tesia la confunden, cree que se encuentra en la cocina de su casa.
Son los pomos donde mi papá congela sus papelitos
. Revive la escenacuando entró a la cocina y
la Güera
—la cocinera que sirvió a suabuelo en la Casa de Gobierno, la mejor de Puebla y que ahora tra-baja para Pablo— sacaba de la nevera, a fin de poder limpiarla, unmontón de frascos que iba acomodando sobre la cubierta, tambiénde acero.«¿Ahí haces el hielo?»«Claro que no.»«Entonces ¿qué hay en esos botes?»«Los enemigos.»«¿De quién?»«Ni modo que míos… pues de tu papá.»«Y ¿quiénes son?»«¿Y yo cómo voy a saber, niña? Zapatero a tus zapatos, esta
Güe-ra
nomás cocina y limpia, pregúntale a él.»Que sí, era verdad que ahí metía a sus enemigos, le había res-pondido. Una práctica recomendada por Tránsito, dijo, no conafán de infligirle mal a nadie sino de impedir que aquéllos cuyosnombres congelaba —escritos con tinta roja en un trocito de papelde estraza— se lo hicieran a él. Una manera de protegerse, abun-dó, de frenar las intenciones adversas: el negocio de la construc-ción iba de mal en peor, ya había vendido la mitad de su flotilla decamiones porque sus deudas en dólares le llegaban al cuello. Y
susacreedores, empezando por Ordóñez, su socio en la constructora,se agazapaban detrás suyo como aves de rapiña, ávidos de dejar-lo en cueros, arruinado. Cabe subrayar que la moneda perdía arazón de
trece centavos diarios frente al dólar, se cotizaba ya porarriba
de los ciento cincuenta pesos, y la inflación anual ascendíaa ciento diez por ciento.Crista despierta. Ahora sí. Su mirada explora las paredes tratan-do de reconocer dónde se encuentra. Al instante se da cuenta de quela inmovilizaron, y grita:—¡Estoy amarrada! ¿Qué me hicieron? ¡Papá! ¡Papá!—Nada, nada, cálmate nenorra —la tranquiliza allegándose auna distancia prudente del sillón—, te enderezaron el tabique, el