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Un párrafo fatídico

Un párrafo fatídico

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Categories:Types, Research
Published by: Eduardo B. M. Allegri on Mar 22, 2012
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Un párrafo fatídico
Por Miguel Domingo Aragón
(*)
¿Qué somos los americanos? Los del Norte no se hacen problema por esto. Piensan en loque quieren ser. Son lo que se propusieron; saben que no han de ser lo que ya han sido;aspiran a una forma nueva –ingenua, quizá, porque se atribuye a una perfección salvífica- pero estimulante, productora de energía.Los hijos de Hispania (España y Portugal), plantados frente al cielo y a la tierra en lamisma actitud posesiva, antes de decidir lo que queríamos ser nos preguntábamos por loque debíamos ser. Las naciones son entidades morales y gozan de libertad para cumplir sus deberes. Nos hemos atribuido una misión extraordinaria, buscando la salvación dondedebe estar: más allá de este mundo caduco… En el que, sin embargo, existen lasnaciones.Es que las formas ideales posiblemente no sean las más indicadas para ordenar las cosasreales y el espíritu de cruzada, aunque pueda actuar como levadura de la política, no es lomismo que ella, de modo que una nación lanzada tras un objetivo caballeresco corre elriesgo de las quijotadas: estrellarse contra límites terrenales que se reconocen como alvolver de un sueño. Nos hemos dejado llevar por quimeras: nos creímos los agentes deuna libertad ecuménica, los renovadores de un mundo cargado de ruinas ilustres y horrode esperanzas, la tierra de promisión, el crisol de las razas. Pusimos en los fines secularesla devoción que pertenece a los celestiales. Nos equivocamos de paraíso. Y sobrevino ladesilusión. Como Adán y Eva, supimos de golpe que estábamos desnudos.Había que hacer una nueva composición de lugar. Después de estar convencidos de quenuestros ejércitos habían superado las hazañas de Julio César, de Aníbal, de Napoleón;que nuestras instituciones corregían los errores cometidos a lo largo de la historia, quenuestras riquezas inagotables nos aseguraban el poder y el ocio, nos vimos enfeudados a poderes extranjeros, cargados de vicios, hundidos en la miseria, descreídos de lagrandilocuencia y de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos, como si nos hubiéramosencanallado. El viejo temor de que las razas degenerasen en América volvía al recuerdo a pesar de que el Padre Feijóo, ya en el siglo XVIII, nos había consolado señalando cómose distribuían las virtudes entre españoles y americanos.Y, viendo bien, el pasado hazañoso había existido. Poner el vasto continente bajo la luzdel Evangelio y la ley civil era una proeza a la altura de los mejores antecedentes,inclusive legendarios. La erección de nuestras naciones, aunque desgraciada al fin, sehabía realizado en circunstancias históricas particularmente adversas, a fuerza de coraje ytenacidad; nuestro pueblo, nuestro hombre anónimo, aun cuando analfabeto, eraintelectual y espiritualmente superior al proletariado de las naciones rectoras y hastaconservaba rasgos de señorío que allá perdían las clases gobernantes y ricas. No teníamosrazón de acomplejarnos con una inferioridad tan elocuentemente desmentida por loshechos.Sin embargo, también era un hecho nuestro abatimiento, nuestra postergación histórica.La coexistencia de ejecutorias ilustres con un pasado ominoso está patente ya en un1

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