En efecto, en sus últimos escritos Habermas haabandonado uno de los principios fundamentales con los que el pensamiento políticoliberal ha abordado usualmente el fenómeno de la religión en la sociedad democrática.Se trata del principio, fundamentado con toda claridad por John Rawls, que exige queen los debates de interés público los ciudadanos, con independencia de sus orientacioneséticas o religiosas particulares, sólo hagan uso de argumentos cuyas premisas puedancompartir también aquellos que no comparten sus propias convicciones éticas oreligiosas. En estas páginas presentaré, en primer lugar, la posición de Rawls en torno aeste problema, que puede considerarse paradigmática de la concepción liberal eilustrada que Habermas parece haber abandonado ahora (I). A continuación quisieraexaminar la reciente posición de Habermas, y señalar algunas dificultades importantes alas que, en mi opinión, conducen inevitablemente sus tesis (II). Por último, quisieraapuntar una hipótesis que permite explicar este reciente giro del pensamiento de
3
Para mencionar algún autor representativo de estos debates, citemos el libro de Richard Dawkin
TheGod Delusion
(Dawkin 2006), y la respuesta de John Gray en
The Guardian
, 15-03-2008. Cf. tambiénPeña-Ruiz 1999, parte I.
2
 
Habermas en el contexto, más general, de su teoría sociológica y su filosofía política delas últimas dos décadas (III).IEn un sentido muy general, podemos definir la
esfera pública
como el espaciosocial en el que tienen lugar los debates en torno a cuestiones de interés público. Ahorabien, es importante distinguir, con Nancy Fraser, entre una esfera pública “fuerte” y unaesfera pública “débil”. A la primera compete no sólo una función de deliberación, sinotambién la toma de decisiones colectivamente vinculantes. En cambio, lasdeliberaciones de la esfera pública “débil” sólo tienen como resultado la formación de laopinión pública, pero no implican ninguna toma de decisiones.
4
La esfera pública fuertese identifica, pues, con las
instituciones
de los sistemas políticos democráticos, dotadasde un poder de decisión, mientras que la esfera pública débil se compone de los foroscarentes de capacidad de decisión (medios de comunicación, asociaciones, partidos,etc.) en que se intercambian los innumerables argumentos que forman la opiniónpública. Pues bien, cuando se discute acerca de la presencia de la religión en lassociedades democráticas, es mayoritaria la posición de quienes prefieren excluir lareligión de la esfera pública
 fuerte
, esto es, de las instituciones. En las sociedadesliberales y democráticas, la esfera pública fuerte ha sido sometida a una presiónsecularizadora muy eficaz, y aunque en algunos casos existe una relativa toleranciahacia la presencia de
símbolos
religiosos en actos públicos (como sucedía hasta hacepoco en el juramento de cargos ministeriales en España), casi nadie defiende ya elrecurso a
argumentos
religiosos en los debates institucionales, por ejemplo en losdebates parlamentarios en torno a un proyecto de ley. Por otra parte, parece claro quenadie tiene derecho a impedir que, al menos en algunos sectores de la esfera públicadébil, circulen conceptos y argumentos religiosos, por ejemplo en las comunicacionesde las iglesias a sus feligreses. Cabría pensar, según esto, que las sociedadesdemocráticas pueden (y deben) aceptar una división territorial conforme a la cual lareligión queda rigurosamente excluida de las instituciones, pero tiene derecho a circularlibremente en los foros en que se forma la opinión pública.
4
Fraser 1992, 134. Habermas hace suya esta distinción de Fraser en Habermas 1993, 373.
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