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Nietzsche,Friedrich-Homero y La Filologia Clasica -1869

Nietzsche,Friedrich-Homero y La Filologia Clasica -1869

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04/07/2012

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HOMERO Y LA FILOLOGÍA CLÁSICA
Basilea, mayo de 1869.
No existe en nuestro tiempo un estado de opinión concreto y unánimesobre la filología clásica. Tal es el sentir que predomina en los círculosde personas ilustradas, así como entre los jóvenes que se contraen alestudio de esta ciencia. Y la causa estriba en el carácter vario de ella, enla falta de unidad conceptual, en el carácter de agregado inorgánico delas diferentes disciplinas científicas que la componen y que sóloaparecen unidas por el nombre común de filología. Debemos confesarhonradamente que la filología vive del crédito de varias ciencias, y escomo un elixir extraído de raras semillas, metales y huesos, y queademás oculta en sí misma elementos artísticos, estéticos y éticos decarácter imperativo que se resisten obstinadamente a unasistematización científica. Tanto puede ser considerada como un trozode historia, como un departamento de la ciencia natural o como un trozode estética: historia, en cuanto quiere reunir en un cuadro general losdocumentos de determinadas individualidades nacionales y hallar unaley que sintetice el devenir constante de los fenómenos; ciencia naturalen cuanto trata de investigar el más profundo de los in tintos humanos:el instinto del lenguaje; estética, por último, porque de la antigüedadgeneral quiere estudiar aquella antigüedad especial llamada
Clásica 
,con el propósito de desenterrar un mundo ideal sepultado, presentandoa los contemporáneos el espejo de los clásicos como modelos de eternaactualidad. El hecho de que elementos tan heterogéneos, allegados dedistintas ciencias, y de un carácter tan ético como estético hayan sidoagrupados bajo un nombre común, constituyendo una especie demonarquía, puede explicarse por la circunstancia de que la filología ensus comienzos, ha sido siempre una disciplina pedagógica. Desde elpunto de vista pedagógico se le ofrecían al hombre de ciencia una seriede valores -docentes y de elementos formativos preciosos, y así, bajo lapresión de las necesidades prácticas, se ha ido formando esa ciencia, omejor dicho, esa tendencia científica que llamamos filología.Las diferentes tendencias fundamentales mencionadas han idoapareciendo en determinadas épocas, más acentuadas unas veces queotras, según el grado de cultura y el desarrollo del gusto de cadaperíodo; y también cada uno de los profesionales que con su aportaciónpersonal contribuía a la formación de esta ciencia la teñía del colorparticular de su visión especializada, hasta el extremo de que elconcepto de la filología en la opinión pública era en cada momentodependiente y tributarlo del que la cultivaba.
 
Ahora, es decir, en un tiempo en que cada una de las ramas de lafilología ha sido cultivada por una personalidad eminente, reina unageneral incertidumbre, y a la vez un cierto escepticismo, en losproblemas filológicos Esta indecisión de la opinión pública afecta a unaciencia tanto más cuanto que sus enemigos pueden trabajar con mayoréxito. Y los enemigos de la filología son numerosos. ¿Dónde no hallar alsempiterno burlón, apercibido siempre para dar algún alfilerazo al topofilológico, ese ser aficionado a tragarse el polvo de los archivos, adesmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado? Maspara esta clase de adversarios la filología es un pasatiempo inútil,inocente e inofensivo; un objeto de burla, no de odio. En cambio, anidaun odio invencible y enconado contra la filología allí dondequiera que elideal es tenido como tal ideal, allí donde el hombre moderno cae enbeata admiración de sí mismo, allí donde la cultura helénica esconsiderada como un punto de vista superado, y, por lo tanto,indiferente. Frente a estos enemigos, nosotros los filólogos debemoscontar con la ayuda de los artistas y de las naturalezas artísticas, únicasque pueden comprender que la espada del bárbaro se cierne siempresobre aquellas cabezas que tienen todavía ante sus ojos la inefablesencillez y la noble dignidad del helenismo, y que ningún progreso, porbrillante que sea, de la técnica y de la industria; ningún reglamento deescuela, por muy acompasado que esté a los tiempos; ningunaformación política de la masa, por extendida que esté, nos puedeproteger contra los ridículos y bárbaros extravíos del gusto ni de ladestrucción del clasicismo por la terrible cabeza de la Gorgona.Mientras que la filología, como ciencia una, es vista con malos ojos porlas dos clases citadas de enemigos, hay, en cambio, muchasanimosidades de carácter particular procedentes de la filología misma.Son estas luchas de filólogos contra filólogos rivalidades de índolepuramente doméstica, provocadas por una estúpida cuestión de rangopor celos recíprocos, pero, sobre todo, por la ya referida diferencia, yaun podremos decir que enemistad, de las distintas tendencias todavíano armonizadas que se agitan, mal disimuladas, bajo el nombre defilología.La ciencia tiene de común con las artes que una y otras ven los hechoscotidianos de una manera completamente nueva y atractiva, comotraídas a la existencia por arte de encantamiento, como vistas porprimera vez. La vida es digna de ser vivida, dice el arte; la vida es dignade ser estudiada, dice la ciencia. Esta contraposición nos revela la íntimay a menudo desgarradora contradicción contenida en el concepto denuestra ciencia y, por consiguiente, en la ciencia misma: en la filologíaclásica. Si nos colocamos frente a la antigüedad desde un punto de vista
 
científico, ya sea que contemplemos los hechos con los ojos delhistoriador tratando de reducirlos a concepto, ya sea que, como elnaturalista, comparemos las formas lingüísticas de las obras maestrasantiguas, tratando de someterlas a una ley morfológica, siempreperderemos aquel aroma maravilloso del ambiente clásico, siempreolvidaremos aquel anheloso afán que sólo nuestro instinto estéticopuede descubrir en las obras griegas. Y aquí debemos poner atención enuna de las animosidades más extrañas que la filología tiene quesoportar. Aludimos a aquellos con cuya ayuda más parecía quepodíamos contar: los amigos artísticos de la antigüedad, los ardientesadmiradores de la belleza helénica, que son los que elevan la vozprecisamente para acusar a los filólogos de ser los enemigos ydestructores de la antigüedad y del ideal antiguo. A los filólogosreprochaba Schiller el haber destrozado la corona de Homero. Goethe,que primeramente fue partidario de las teorías de Wolff, anuncié sudecadencia en estos versos,Vuestra perspicacia, digna de vos,nos ha eximido de toda veneración,y confesamos, generosamente,que la Ilíada es un zurcido.Que a nadie lastime nuestra defección.La juventud sabe de sobraque nosotros la sentimos y pensamos como un todo.Se supone que en favor de este iconoclasticismo militan profundasrazones, y muchos dudan si es que los filólogos en general carecen decapacidad y de sensibilidad artística, siendo incapaces de comprender
 
elideal, o
 
si en ellos el espíritu de negación les hace seguir una tendenciadestructiva. Pero cuando los mismos amigos de la antigüedad clásicaponen en duda el carácter general de la filología clásica contemporáneacon tales recelos y dudas, ¿qué
 
influjo no ejercerán los ex abruptos delos
realistas 
las
 
frases de los héroes del día? Contestar a los últimos,y en este lugar, en presencia de las personas aquí congregadas, seríainoportuno , como no se me permita dirigirles la pregunta hecha a aquelsofista que en Esparta trató de hacer en público la defensa de Hércules: “¿Quién le acusa?” En cambio, no puedo sustraerme
 
a
 
la idea de quetambién en este círculo de personas hallan eco algunas veces aquellasobjeciones que salen con frecuencia de boca de hombres distinguidos eilustres y que hasta han hecho mella en el ánimo de un honorablefilólogo, abatiendo y atormentando su espíritu, y no precisamente en losmomentos de depresión. Para los individuos no hay salvación ante eldivorcio descrito; pero lo que afirmarnos y sostenemos es el hecho deque la filología clásica, en su totalidad, en su conjunto, no tiene nada

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