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diez años que desangraron a colombia.

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Published by: Andres Sierra Rincón on May 08, 2012
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05/08/2012

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Diez años que desangraron a Colombia
 
Allá por los años cuarenta, el prestigioso economista colombiano Luis Eduardo Nieto Artetaescribió una apología del café. El café había logrado lo que nunca consiguieron, en los anterioresciclos económicos del país, las minas ni el tabaco, ni el añil ni la quina: dar nacimiento a un ordenmaduro y progresista. Las fábricas textiles y otras industrias livianas habían nacido, y no porcasualidad, en los departamentos productores de café: Antioquia, Caldas, Valle del Cauca,Cundinamarca. Una democracia de pequeños productores agrícolas, dedicados al café, habíaconvertido a los colombianos en «hombres moderados y sobrios». «El supuesto más vigoroso
 –
decía-, para la normalidad en el funcionamiento de la vida política colombiana ha sido laconsecución de una peculiar estabilidad económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego yla mesura».Poco tiempo después, estalló la violencia. En realidad, los elogios al café no habían interrumpido,como por arte de magia, la larga historia de revueltas y represiones sanguinarias en Colombia.Esta vez, durante diez años, entre 1948 y 1957, la guerra campesina abarcó los minifundios y loslatifundios, los desiertos y los sembradíos, los valles y las selvas y los páramos andinos, empujó aléxodo a comunidades enteras, generó guerrillas revolucionarias y bandas de criminales y convirtióal país entero en un cementerio: se estima que dejó un saldo de ciento ochenta mil muertos.El baño de sangre coincidió con un período de euforia económica para la clase dominante: ¿eslícito confundir la prosperidad de una clase como el bienestar de un país? La violencia habíaempezado como un enfrentamiento entre liberales y conservadores, pero la dinámica del odio declases fue acentuando cada vez más su carácter de lucha social. Jorge Eliécer Gaitán, el caudilloliberal a quien la oligarquía de su propio partido, entre despectiva y temerosa, llamaba «el lobo» o«el Badulaque», había ganado un formidable prestigio popular y amenazaba el orden establecido;cuando lo asesinaron a tiros, se desencadenó el huracán.Primero fue una marea humana incontenible en las calles de la capital, el espontáneo «bogotazo»,y en seguida la violencia derivó al campo, donde, desde hacía un tiempo, ya las bandasorganizadas por los conservadores venían sembrando el terror. El odio largamente masticado porlos campesinos hizo explosión, y mientras el gobierno enviaba policías y soldados a cortartestículos, abrir los vientres de las mujeres embarazadas o arrojar a los niños al aire paraensartarlos a puntas de bayoneta bajo la consigna de «no dejar ni la semilla», los doctores delPartido Liberal se recluían en sus casas sin alterar los buenos modales ni el tono caballeresco desus manifiestos o, en el peor de los casos, viajaban al exilio. Fueron los campesinos quienespusieron los muertos. La guerra alcanzó extremos de increíble crueldad, impulsada por un afán devenganza que crecía con la guerra misma.Surgieron nuevos estilos de la muerte: en el «corte corbata», la lengua quedaba colgando desde elpescuezo. Se sucedían las violaciones, los incendios, los saqueos; los hombres erandescuartizados o quemados vivos, desollados o partidos lentamente en pedazos; los batallonesarrasaban las aldeas y las plantaciones; los ríos quedaban teñidos de rojo; los bandolerosotorgaban el permiso de vivir a cambio de tributos en dinero o cargamentos de café y las fuerzasrepresivas expulsaban y perseguían a innumerables familias que huían a las montañas a buscarrefugio: en los bosques, parían las mujeres. Los primeros jefes guerrilleros, animados por lanecesidad de revancha pero sin horizontes políticos claros, se lanzaban a la destrucción por ladesnutrición, el desahogo a sangre y fuego sin otros objetivos. Los nombres de los protagonistasde la violencia (Teniente Gorila, Malasombra, El Cóndor, Piel roja, El Vampiro, Avenegra, El Terrordel Llano) no sugieren una epopeya de la revolución. Pero el acento de rebelión social se imprimíahasta en las coplas que cantaban las bandas: Yo soy campesino puro y no empecé la pelea perosi me buscan ruido la bailan con la más fea.

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