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Homero-Himnos

Homero-Himnos

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HOMERO
HIMNOS
J. BanquéHimnos homéricos vertidos directa y literalmente del griego
 
INTRODUCCIÓN
Si entre los filólogos contemporáneos el nombre de Homero cobija, a veces usadocomo un paraguas y otras por convicción de que se trata de una casa la másadecuada para ello, la
Ilíada 
y la
Odisea,
unánime es la opinión de aquellosrespecto a la heterogeneidad y diversidad de una serie de himnos que la tradiciónmanuscrita nos ha legado como «de Homero» y que hoy, en efecto, nadie consideraposible que sean todos debidos a un mismo poeta ni fruto de una misma época.Los manuscritos en que se nos han conservado son compilación de himnos: deOrfeo, de Homero, de Calímaco y de Proclo, según los títulos. La tradición clásicatiene a Orfeo por un poeta mítico; los estudiosos depositarios de esta tradicióndecidieron obviar el problema hablando de himnos órficos, pues es sabido que deeste poeta, mítico si se quiere (pero ¿no es mítico cuanto sabemos sobre los másantiguos poetas griegos?), se reclamaba una tradición religiosa llamada orfismo desu mismo nombre. Al llamar órficos a los himnos que los manuscritos decían ser deOrfeo querían significar que pertenecían a esta tradición del orfismo y que podíanhaber sido compuestos, dentro de ella, en época reciente. Al imponerse lacostumbre de llamar homéricos a los himnos que los manuscritos decían ser deHomero, por otro lado, como para la tradición clásica Homero no era un poetamítico sino histórico, debemos entender que se quiso relativizar la atribución aaquel poeta histórico de tales himnos, dudándose, pues, de ella; pero, dado que sesiguió llamándolos homéricos (y no, por ejemplo, pseudohoméricos, como se suelenllamar pseudohesiódicos los poemas transmitidos como de Hesíodo y que se está deacuerdo en que no lo son), debemos considerar que se quiso poner de manifiestosu homerismo, su lugar dentro de la tradición épica griega.Si cumple aceptar, como me parece del caso, que Homero es el nombre que dierona su epónimo los Homéridas, pero que la
Ilíada 
y la
Odisea 
son amplios poemasproducidos en una tradición poética que llamamos homérica, con materiales dediversa época e índole, y fijados oralmente, más o menos en la forma en que luegoserían fijados por escrito, a caballo entre los siglos VIII y VII; si esto es, pues, así,de los himnos llamados homéricos entiendo que procede decir que en su inmensamayoría se inscriben dentro de esta misma tradición, aunque, piezas más o menosextensas pero sueltas (es decir, no formando parte, como los episodios homéricosde dimensiones comparables, de un conjunto unitario superior, el poema épico, laepopeya homérica), no debieron de sufrir una fijación oral de la misma naturaleza,de tan vasto rigor compositivo, sino que habrían mantenido hasta másrecientemente una situación más fluida, menos codificada. La mayor parte de estospoemas son sin duda arcaicos, pero, dentro de la tradición homérica, representanun estadio no necesariamente posterior a todos y cada uno de los episodios ymateriales que hallamos en la
Ilíada 
y la
Odisea 
pero sí oralmente diferenciable.Antes de la fijación de la
Ilíada 
un poeta pudo haber recitado materia iliádica, unepisodio o varios de los que luego formarían parte de la epopeya homérica,improvisando, usando de modo fluido los medios a su alcance de la dicción épicatradicional. Después de la fijación, primero oral, de la
Ilíada 
en el poema que es, enla epopeya homérica que nos ha pervenido, los poetas que buscaron abrigo en lamisma tradición épica (los Homéridas, entre otros) guardaron como su privilegio noya la vieja técnica de los aedos épicos sino el recuerdo exacto de cada verso dentrode un conjunto acabado, consolidado ya como la unidad poética que hoy llamamosepopeya. Estos otros poetas, fijada ya la
Ilíada 
(o la
Odisea,
que para lo que voyrazonando tanto da uno de estos poemas como el otro), podían, como aquel otropoeta anterior, recitar también sólo un episodio o varios de la epopeya, sueltos. Lafijación del poema épico en su totalidad no implica que tuviera que recitarse desdeentonces siempre entero. Pero sí que esta totalidad, básica para los rapsodos
 
homéricos como distintiva de su trabajo, era para ellos un freno constante a laimprovisación; convertía a cada verso en parte de algo sólido, y no ya en agua deun río, como en una época anterior de la cultura oral.Dentro de la misma tradición homérica, el mismo poeta, cuando cantaba un himno,no lo hacía en las mismas condiciones sino con una libertad mayor, semejante a laque habrían tenido los aedos de la fase de composición de los poemas épicos. Tantoen la etapa anterior como en la posterior a la fijación de éstos, el poeta queentonaba un himno épico actuaba lo mismo, igual de libremente (más cerca delagua que del sólido); en efecto, las razones que se ha visto que le movían amantener fijo el canto iliádico, ya parte de un todo que era su patrimonio comoHomérida, no operaban sobre él cuando, él mismo, ejecutaba un himno. A todo locual se debe, entiendo, que los himnos homéricos, perteneciendo a la mismatradición homérica, sean técnicamente diferenciables, desde el punto de vista de laoralidad, de la epopeya.En algún lugar de los que luego se dirían cuna de Homero, la tradición homéricacuajó en los poemas épicos atribuidos a este poeta, la
Ilíada 
y la
Odisea.
Supongamos —es por lo menos posible— que ello fuera en Quíos; los Homéridas,quienes detentaban en exclusiva esta tradición, pronto los difundieron por todo elámbito de la lengua griega. Según un escoliasta al verso primero de la
nemea 
II delas pindáricas, Cineto llevó los poemas a Siracusa
1
. La difusión de éstos debió deextenderse por todo el mundo griego, pues, durante toda la época arcaica. Perodentro de las técnicas de composición y ejecución oral, la recitación de episodios deunos poemas ya fijados debió de constituir una novedad, en su momento, porqueofrecían un mejor control del resultado poético. Decía Telémaco a su madre (
Od.
I351-2) que «los hombres alaban con preferencia el canto más nuevo que llega asus oídos», y no es forzoso que la novedad haya de referirse sólo a los temas. Encualquier caso, que al cundir la fama de las epopeyas de que eran depositarios losHoméridas, otros grupos de poetas aprendieron su técnica de memorización, o sesirvieron quizá de la escritura para memorizarlas y hasta para pulirlas, a partir decierto momento. Quizá fuera entonces cuando varias ciudades de Grecia empezarona disputarse la patria de Homero. Porque los rapsodas de donde hubiera nacidoHomero serían más creídos al proclamarse depositarios de la versiónverdaderamente homérica. Cada poeta, para legitimar la versión que él habíaaprendido y difundía, no podía hacer nada mejor que declararse coterráneo deHomero para así hacerla derivar del poeta mismo. Y para ello debía difundirse elrelato de una vida de Homero que permitiera abonar el privilegio de ser sucoterráneo alegado por quien cantaba sus poemas.Consolidado el prestigio de Homero en el texto oral constituido y fijo, en diversasescuelas rapsódicas que competían entre ellas, debió de llegarle el turno a la otrapoesía que podía ser considerada, en general o por algunos rapsodas,legítimamente o menos, dentro de la misma tradición homérica. Verdad es que noconviene concretar en el tiempo este momento sino tenerlo por variable según loslugares y otras circunstancias, aunque siempre, esto sí, dentro del arcaísmo(tardoarcaísmo incluido). Pero a este momento, que sí se puede definir en términosde técnica oral, corresponde la fijación de algunos, por lo menos, de los himnoshoméricos; al momento de consolidación, gracias a los rapsodas, del prestigio deHomero, cuando uno de ellos, por ejemplo, podía hallar motivos para «firmar» elhimno a Apolo delio con aspectos de la imagen difundida de Homero que ya eranconocidos por su público: «un varón ciego que habita en la escabrosa Quíos» (v.173). Tuvo que ser un Homérida de Quíos quien así fijó el himno y lo selló para elfuturo.
1
 
Véase la introducción a la
Ilíada 
de esta colección, p. 21. A él se ha atribuido el himno homérico aApolo, en alguna ocasión: véase W. Burkert, «Kynaithos, Polycrates and the homeric hymn to Apollo»,
Arkturos. Hellenic Studies presented to B. W. Knox,
Berlín 1979, pp. 53-62.
 

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