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Oficina No. 1

Oficina No. 1

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de Miguel Otero Silva
de Miguel Otero Silva

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01/29/2013

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RUPERT1Cruzaron caminos, trochas, arenales, lechos de ríos, matorrales y barrancos. Las maderas delcamión rechinaban a punto de cuartearse en cada salto sobre pedregales y desniveles. De repente,el vehículo cojeaba de una de sus cuatro ruedas. El chofer trinitario se llevaba ambas manos a lacabeza y gruñía sordamente:-Oh, God!Después descendía sin prisa, resignado y silencioso, a reparar el daño. En un cajón guardabalos hierros mohosos que le servían para desmontar y volver a montar las ruedas. Doña Carmelita yCarmen Rosa bajaban del tinglado' ayudadas por la mano que Olegario les tendía desde tierra.Caminaban unos cuantos pasos por entre pajonales chamuscados y buscaban amparo en lasombra del árbol más cercano.-No llegaremos a ninguna parte -rezongaba la madre sin -renunciar de un todo a la idea de uneventual regreso al pueblo en ruinas que dejaron a la espalda.-Llegaremos -replicaba la hija.Olegario permanecía junto al trinitario para observar su trabajo y alargarle los hierros que noestaban al alcance de su mano. La rueda maltrecha iba quedando en el aire, levantada en vilo porlos dientes de acero de un pequeño instrumento herrumbroso. El trinitario desajustaba tuercascon sus metálicos dedos negros. Faltaba todavía extraer el neumático, localizar la pinchadura,adherirle un parche humedecido con un líquido espeso, esperar que se secara el emplasto, inflarluego la goma con los silbidos de una bomba endeble y lustrosa, reponer la rueda en su sitio,ajustar las tuercas, hacer descender lentamente el engranaje que mantenía el equilibrio. Todo unlargo proceso que se repetía una y otra vez porque Rupert no llevaba consigo neumático derepuesto. Y aunque lo hubiese llevado, aquella ruta agresiva y abrupta parecía defender susterrones con navajas y espinas.-Si pasas en invierno es peor -le decía Rupert a doña Carmelita, a manera de consuelo ytuteándola como tuteaba a todo el mundo, ya que en Maracaibo no le mencionaron la palabrausted cuando le enseñaron español-. Entonces llueve como en el infierno, tú te trancas en elpantano tres noches seguidas y no pasa un alma que te remolqueY seguían dando tumbos hasta el próximo reventón. En el tragaluz de un recodo surgíainesperadamente un rancho de palma y bahareque. Tres niños desnudos, caritas embadurnadasde tierra y moco, barriguitas hinchadas de anquilostomos, piecesitos deformados por las niguas,corrían hasta la puerta para mirar a los viajeros. Luego el camión atravesaba sabanas resecas, sinun árbol, sin un charco de agua, sin un ser humano, sin la sombra huidiza de un pájaro.Con la noche llegaron a un pueblo y encontraron posada. Madre e hija compartieron elalambre sin colchón de una camita estrecha y al amanecer despertaron sobresaltadas cuando
 
cantaron los gallos, lloró un niño en un cuarto vecino y tartamudeó impaciente desde la calle labocina del camión de Rupert.-Hay que ir hasta Santa María de Ipire de un tirón -explicó el trinitario, sin dar los buenos días,mientras encendía el motor a golpes de manubrio-. Y el camino es tan malo como el de ayer.Era peor, indudablemente. Apenas un brazo de sabana por donde pasaba el ganado desdehacía muchos años. Las pezuñas asolaron la paja y sembraron una ancha cicatriz terrosa quecruzaba la llanura. El camión saltaba como un caballo rabioso. Al segundo pinchazo, la flema deltrinitario comenzó a presentar síntomas de quebrantamiento.-Shit! -gritó entre dientes.Olegario intuyó que había pronunciado una palabra inconveniente y lo miró con severidad.Pero doña Carmelita no entendía inglés, y además, en ese momento manoseaba abstraída lascuentas de un rosario y rezongaba incansablemente: «y bendito sea elfruto de tu vientre, Jesús».En cuanto a Carmen Rosa, pensaba. Por vez primera desde que decidió abandonar las casasmuertas de Ortiz, la iglesia muerta, la escuela muerta, el cementerio donde también su amor habíaquedado muerto y enterrado, por vez primera sintió miedo. La silenciosa soledad de aqueldescampado, el bamboleo indeciso y mortificante del torpe carromato, un horrible pajarraconegro que voló largo tiempo sobre sus cabezas como si señalara un camino, el rezo quedo ylastimoso de su madre, todas esas cosas juntas la arredraron. Quizás habría sido más juiciosoquedarse entre los escombros a vivir su sentencia de morir de fiebre, a esperar como las casas sudestino de agobio y de desintegración. Quizá tuvieron razón la maestra Berenice y el cura Pemíacuando calificaron de insensatez y desvarío sus propósitos de escapar hacia regionesdesconocidas. Quizás estaba arrastrando a su madre y arrastrándose a sí misma en pos de unaaventura desatinada al borde de la cual acechaban peligros y maldades. Pero quizás era todavíatiempo de detenerse, de ordenarle a Rupert que regresara a Ortiz.-Oiga Rupert... -comenzó a decir en voz alta.-¿Por qué lloras hija? -le preguntó doña Carmelita asustada, temblequeando en el filo de unaavemaría trunca.Recordó entonces que el único recostadero de la madre era su fortaleza, su no volver atráscamino andado, que si le fallaba ese soporte la pobre vieja se vendría abajo como una enredaderaal derrumbarse la pared que la sostiene.-Estaba pensando en Sebastián -respondió.Y se puso a pensar realmente en su novio muerto para seguir llorando.

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