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Alma del Mar leyó una postal camuflada entre el resto del correo recibido.Iba dirigida a su marido; lejos de esconderla, haciendo realidad lo tantas vecesimaginado, la dejó sobre la mesa de la cocina y calló, tragándose el dolorproducido por la impotencia y la humillación.Quizás podría haber perdonado que Ennis tuviera una aventura con otramujer, alguien más joven y sin complicaciones a cuestas, pero lo visto una tardecualquiera sin intención la hirió de muerte.Ese beso, señal de una pasión que el propio Ennis nunca había tenido conella, quedó clavado en su corazón.Decidió aguantar, conteniendo sus emociones cuan olla express, mientraspreparaba la caja que él siempre se llevaba cuando marchaba a los lagos unosdías con Jack Twist, su “compañero de pesca”.Le oyó llegar, acudiendo las niñas a recibirle. Las hijas adoraban a supadre, y el padre a ellas. Era el único amor que permanecía intacto en la casa.Se armó de valor, y poniendo los últimos resquicios de la inocencia que lehabía llevado a casarse con él, escribió sobre un pedazo de papel.
“Hola Ennis. Trae algo de pescado a casa. Te quiero. Alma”.
Colocó la nota en el recipiente de plástico repleto de anzuelos, cebos y demás utensilios que tras tanto tiempo ni siquiera habían sido estrenados. Eragrande, destacaba casi tanto como la etiqueta de los almacenes donde había sidoadquirida, en la que aún podía leerse el precio.Nunca veinte dólares le dolieron tanto como aquéllos.—¿Ya te vas, papá?—Sí, princesa. Las montañas están muy lejos, se hará de noche si meretraso. Alma se mostró impasible y serena ante la rudimentaria despedida,acudiendo a la ventana junto a sus dos pequeñas a verle desaparecer por lacarretera. Sabía lo que se encontraría cuando regresara. Aquella caja delimitaría sus límites, y si le confirmaba lo que por tantohabía sospechado, ya nada la echaría atrás en su determinación de pedir eldivorcio.