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Clic 18
Un haz de luz atraviesa la finura de sus párpados. Con la boca entre-abierta Crista pasea la lengua por la cara interna de las mejillas des-pegando los dientes de la piel, humedeciendo la cavidad, advirtiendoun resabio salado en su saliva, las fosas nasales obstruidas por untapón húmedo, como si fuera lodo. Restregarse la nariz, eso quisie-ra. Imposible. Sus muñecas están sujetas a los descansabrazos, ama-rradas con cordones que restringen el movimiento. Prueba a abrirlos ojos, que caen en cuanto los encandila el resplandor. Le pesan.No consigue mantenerlos abiertos. Oye voces.—Pa…pá…—Ya despertó —dice Pablo.El médico se pone en pie y cruza de prisa su cubículo rumbo alsillón reclinable donde yace su paciente. Toma el oftalmoscopio,levanta un párpado y luego de inspeccionar el reflejo pupilar ali-via los ojos de Crista apagando la lámpara que, desde un brazo demetal, bañaba su rostro. Pablo no se ha movido, permanece senta-do del otro lado del escritorio, en la oficina del médico.—Todavía no, arquitecto, apenas empieza —le informa sentán-dose de nuevo frente a él—. No voy a soltarla hasta que recobretotalmente la conciencia, para que no se haga daño. ¿Me permitehacerle una pregunta?—Por supuesto.—¿Qué va a decirle?—Que fue por su bien, que quedará preciosa, me lo va a agrade-cer ya que baje la inflamación y desparezcan los derrames… Ustedno se apure.Crista vuelve a abrir los ojos. Alcanza a distinguir a su derecha,sobre una mesilla de acero, un par de frascos. Los efectos de la anes-
 
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tesia la confunden, cree que se encuentra en la cocina de su casa.
Son los pomos donde mi papá congela sus papelitos 
. Revive la escenacuando entró a la cocina y 
la Güera
—la cocinera que sirvió a suabuelo en la Casa de Gobierno, la mejor de Puebla y que ahora tra-baja para Pablo— sacaba de la nevera, a fin de poder limpiarla, unmontón de frascos que iba acomodando sobre la cubierta, tambiénde acero.«¿Ahí haces el hielo?»«Claro que no.»«Entonces ¿qué hay en esos botes?»«Los enemigos.»«¿De quién?»«Ni modo que míos… pues de tu papá.»«Y ¿quiénes son?»«¿Y yo cómo voy a saber, niña? Zapatero a tus zapatos, esta
Güe-ra
nomás cocina y limpia, pregúntale a él.»Que sí, era verdad que ahí metía a sus enemigos, le había res-pondido. Una práctica recomendada por Tránsito, dijo, no conafán de infligirle mal a nadie sino de impedir que aquéllos cuyosnombres congelaba —escritos con tinta roja en un trocito de papelde estraza— se lo hicieran a él. Una manera de protegerse, abun-dó, de frenar las intenciones adversas: el negocio de la construc-ción iba de mal en peor, ya había vendido la mitad de su flotilla decamiones porque sus deudas en dólares le llegaban al cuello. Y 
susacreedores, empezando por Ordóñez, su socio en la constructora,se agazapaban detrás suyo como aves de rapiña, ávidos de dejar-lo en cueros, arruinado. Cabe subrayar que la moneda perdía arazón de
trece centavos diarios frente al dólar, se cotizaba ya porarriba
de los ciento cincuenta pesos, y la inflación anual ascendíaa ciento diez por ciento.Crista despierta. Ahora sí. Su mirada explora las paredes tratan-do de reconocer dónde se encuentra. Al instante se da cuenta de quela inmovilizaron, y grita:—¡Estoy amarrada! ¿Qué me hicieron? ¡Papá! ¡Papá!—Nada, nada, cálmate nenorra —la tranquiliza allegándose auna distancia prudente del sillón—, te enderezaron el tabique, el
 
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doctor lo encontró desviado, por eso no podías respirar bien —leexplica—, y no hay nada más vulgar que una mujer roncando.—Yo no ronco.—Ibas, sin duda, si no te lo arreglaban…—Me dijiste que iban a dormirme un poquito para que no medoliera mientras me revisaban, no que—Pues ya te operaron. Punto y fin —contesta con brusquedad.—¿Cómo te sientes, linda? —tercia el médico que se afana endesatar los nudos—: Espero que me disculpes, es un procedimien-to necesario, de otro modo podrías haberte lastimado dormida.Tengo sed, papá, quiero verme en un espejo —dice ignorandoal cirujano, quien, comedido, pone en sus manos un vaso con ape-nas un dedo de agua, y le aconseja:—Sólo un trago, es preferible que te aguantes una hora más. Sitomas mucha podría provocarte náusea.—Quiero verme, papá —insiste, desairando al hombre que laobserva con gesto compungido. Pablo comienza a irritarse y, a ins-tancias del médico, le pasa el pequeño espejo blanco que él le seña-la con la mano. Crista se examina: le espantan sus ojos inyectados,llorosos, las curvas violáceas que empiezan a insinuarse del lagrimalhacia abajo. Inspecciona su perfil y de inmediato se tapa la boca conlos dedos en señal de incredulidad—: Me dijiste mentiras… así noera… —le reclama recorriendo con un dedo las vendas adheridas alo ancho y largo de una nariz con el puente totalmente recto, dife-rente a aquél con el que entró al consultorio—, me limaron el hue-so, papá.—Te mejoraron.—¿Mejorar? Te disgustaba porque mi nariz se parecía a la demi mamá —lo acusa con una mirada enardecida—. Por eso me lamaquillabas desde el primer recital…—Deberías dar las gracias en vez de quejarte.—¿Las gracias, después de que ni siquiera me preguntaste quéopinaba?—Al doctor, Crista —replica Pablo, incómodo.La joven enlaza las manos atrás de la nuca y mece levemente sucabeza hacia atrás y adelante apretando los brazos contra sus ore-
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