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El principio de autonomía de la persona, Carlos S. NIno

El principio de autonomía de la persona, Carlos S. NIno

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Nino, Carlos Santiago, "El principio de autonomía de la persona" Cap. V de Ética y Derechos Humanos, 2ª edición, Astrea, 1989, págs. 199-236.
Nino, Carlos Santiago, "El principio de autonomía de la persona" Cap. V de Ética y Derechos Humanos, 2ª edición, Astrea, 1989, págs. 199-236.

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El principio de autonomía, Ética y Derechos Humanos, Cap. V, Carlos Nino 1
E
L PRINCIPIO DE AUTONOMÍA DE LA PERSONA
 
Cap. V de Ética y Derechos Humanos, 2ª edición, Astrea, 1989, págs. 199-236.Carlos Santiago Nino
1.
 
I
NTRODUCCIÓN
 
En éste y en los próximos dos capítulos discutiré tres principios ±que como veremos, pueden ser cuatro- que, según creo, constituyen la base de una concepción liberal de la sociedad yde cuya combinación se deriva un conjunto plausible de derechos individuales básicos. Cada uno deestos tres principios descalifica una cierta doctrina filosófica que constituye una de otras tantas piezas de una visión totalitaria de la sociedad:
el perfeccionismo
,
el holismo
y el
determinismonormativo
.Me propongo presentar cierta formulación de cada principio, discutir algunas de las muchas posibles objeciones y ofrecer indicios de cómo podría justificarlo a la luz de la concepciónmetaética que bosquejé en el capítulo precedente. Este programa es extremadamente tentativo yexploratorio: si bien ha habido en los últimos años un aluvión de trabajos sumamente iluminadoresacerca de la posibilidad de justificar racionalmente principios de moralidad social y se han dadosignificativos pasos adelante, todavía se está muy lejos de haber preparado un terreno que se pueda pisar firmemente
1
.Para el intento de justificación de los principios que expondré en estos tres capítulos me voya valer de la idea de equilibrio reflexivo amplio que defendí en el capítulo III, o sea de la idea deque es necesario armonizar conclusiones acerca de la estructura formal del discurso moral,convicciones valorativas particulares y principios normativos generales. La meta es hallar principiosgenerales plausibles que, por un lado, justifiquen nuestras convicciones sobre la solución justa decasos particulares y, por el otro lado satisfagan las exigencias formales del discurso moral.En el mismo capítulo III pretendí recorrer parte del camino hacia ese equilibro reflexivo,sugiriendo ciertas conclusiones sobre las exigencias estructurales de la justificación moral a partir de consideraciones sobre la naturaleza de la moralidad. En el capítulo precedente intenté superar algunas objeciones a tal enfoque de la moral. En cada uno de los tres capítulos que siguen propongocomenzar por el otro extremo de ese camino, tomando como puto de partida conviccionesrelativamente firmes, que creo que mis lectores y yo compartiremos, acerca de la necesidad dereconocer un conjunto mínimo de derechos individuales básicos, sin que por ahora tenga que tomar  partido sobre la extensión de ese reconocimiento a otros derechos más controvertibles (entre los primeros voy a asumir que se encuentran derechos como, p. ej., la libertad de conciencia, y entre lossegundos, derechos como el de disponer de una asistencia médica adecuada).
1
Esta inseguridad se percibe más claramente en el marco de la tradición cultural europea continental,donde todo intento de aprovechar y expandir el trabajo riguroso hecho últimamente en esta área, en elámbito de la filosofía analítica, debe enfrentar el obstáculo de que antes es necesario descalificar enfoquessociales (generalmente totalitarios) muy difundidos en ese marco y que, por estar basados en elaboracionesmetafísicas enigmáticas y difusas, no son tomadas seriamente en cuenta en los trabajos fundamentales delos filósofos analíticos ajenos a esa tradición.
 
El principio de autonomía, Ética y Derechos Humanos, Cap. V, Carlos Nino 2
Partiendo de esas convicciones particulares, comenzamos a avanzar hacia el centro del camino,tratando de encontrar los principios generales más plausibles que permitan derivar esos derechosrespaldados por convicciones firmes. Aquí es obvio que hay lugar para una considerableindeterminación, puesto que hay probablemente varios candidatos a satisfacer esa condición.Una guía para resolver la indeterminación señalada surge de tomar en cuenta que aquítendríamos que estar cerca de donde nos detuvimos cuando, luego de comenzar desde el primer extremo del camino, formulamos ciertas conclusiones metaéticas acerca de los requisitos formalesde justificación moral y las corroboramos frente a objeciones del comunitarismo. Tenemos que buscar formas de empalmar los dos recorridos, y, si los respectivos puntos de llegada pareciesen nocoincidir, deberíamos desandar uno y otro camino para ir corrigiendo el rumbo tanto de nuestrasespeculaciones sobre la naturaleza y requisitos de la justificación moral como del subequilibrioentre los principios sustantivos generales y las convicciones particulares.En el curso de la discusión sobre cada uno de los principios liberales propuestos se trataráde sugerir cierta conexión con la forma del discurso moral. Tales sugerencias pretenden ser apenasun acicate para ulteriores discusiones que vayan al fondo de esta compleja cuestión. Creo que esasdiscusiones deberían ir afinando el equilibrio entre precepciones más agudas de las condiciones deldiscurso moral y formulaciones más precisas de principios que den mejor cuenta de nuestrossentimientos morales.En lugar de perseguir aquí esa ímproba tarea ±que requeriría del estímulo de objeciones queno puedo por ahora articular-, me voy a conformar con hacer una exploración de los puntos desdelos cuales se podrían tender puentes entre los principios liberales básicos y las conclusiones delcapítulo anterior, para luego regresar hacia el extremo constituido por nuestras convicciones acercadel reconocimiento de derechos. Pretendo verificar, en el capítulo VIII, si los principios en cuestiónrespaldan o no el reconocimiento de otros derechos, además de los menos controvertibles quesirvieron de punto e partida. Más adelante avanzaré otro poco en la misma dirección, mostrandoalgunas aplicaciones del conjunto de derechos resultante.
2.
 
L
IBERALISMO Y RECONOCIMIENTO JURÍDICO DE LA MORAL POSITIVA
 
Si revisamos la lista de derechos básicos cuyo reconocimiento suponemos esencial alliberalismo, advertiremos que ella está, en parte, integrada por una variada gama de libertades para
hacer 
ciertas cosas: profesar o no un culto religioso, expresar ideas de diferente índole, ejercer actividades laborales, asociarse con otros, trasladarse de un lugar a otro, elegir prácticas sexuales ohábitos personales que no afecten a terceros, etcétera. Puede advertirse que estos derechos a realizar ciertas conductas son especialmente amplios y genéricos: obsérvese la inmensa variedad deacciones que se encubren bajo el rótulo de ³actividades laborales´ o ³hábitos personales´. Estosugiere que tal vez estos derechos derivan de un principio general que veda la interferencia en
cualquier 
actividad que no cause perjuicios a terceros. (Éste es el principio establecido en el art. 19de la Constitución argentina
2
, por lo que es plausible sostener que esta cláusula hace explícito el principio subyacente a, por lo menos, muchos de los derechos que la Constitución consagra).Pero es fácil ver que este principio que proscribe interferir acciones que son inofensivas para terceros, no es un principio básico en una concepción de filosofía política: tal como estáexpuesto, no se advierte su conexión con algún valor o bien fundamental cuya preservación
2
Ver el texto del. art. 19 de la Const. Nacional en el capítulo X sección 2, b.
 
El principio de autonomía, Ética y Derechos Humanos, Cap. V, Carlos Nino 3
 justifique tan extrema abstención por parte del poder púbico y de los particulares respecto de ciertosactos. ¿Cuál puede ser el valor de permitir realizar a un individuo alguna conducta anodina cuando puede haber razones muy fuertes de interés público ±razones no traducibles en la necesidad de prevenir daños a terceros- para impedir tal conducta?Para percibir qué es lo que está en juego detrás de este principio, conviene hacer una brevealusión a un tema al que me he referido en otra ocasión
3
: la controversia acerca de si la merainmoralidad de un acto constituye una rezón para que el derecho interfiera en él, controversia que,como es sabido, ha dado lugar a extensos debates, sobre todo en el mundo de habla inglesa (los másrelevantes fueron los protagonizados por j. s. Mill y J. F. Stephen en el siglo pasado, y por H. L. A.Hart y Lord Devlin a mediados del presente siglo
4
). Hay dos formas corrientes de presentar lacuestión que es objeto de debate de tal modo que éste queda prácticamente resuelto de antemano- enun caso a favor de la posición conservadora y en el otro de la liberal-, ya que esas presentacionesdejan muy poco espacio para una defensa sensata de la posición opuesta. La presentación favorablea la posición liberal consiste en sostener que lo que está en discusión es si el derecho debe prohibir todo acto considerado inmoral según las pautas de la moral
 positiva
o
vigente
. Esto hace que la posición conservadora aparezca como sumamente endeble, ya que, como dice Hart, las pautas de lamoral convencional pueden llegar a ser tan aberrantes que sería irrazonable negar que el derechodebería desconocer tales pautas. La presentación de la cuestión debatida que favorece a la posiciónconservadora afirma que ella versa sobre si el hecho de que una acto esté prohibido por una moracrítica o ideal que consideramos válida es una razón para justificar que el derecho interfiera en talacto. Esta presentación va en detrimento de la posición liberal, puesto que aún un utilitarista comoMill debe reconocer que el que un acto sea inmoral, según la concepción que se considera válida ±loque en su caso estaba determinado por la nocividad del acto respecto de terceros- es una razónrelevante para justificar moralmente una interferencia jurídica en ese acto.En realidad, la cuestión interesante y compleja que subyace a esta controversia, por más queno siempre ella haya sido identificada correctamente por los defensores de una y otra posición, es laque se refiere a qué dimensiones o aspectos de una concepción moral considerada válida puedenreflejarse en regulaciones jurídicas. Habiendo acuerdo en que el Estado puede hacer cumplir  principios de la moral ³intersubjetiva´ o pública, que prohíben afectar intereses de individuosdistintos del agente, la cuestión se centra en si el Estado puede también hacer valer, a través desanciones y otras técnicas de motivación, pautas de la moral personal o ³autorreferente´, quevaloran a las acciones por sus efectos en el carácter moral del propio individuo que las ejecuta.Mientras que la posición liberan en esta materia es que el derecho no puede estar dirigido a imponer modelos de virtud personal o planes de vida (que presuponen a su vez algún modelo de virtud personal), la posición opuesta es que es misión del Estado hacer que los hombres se orientencorrectamente hacia formas de vida virtuosa e ideales de excelencia humana.Ronald Dworkin sostiene que ambas posiciones asignan una interpretación diferente del principio de que todos los hombres deben ser tratados como iguales (lo que, según él, no siempresupone que todos deben ser tratados de igual modo). En palabras de Dworkin:
³La primera teoría de la igualdad supone que las decisiones políticas deben ser, en la medida de lo posible, independientes de cualquier concepción sobre la vida buena o sobre lo que da valor a la vida.Desde que los ciudadanos de una sociedad difieren en sus concepciones, e gobierno no los trata comoiguales si prefiere una concepción a otra, sea porque los funcionarios piensan que una de ellas esintrínsecamente superior o porque ella es sostenido por el grupo social más numeroso o más poderoso. La segunda teoría arguye, por el contrario, que el contenido del tratamiento igualitario no puede ser independiente de alguna concepción de lo bueno para el hombre o de lo que es bueno en la
3
Ver Nino,
Los límites de la responsabilidad penal 
, cap. IV.
4
Ver los argumentos vertidos en ese debate en Nino,
Los límites de la responsabilidad penal 
, cap. IV, e
Introducción al análisis del derecho,
p. 423 y ss. y en Hart, H. L. A. ,
Law, Liberty an Morality 
, Oxford, 1963.

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