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El Hombre Perfecto

El Hombre Perfecto

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una lista del hombre perfecto tiene sus consecuencias...
una lista del hombre perfecto tiene sus consecuencias...

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08/07/2014

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 Prólogo
 —¡Esto es ridículo! —Agarrando con fuerza el bolso hasta que los nudillos sele pusieron blancos, la mujer dirigió una mirada furiosa al director de la escuela, situadoal otro lado de la mesa—. Ha dicho que no toel hámster, y mi hijo no miente.¡Faltaría más!J. Clarence Cosgrove llevaba seis os de director de la Escuela MediaEllington, y antes de eso veinte años de profesor. Estaba acostumbrado a tratar con padres enfurecidos, pero aquella mujer alta y delgada que estaba sentada frente a él y elniño tan pacífico que ocupaba otro asiento junto a ella lo estaban poniendo nervioso.Odiaba emplear lenguaje vulgar, pero es que los dos eran raritos. Aunque sabía que era perder el tiempo, intentó razonar con ella. —Había un testigo... —La señora Whitcomb le obligó a decir eso. Corin nunca jamás habría hechodaño a ese hámster, ¿verdad que no, cariño? —No, madre. —El pequeño lo dijo con una voz casi sobrenatural, de tan dulceque era, pero sus ojos mostraban una expresión fría cuando se posaron sin parpadear enel señor Cosgrove, como si estuvieran sopesando el efecto que causaba en él aquellanegativa. —¿Lo ve? ¡Ya se lo había dicho! —exclamó la mujer en tono triunfante.El señor Cosgrove lo intentó de nuevo. —La señora Whitcomb... —... no le ha gustado Corin desde el primer día de colegio. Es ella a quiendebería usted interrogar, no a mi hijo. —La mujer tenía los labios apretados de rabia—.Hace dos semanas hablé con ella de la inmundicia que está metiendo en la cabeza a losniños, y le dije que mientras yo no pudiera controlar lo que decía a los demás niños, deningún modo pienso permitir que hable de —lanzó una mirada fugaz a Corin— sexo ami hijo. Ése es el motivo por el que ha hecho esto. —La señora Whitcomb cuenta con un excelente historial como profesora. Ella jamás haría... —¡Pues lo ha hecho! ¡No me diga lo que no haría esa mujer cuando es evidenteque lo ha hecho! Mire, ¡no me extrañaría lo más mínimo que ella misma hubiera matadoal hámster! —Ese hámster era su mascota personal, lo trajo a la escuela para enseñar a losniños lo de... —Aun así pudo matarlo. Dios santo, si no era más que una rata grande —dijo lamujer en tono despectivo—. Aun en el caso de que lo hubiera matado Corin, lo cual noes cierto, no entiendo que se haya armado tanta bulla. Mi hijo está siendo perseguido — recalcó la palabra— y yo no pienso consentirlo. O se encarga de esa mujer, o lo haré yo por usted.El señor Cosgrove se quitó las gafas y limpió las lentes despacio, sólo para tener algo que hacer mientras trataba de pensar en un modo de neutralizar el veneno deaquella mujer antes de que ella echase a perder la carrera de una buena profesora.Razonar con ella quedaba descartado; hasta aquel momento no le había permitidoterminar ni una sola frase. Miró a Corin; el niño continuaba observándolo fijamente, conuna expresión angelical que contradecía por completo aquella frialdad de sus ojos. —¿Puedo hablar con usted en privado? —preguntó a la mujer.
 
Ella pareció desconcertada. —¿Para qué? Si está pensando que va a convencerme de que mi querido Corin... —Selo un momento —la interrumpel director ocultando la levesensación de alivio que experimentó al ser él quien interrumpiera esa vez. A juzgar por la expresión de la mujer, a ésta no le gustó en absoluto—. Por favor. —Añadió eseruego, aunque casi le costaba ser educado. —Está bien —repuso ella de mala gana—. Corin, cariño, ve afuera y quédate allado de la puerta, donde pueda verte tu madre. —Sí, madre.El señor Cosgrove se levantó y cerró firmemente la puerta después de que elniño saliera. La mujer pareció alarmarse ante aquel giro de los acontecimientos, por no poder ver a su hijo, y se levantó a medias de la silla. —Por favor —repitió el director—. Siéntese. —Pero Corin... —No le pasará nada. —Otra interrupción que se marcaba por su parte, pensó.Volvió a su sillón, tomó un bolígrafo y dio con él unos golpecitos sobre el secante de suescritorio, mientras intentaba pensar en una forma diplomática de exponer el tema.Entonces comprendió que no existía ninguna forma que fuera lo bastante diplomática para aquella mujer, y decidió entrar a tumba abierta—. ¿Ha pensado alguna vez enllevar a Corin a que lo vea un profesional? Un buen psicólogo infantil... —¿Está loco? —dijo ella con el rostro convulso en un acceso instantáneo derabia, al tiempo que se ponía en pie—. ¡Corin no necesita ningún psicólogo! No le pasanada. El problema lo tiene esa zorra, no mi hijo. Debería haberme imaginado que estaentrevista iba a ser una pérdida de tiempo, que usted iba a ponerse de parte de ella. —Yo deseo lo mejor para Corin —dijo él, consiguiendo mantener un tono devoz calmado—. El hámster es sólo el último incidente que ha tenido lugar, no el primero. Se han venido dando una serie de conductas perturbadoras que constituyenalgo más que simple una travesura... —Los demás niños están celosos de él —acusó la mujer—. Sé que esos pequeños sinvergüenzas se meten con él y que esa zorra no hace nada para evitarlo o protegerlo. El niño me lo cuenta todo. Si cree usted que voy a permitir que se quede eneste colegio para que lo acosen... —Tiene usted ran —repliel director suavemente. En el tablero de puntuaciones las interrupciones de ella superaban en número a las suyas, pero ésta era lamás importante—. Probablemente lo mejor sea cambiar de colegio, llegados a este punto. Corin no encaja aquí. Puedo recomendarle algunos buenos colegios privados... —No se moleste —saltó ella al tiempo que se encaminaba rápidamente hacia la puerta—. No veo por qué piensa usted que yo voy a fiarme de una recomendación suya. —Y con aquella última andanada, abrió la puerta de un tirón y agarró a Corin por el brazo—. Vamos, cariño. Ya no vas a tener que regresar nunca más a este sitio. —Sí, madre.El señor Cosgrove se acercó a la ventana y observó cómo madre e hijo seintroducían en un viejo Pontiac de dos puertas, amarillo y con manchas marrones deóxido que picaban el lado izquierdo del parachoques delantero. Había resuelto su problema inmediato, el de proteger a la señora Whitcomb, pero era muy consciente deque el problema más importante acababa de salir andando de su despacho. Que Diosayudara a los profesores del próximo colegio al que fuera a parar Corin. Quizá más

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Denys Abril Escobedo added this note
Me enamore, lo he leído ya varias veces y no me canso....
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