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Un Liberal Consecuente

Un Liberal Consecuente

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Categories:Types, Research
Published by: Eduardo B. M. Allegri on Apr 03, 2012
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04/03/2012

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Un liberal consecuente
Por Miguel Domingo Aragón¿Por qué a Lisandro de la Torre se lo respeta y no se lo quiere? Porque no se puede negar lalimpieza de sus intenciones, aunque no se las comparta y no se puede dejar de sentirlo ajeno,aunque se lo aplauda. Tenía talento, sobre todo oratorio, pero carecía de la inteligencia propiadel político, que es entender la realidad circundante. Tenía una cultura libresca fuera de locomún -aunque no excepcional- pero le faltaba saber, sabiduría, el conocimiento de los finessuperiores; tenía suficiente fe como para creer en la Constitución Nacional, pero no lealcanzaba para creer en Dios. Fue chula del progresismo liberal y si se levantó contra él en1890, fue por razones morales. Era un moralista. Un moralista laico, dispuesto a combatir contra los liberales en honor del liberalismo, como los católicos distinguen la santidad de laIglesia de los pecados de sus hijos. Tenía una religión secular. La política, entonces, seconvertía para él en una mezcla de ascesis, apologética y pastoral. Veneraba al hombre, perolos hombres le desagradaban.En 1897 se separó de la Unión Cívica Radical considerando que había caído debajo la órbitadel personalismo, lo que se dice en el
“culto de la personalidad”
. Los liberales aspiran a quelas masas se aglutinen por las leyes, no por las personas. Quieren que las leyes de loshombres se sobrepongan a las de la naturaleza. Y esa fue la primera contradicción quedesgarró la vida de don Lisandro de la Torre: endiosar al pueblo como estaba contenido enlos textos de las leyes, de los discursos y de la historia y abominar al mismo tiempo de la presencia de la multitud.Si Hipólito Irigoyen no realizó la obra
“reparadora”
que unos esperaban y otros temían deél, fue -como él mismo lo advirtió desde el primer momento- porque había admitido lalegalidad del
“Régimen”
que se propuso abatir. Pero esa conformidad con el régimen fue, precisamente, la causa del ataque implacable que le dirigió de la Torre. Torvo, ácido, rígido,sostenía los principios y rechazaba inexorablemente las consecuencias. Por su honradez, llegóa ser el ejemplar más representativo de la contradicción íntima del democratismo liberal. Por una parte, el pueblo soberano, y soberano absoluto; por otra parte, las decisiones del pueblono son las que esperan los populistas.La revolución de 1930 marcó el ápice de esta incompatibilidad entre los principios y lasconsecuencias. Había un orden legal, el de la Constitución; las autoridades expresaban a unamayoría incuestionable; todos los partidos estaban representados en el Congreso, donde sehacía la voluntad del presidente porque el pueblo –la mayoría- así lo deseaba; los ciudadanosgozaban de libertad y los medios de difusión se expresaban sin traba alguna sobre el asuntoque quisieran. Pero la situación era calamitosa. No quedaban más recursos que apelar a laresponsabilidad de los hombres de armas. De la Torre apoyó el movimiento militar. Habíaculminado la experiencia de la legalidad.1

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