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El deseo según Deleuze

El deseo según Deleuze

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Maite Larrauri
Maite Larrauri

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El deseo según Deleuze (Maite Larrauri)
(de Maite Larrauri, Editorial Tándem.Un comentario: estos textos de “introducción a la filosofía” de esta editorial son muy fáciles y “divertidos” de leer en la edición original, con sus dibujos y demás, están algo así como orientados para “todos todos los públicos”.)
1. - Un huracán avanza alegremente.
Gilles Deleuze era un magnífico profesor. Daba clases en París, en la Universidad de Vincennes,famosa por su protagonismo en la revuelta estudiantil de mayo de 1968. Algunos años más tarde, esamisma Universidad se trasladó a un barrio obrero de la periferia de París. Allí, en un barracónprefabricado, con suelo de tierra pisada y sin calefacción, se hacinaban cientos de estudiantesvenidos de todos los rincones del mundo para escucharle. Estudiantes matriculados había bienpocos, algunos eran discípulos que acudían, año tras año, a seguir sus lecciones, otros llegaban por primera vez atraídos por la fama internacional de sus escritos, algunos jovencísimos alumnos deinstituto se pelaban las clases para escucharlo, los japoneses colocaban complicados dispositivospara sostener los micrófonos de sus grabadoras, a las personas de edad avanzada se les cedían laspocas sillas que cabían en el aula(las mesas ya habían sido retiradas para aumentar el espaciodisponible); había igualmente profesionales de diversos campos, artistas, trabajadores.En medio de aquel público variopinto, que en su inmensa mayoría no estaba formado por filósofos, nisiquiera por estudiantes de filosofía, y que se deleitaba escuchándole pero sin tomar notas, GillesDeleuze era lo más parecido a Sócrates que se pueda imaginar. Como Sócrates, se dirigía a todoaquel que quisiera escucharlo e interpelaba a los asistentes con sus preguntas asombrosas. Y, comoSócrates, sabía que cada cual tiene que aprender a pensar por sí mismo y que, por lo tanto, enseñar no es comunicar, ni informar, sino discurrir, dejar que el discurso discurra ante los oyentes para quesea el propio oyente el que decida en qué momento entra en la corriente del pensamiento: algunos jóvenes estudiantes de bachillerato se sentaban al fondo de la sala, encendían un porro y cerrabanlos ojos, quizá dormían; a Deleuze no parecía importarle, pensaba que siempre se despertarían atiempo, en el momento preciso en el que se dijera algo que les conviniera.Sus clases estaban muy preparadas. Concebía su preparación como un ensayo continuo, como haceun actor para meterse en la cabeza lo que tiene que decir, de manera que cuando lo despliega ante elpúblico se apasiona con lo que dice. Sólo así es posible la inspiración, esos máximos diez minutos deinspiración que justifican todo el trabajo previo de ensayo. Y los que tuvieron la suerte de escuchar alguna de las clases de Deleuze saben que aquellos diez minutos de inspiración estaban asegurados.Deleuze creó una filosofía contemporánea y a través de ella volvió sobre los textos de la filosofíaclásica. Tenía la capacidad de ofrecer una puerta de entrada a textos intrincados y que quizá hubieranpermanecido opacos sin su mirada(como es el caso de la Etica de Spinoza, por poner un ejemplo).No pensaba que la filosofía hubiera sido escrita para filósofos.La idea de que la filosofía es para los entendidos en filosofía es semejante a la de creer que lospintores sólo pintan para ser admirados por otros pintores o los músicos sólo componen para ser celebrados por otros músicos. Sin ser conocedores, expertos, se puede acceder a la emoción de uncuadro, de una melodía. Y lo mismo puede decirse de los textos filosóficos, a condición, claro está, deconsiderar que la filosofía tiene mucho en común con el arte.La filosofía no es contemplación, tampoco es comunicación, es una creación, de la misma maneraque el arte lo es. Lo que el arte crea son nuevas relaciones con el mundo. Los grandes creadores soncomo buceadores: se meten en la vida, bucean hasta lo más profundo y salen a la superficie con losojos rojos y casi sin aire en los pulmones. Arriesgan su propia salud en aras de establecer otrosnculos con la realidad. La pintura, por ejemplo, nos ofrece nuevas percepciones, nuevasperspectivas, colores, formas, composiciones hasta ese momento desconocidas. La música, por ejemplo, inventa nuevas formas de ser afectados por movimientos y ritmos. Pues bien, también lafilosofía - nos dice Deleuze- crea relaciones nuevas con el mundo y trata de expresarlas. Y así comola pintura crea “perceptos” y la música “afectos”, la filosofía inventa “conceptos”.Los conceptos de la filosofía pueden parecer extraños y, en muchas ocasiones, disuaden a quien se
 
le acerca con curiosidad. La propia filosofía de Deleuze es un buen ejemplo de esas expresiones quedejan perplejo al recién llegado. A veces puede parecer que la filosofía está escrita en una lenguaextranjera, en una extraña lengua extranjera de la que conocemos las palabras pero de la que, sinembargo, se nos escapa el sentido.No debemos desanimarnos. Nos encontramos ante un filósofo que nos explica cómo proceder: hayque acercarse a la filosofía como nos acercamos al arte. ¿Qué buscamos cuando vamos a unaexposición o a un concierto? Esperamos que suceda un encuentro, que lo que vemos u oímos nospresente un mundo que deseamos capturar y hacerlo nuestro. Anhelamos poder decir ante un cuadroo un ritmo hasta entonces desconocidos: “¡esto es para mí, es mío!”. Y la vida se amplía y se hacemás hermosa, porque gracias al arte resistimos frente a las opiniones corrientes, escapamos a lavulgaridad y al aburrimiento.Así hay que hacer cuando abrimos un libro de filosofía. No hay nada que entender, sólo hay queobservar si se produce el encuentro, si nos contagiamos con sus conceptos, si gracias a esosconceptos nuestro pensamiento se mueve y nos permite acceder a una vida más intensa, máselevada. Y del mismo modo que no todos nos sentimos emocionados por los mismos perceptos,tampoco nos dejaremos atraer por los mismos conceptos. Buscaremos aquellos que se combinen connosotros, que establezcan un encuentro positivo con nuestras fuerzas vitales.Al igual que sucede en el terreno del arte, un experto podrá entender además de contagiarse, pero elentendimiento no mediatiza el acceso al arte. Tampoco a la filosofía. La filosofía es fundamentalmentepara profanos. Deleuze propone que entremos a la filosofía dispuestos a encontrar lo que convenga anuestras vidas. A la filosofía así concebida la llama “filosofía pop” y establece entre ella y la filosofíaacadémica la misma relación que existe entre la música pop y la clásica. Hoy en día, en un conciertode música clásica se exige de los espectadores un comportamiento eminente pasivo: la atención semanifiesta en forma de silencio extremo y máxima quietud. Sería del todo reprobable que la genteoyera a Vivaldi, por ejemplo, siguiendo el ritmo con el pie. Pero este mismo comportamiento,trasladado a un concierto de música rock, determinaría su fracaso. La filosofía tiene que ser capaz decontagiar su propio movimiento, hacer que las ideas y las mentes se muevan, como los cuerpos seagitan al ritmo de la música popular que los invade.Una puerta de entrada a la filosofía de Deleuze consiste en entenderla como una filosofía vitalista.Pero no basta pensar que un vitalista es alguien que ama la vida; es demasiado ambiguo, inclusotrivial y anodino: a primera vista todos los humanos parecen amar la vida, puesto que se aferran aella. Así que tomaremos prestada una idea de Nietzsche y definiremos a los vitalistas como aquellosque aman la vida no porque están acostumbrados a vivir, sino porque están acostumbrados a amar.Estar acostumbrado a vivir significa que la vida es algo ya conocido, que sus presencias o sus gestoso sus desarrollos se repiten y ya no sorprenden. Amar la vida porque estamos acostumbrados a vivir es un querer lo ya vivido. En cambio amar la vida porque estamos acostumbrados a amar no nosremite a una vida repetitiva. Lo que se repite es el impulso por el que nos unimos a las ideas, a lascosas y a las personas; no podemos vivir sin amar, sin desear, sin dejarnos arrastrar por elmovimiento mismo de la vida. Amar la vida es aquí amar el cambio, la corriente, el perpetuomovimiento. El vitalista no ha domesticado la vida con sus hábitos, porque sabe que la vida es algomucho más fuerte que uno mismo.La vida es aquello en lo que nos encontramos metidos, lo que nos empuja. Es más fuerte quecualquiera, porque nace más acá de nosotros y nos lleva más allá de nosotros. Un flujo, unacorriente, un viento. La vida, así vivida, es una vida gozosa, es una vida que se mueve por deseos ypor alegría. Una alegría del crecimiento, no edificada sobre el resentimiento, ni sobre el odio, ni sobrelas desgracias ajenas; una alegría que no necesita la tristeza de los otros para existir. La imagen de lavida como un viento, como un huracán, sirve para entenderla. Siguiendo esta imagen –nos diceDeleuze- se podría afirmar que “un huracán avanza alegremente”. Su alegría proviene del mismoavance, de su propio movimiento y no de la destrucción de las casas a su paso. El huracán contentode causar muerte y destrucción a su paso es el huracán resentido, el huracán contento de sumovimiento es el huracán gozoso.Ahora bien, ¿son muchos los seres humanos vitalistas?, ¿ son muchos aquellos cuyas vidas son
 
como un huracán gozoso? Para tantos y en tantas ocasiones más bien parece que no estamos a laaltura de vivir esa gran vida, ese gran movimiento, ese viento que nos arrastra. Le ponemosobstáculos y nuestras vidas acaban siendo pequeñas, mediocres y vulgares.Aprisionamos la vida. Por miedo y por pereza, sin duda, y esos son elementos individuales, perotambién porque vivimos en el interior de una cultura que nos ha acostumbrado a ello. ¿Cuáles sonesos obstáculos que pone nuestra cultura al desarrollo de la vida? ¿Cómo mantenemos la vidaaprisionada?
2.- Los hombres son hierba.
“Nada fácil percibir las cosas por el medio y no de arriba abajo o al revés, de izquierda a derecha o alrevés: intentadlo y veréis cómo cambia todo. No es fácil ver la hierba en las cosas y las palabras”Lo que impide que la vida discurra y crezca es el lenguaje y el juicio moral.El lenguaje de nuestra cultura divide el mundo en sujetos y predicados. Los sujetos existen comosoportes de los predicados. Gramaticalmente consideramos que los predicados suceden a lossujetos, y suceden porque existen los sujetos (los seres humanos, los animales, las plantas, loslugares, los objetos) de los cuales se predica. Nuestra lógica, la lógica que utilizamos para nuestrorazonamiento está basada en dicha dicotomía.Tomemos como ejemplo un silogismo de la lógica tal como fue establecida por Aristóteles. Se trata deun silogismo famoso y simple, que expresa una de las argumentaciones de nuestro sentido común:Todos los hombres son mortales Sócrates es un hombre Sócrates es mortalEste es un silogismo que se apoya en la existencia de sujetos para poder ser enunciado. Requiere enprimer lugar un sujeto universal(“todos los hombres”) y un sujeto particular, elemento del universal(“Sócrates”). En primer lugar, el predicado “ser mortal” se asigna al universal; en segundo lugar, seafirma la pertenencia del sujeto particular “Sócrates” al sujeto universal “todos los hombres”; y, comoconsecuencia, el predicado “ser mortal”, que se afirmaba en el sujeto universal “todos los hombres”,también podrá afirmarse del sujeto “Sócrates”.Deleuze se apoya en la obra del pensador Gregory Bateson para pensar según una lógica diferente.Bateson inventó “el silogismo de la hierba”, como réplica al famoso silogismo aristotélico. El silogismode la hierba se formula de la siguiente manera:La hierba es mortal Los hombres son mortales Los hombres son hierbaEste silogismo nos hace reír, lo consideramos una locura, es como si nos hiciera saltar de unaafirmación a otra por el lugar inadecuado. Comienza afirmando el predicado “ser mortal” de unparticular “la hierba”. Prosigue afirmando el mismo predicado “ser mortal” esta vez del sujeto universal“los hombres”. Y concluye, por último, estableciendo una relación loca , una identificación sin sentidoen el plano de la lógica, entre el sujeto universal “los hombres” y el sujeto particular “la hierba”.La lógica de Bateson no se apoya en los sujetos sino en los predicados. Es una lógica de lasrelaciones. Son ellas lo que hay de importante en la vida: no los sujetos sino las acciones. Obligadoscomo estamos a pensar en nuestro lenguaje, es como si “ser mortal” se convirtiera en esta lógica enel auténtico sujeto. Es de eso de lo que hablamos en el silogismo de la hierba, es la mortalidad la quetransita y deja a su paso hombres y hierba.Expresar las relaciones es difícil porque tenemos que hacerlo en el interior de un lenguaje de sujetos,donde los sujetos son antes que la acción, antes que el predicado, antes que la relación. Menos malque existe el arte –nos repite Deleuze- , de lo contrario estaríamos condenados a la vulgaridad delsentido común al que nos obliga nuestro lenguaje. El arte expresa relaciones y para ello crea lenguajemás allá del ya existente como instrumento de comunicación entre nosotros.Efectivamente, nosotros entendemos que “los hombres son hierba” es una metáfora. De acuerdo, loes, pero la vida se expresa mejor a través de la metáfora que no a través de los silogismosaristotélicos. O dicho de otra manera, la vida es un predicado, es una relación, no es algo que está enlos sujetos, sino que es algo que pasa a través de los sujetos: no está en este, ni en aquel, ni en esta

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