Curioso día de mi Cumpleaños
La vida de Pablo, como la tuya y la mía, se compone de etapas de proyectivas como si estuviésemos emplazados a emprender algo. Todos proyectamos para mañana, para un mes, para un par de años,.... Estos emplazamientos nos pueden hacer felices o infelices.
Cuando empezó la crisis en 2008 yo emplacé a Pablo a jubilarse, como empresario, o a reducir la plantilla de la empresa al tamaño mínimo necesario. No pudo hacer esto último y continuó sin jubilarse con una plantilla de seis trabajadores. No disponía de tesorería para despedir ni siquiera a un camarero. Cada despido debería ser indemnizado con una cantidad de 33.600 € por los años en la empresa llevara el trabajador empleado. Decidió mantener la plantilla en espera de los “brotes verdes” anunciados, que amainarían el consumo.
Las ventas a la fecha de hoy, 31/03/2012, han caído un 70% desde 2008, pero durante este cuatrienio no perdió la esperanza en el relanzamiento del consumo. Ahora, a los 68 años, se jubila, cierra el negocio, pero sigue asumiendo como persona física deudas con la Agencia Tributaria, Seguridad Social y proveedores. Su baja cotización como Autónomo le deja una pensión de 668€/mes y una carga hipotecaria sobre su restaurante de 180.000€.
Fue feliz desde que asumió el negocio de restauración mediante el pago de un traspaso y subrogándose del arrendamiento del local; luego adquirió el local asumiendo una carga hipotecaria; más tarde, como el negocio marchó bien, adquirió otra instalación fuera de la ciudad que mejoró y adecuó a la organización de convenciones, bautizos, bodas y primeras comuniones. Articuló su vida felizmente con su mujer y luego su hija y estaba en 2008 orgulloso de su progreso. Si había superado dos crisis en 1980-85 y en 1993-1996, ¿por qué no iba a superar esta de 2008?
Era feliz porque su proyecto vital era una espera: esperaba mejorar y mejoró. Pero ahora no es feliz, porque a sus 68 años no tiene espera, porque desespera. Triunfó y fue feliz porque supo hacer; ahora llora y se angustia porque no supo o no pudo hacer lo necesario. Fue feliz porque esperaba su cosecha cada año; ahora es infeliz porque puso la moneda en la rueda traidora de su negocio de restauración.
Se jubila, cierra el negocio el día 31; recibirá una pensión cercana a 700 euros al mes pero debe a proveedores con los que tendrá que negociar. Cuando en 1981 empezó su trabajo tenía sentido y conclusión. En 2008, tenía 65 años y se pudo jubilar con un pequeño patrimonio; su trabajo ahora no tiene sentido y él se culpa de esta fatídica conclusión.
La culpa de su ruina es una ley laboral tan proteccionista para con el trabajador que acaba arruinando al emprendedor.
Fue feliz en tanto su vida tenía espera; pero su espera ahora es desesperación. Pablo en 2008 no pensó en este dramático desenlace. Su forma profunda de vida como la de ser un emprendedor se ha evaporado. Pablo se instaló en una calle céntrica de Córdoba y su proyecto voló como una flecha. El fue un arco tensado que disparó con un buen viento su negocio. Dio casi siempre en al diana hasta la profunda crisis de 2008. Desde entonces su vida no fue un nuevo acontecer sino un seguir disparando sin tino hasta que agotó las flechas de su aljaba, por culpa de la profunda recesión y por la imposibilidad de ajustar su plantilla a la caída de las ventas.
La vida no es una serie de compartimentos estancos. Debe pensar en el mejor modo de liquidar su negocio, en salvar la vivienda donde vive, porque la felicidad la vivimos a plazos y sin seguridad. Pablo está ante una certidumbre radical; no sabe a qué atenerse respecto al sentido de su vida como empresariococinero-jefe de sala. Lo decisivo en la vida es la motivación y a sus 68 años, casi arruinado, no tiene motivación alguna.
Todo balance vital es complicado porque “vivir” es entender y entenderse; pero ese proceso exige grandes dosis de perspicacia. Con tanto sufrimiento no le va a ser fácil educar sus sentimientos.
Para ser feliz este empresario tiene que planearse el argumento de su vida, de ahora en adelante. Arruinado le va a ser muy difícil hacer frente a nuevas contingencias y al azar, si no recibe ayuda, porque no tiene capacidad para imaginar su futuro al estar ciego y bloqueado. No está en condiciones de fabricarse un argumento para proyectar una vida de jubilado y sin dinero. Su infelicidad no es sólo argumental sino dramática por afectar a su vida personal. Lo veo como palomo enjaulado, desarraigado y sufriendo su empobrecimiento por culpa de esa legislación laboral.
El exceso de seguridad que la legislación laboral ha dado a sus empleados le ha conducido a su ruina, al cierre de la actividad y a que los trabajadores vayan al desempleo sin indemnización alguna. De haber ajustado su plantilla al mercado y sin tan elevado y prohibitivo coste, hoy, la actividad tendría 3 trabajadores de lo seis que formaban su plantilla. Han ido al desempleo, Felix, Antonio, Alfredo, el cocinero y otro camarero.
Todos debemos saber que la felicidad es un riesgo. El que se expone a ser feliz también se expone a ser infeliz. Pero la infelicidad deviene en drama, porque la vida es dramática y así de dramática es la felicidad.
El proteccionismo e igualitarismo que nos anega ha hecho que el empresario y los trabajadores sean iguales de infelices. Esto sucede porque la sociedad española y los legisladores anteriores, tan proteccionistas, viven en el limbo.
Es la primera vez que he visto llorar de angustia a un empresario; lágrimas de horror, no mitigadas por nada; lágrimas en toda su absurda contingencia. Lágrimas que expresan su rechazo a esta ley laboral, contraria a la moral distributiva. Son lágrimas de muerte; pero esa muerte de un empresario, arruinado por una ley laboral, debe perder su prestigio, porque es una muere falsa. La ley laboral derogada no hacía más que pregonar esta clase de muerte y cada vez que los sindicatos defienden aquella ley fortalecen estas muertes.
Pablo encontrará de nuevo la felicidad en la resignación. No debe contar su historia final porque se volverá perversa y negra. Debe ilusionarse con el nieto que le va a nacer y no iniciar diálogos de estrechez. En su nieto habrá luz y amplitud.
Contado el día de mi 74 cumpleaños y cierre del negocio de Pablo.
José Javier Rodríguez Alcaide
Catedrático Emérito de la Universidad de Córdoba