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Carl Schmitt - Historiographia in Nuce (Alexis de Tocqueville)

Carl Schmitt - Historiographia in Nuce (Alexis de Tocqueville)

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05/09/2012

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HISTORIOGRAPHIA IN NUCE. ALEXISDE TOCQUEVILLE
suena en mis oídos un proverbio que oí a menudo enmi juventud: «La historia la escribe el vencedor». Suena conla claridad de una orden, y procede seguramente de un sol'dado.El primer libro de histoiia que leí siendo mozo fue la
Historia Universal,
de Annegarn, excelente libro casero, queexpone la historia alemana desde el punto de vista católico.Los católicos de entonces, hacia i9oo, no eran, desde luego,vencedores, en una Alemania regida por Prusia, y sus histo-riadores se hallaban, difícilmente, a la defensiva. Mientras fu;joven, no reparé en ello. Un mozo que lee con entusiasmo li-bros de historia no se preocupa de quién escribiera tan bellasnarraciones. Me sentí arrebatado por el buen Annegarn, y nose me ocurría pensar en problemas de historiografía.Paulatinamene fui conociendo a los vencedores de mi tiem-po y a sus historiadores. Entonces se esclareció en mí el senti-miento sociológico del proverbio sobre los historiadores ven-cedores. Significaba que ios historiadores liberales nacionalesdel Imperio bismarckiano, Sybel, Treitschke y sus sucesores,son los grandes historiadores. Para nada cuentan los vencidosaustríacos o franceses, por no hablar dé los daneses, polacos yultramontanos. Sin embargo, a medida que la primera guerramundial se acercaba, se oía, de vez en cuando, la advertenciade que debíamos apretarnos unos con otros, si no queríamoscaer en el papel de vencidos. De otro modo, a las desgracias
IOC)
 
NOTAS
que supone una guerra perdida habría que sumar que los his-toriadores del vencedor triunfarían también sobre los nuestros.En todos estos proverbios sobre la guerra se pensaba en-tonces en la guerra terrestre europea del siglo XIX, guerramilitar estatalmente organizada. No se pensaba en una guerracivil. Hay muchos proverbios importantes sobre la guerra engeneral. Poetas y filósofos, historiadores
y
soldados, han ha-blado de la guerra. Desgraciadamente, lo que se dice de laguerra sólo adquiere su último y más amargo sentido en !aguerra civil. Muchos citan el principio de Heráclito: «la gue-rra es padre de todas las cosas». Pocos, sin embargo, cuandohablan así, se atreven a pensar en la guerra civil.
II
Hace mucho tiempo que Alexis de Tocqueville es para míel máximo historiador del siglo XIX. Resulta de una distinciónun poco fuera de moda, pero, en cambio, es uno de los raroshistoriadores que no han incurrido en el historicismo de su si-
glo.
Es sorprendente cómo su mirada penetra a través de lasuperficie de las revoluciones y de las restauraciones para al-canzar la medula decisiva de la evolución que está en marchatras los frentes y las consignas contradictorias, evolución queutiliza a todos los partidos de derecha e izquierda para em-pujar las cosas hacia una centralización y democratización cre-cientes.Si afirmo que la mirada de este historiador es penetrante, noquiero decir que la tenga tensa y forzada. No tiene el celo delbuscador sociólogo o psicólogo, ni la vanidad del escéptico,tampoco abriga ambiciones metafísicas. No se propone dar conlas leyes eternas del proceso histórico universal, leyes de lostres estadios o ciclos culturales. No habla de cosas en las queno participa existencialmente, de indios o egipcios, etrusco;e hititas. Tampoco, a la manera del gran Hegel o del sabioRanke, se aloja como un dios en el palco real del teatro uni-versal ; es un moralista en el sentido de la tradición francesa.
IIO
 
NOTAS
como Montesquieu, y, al par, pintor, en el sentido de la con'cepción francesa de la pintura. Su mirada es dulce y clara, ysiempre un poco triste. Tiene coraje intelectual; pero su cor-tesía y lealtad le mueven a dar a todo el mundo una oportuni-dad, y no muestra desesperación altisonante. Así, en 1849, fuepor algunos meses Ministro de Asuntos Exteriores del Presi-dente Luis Napoleón, al que había calado perfectamente comohistrión. El capítulo que dedica en sus
Memorias
a esta expe-riencia tiene plena actualidad. Donde mejor se le reconoce esen estas
Memorias.
Ningún otro historiador puede hacer galade algo semejante a Tocqueville en este admirable libro; perolo que le levanta sobre todos los historiadores del siglo XIX esel magno pronóstico que figura al final del primer tomo de su
Democracia en América.
El pronóstico de Tocqueville augura que la Humanidadseguirá, en forma innegable e irresistible, el camino hacia lacentralización y democratización que emprendió largo tiem-po ha. Pero el previdente historiador no se contenta con con-signar esta tendencia general de la evolución. Nombra claray netamente las fuerzas históricas concretas que soportan vrealizan esta evolución: América y Rusia. Tan distintas y opues-tas como una y otra son, por caminos diferentes: una, conformas liberales de organización; otra, con formas dictatoria-
les,
conducen al mismo resultado de una humanidad centrali-zada y democratizada.IIIEs realmente extraordinario que un joven jurista europeode hace más de cien años, hacia 1835, fuese capaz de concebirsemejante pronóstico, cuando la imagen del mundo dominan-te en su época era aún totalmente europeocéntrica. Hegel ha-bía muerto pocos años antes, en 1831, sin advertir en esas dosnuevas potencias mundiales los titulares de una nueva evo-lución. Lo más asombroso es que el historiador francés mentaseen forma tan concreta a las dos potencias, América y Rusia,
que,
a la sazón, aún no estaban industrializadas. Dos gigantes
III.

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