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Don Juan

I- El Anillo Funesto

Don Juan
I- El Anillo Funesto
Matrimonio: Un ritual que desinfla el deseo

Ariel C. Arango

Arango, Ariel Cándido Don Juan: El anillo funesto. - 1a ed. - Santa Fe: el autor, 2009. 150 p. ; 21x14 cm. ISBN 978-987-05-7356-2 1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 21/09/2009

2009 - ACA Ediciones. Segunda Edición Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723 Prohibida su reproducción total o parcial Diseño Editorial: Diseño Armentano Imagen de portada: Raffaello Sposalizio Della Vergine, 1504 Olio su tavola, cm. 170 x 118 Milano, Pinacoteca di Brera

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«Por otra parte, el ceremonial representa la suma de las condiciones bajo las cuales resulta permitido algo distinto aún no prohibido en absoluto, del mismo modo que la ceremonia nupcial de la Iglesia significa para el creyente el permiso del placer sexual, considerado sino como pecado.»

Freud, Los actos obsesivos y las prácticas religiosas (1907).

Di te vir fabula narratur

De ti, varón, se habla en esta historia

Dr. Ángel Garma IN MEMORIAM

No sospechan, ciertamente, cuántos renunciamientos trae consigo, a veces para ambas partes, el matrimonio, ni a lo que queda reducida la felicidad de la vida conyugal, tan apasionadamente deseada.

Freud, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna (1908).

Que me muera, oh Príapo, si no me da vergüenza decir palabras torpes y obscenas. Pero como tú, siendo dios, muestras tus huevos al aire dejando de lado el pudor, debo yo llamar a la concha, concha y a la pija, pija.

Priapeo, Corpus Priapeorum (siglo I d C)

Prólogo
reud dice que quienes se casan no sospechan cuántos renunciamientos trae consigo el matrimonio ni a lo que queda reducida la felicidad conyugal tan apasionadamente deseada. El varón sometido al ritual del matrimonio (y es de él de quien se habla en esta historia) debe llevar, para siempre, un anillo en el dedo. Es la señal de la renuncia, con la aceptación de la monogamia, a su libertad instintiva. El anillo es un emblema de la castración y, por eso, funesto. Don Juan no se lo puso jamás.

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Capítulo I

Pero aún el amor genital heterosexual, único que ha escapado a la proscripción, todavía es menoscabado por las restricciones de la legitimidad y la monogamia. Freud, El malestar en la cultura, IV (1930).

1 n 1689 un pequeño navío inglés, empujado por la marea, se acercó a las Côtes-du-Nord, en la región de Bretaña, en Francia. Allí, entre los acantilados y las ensenadas profundas de Saint-Malo, desembarcó un indio hurón. Era bien parecido, tenía larga cabellera y no usaba sombrero. Andaba con las piernas desnudas y calzado con pequeñas sandalias y usaba un vestido ajustado al cuerpo desde los hombros hasta
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Don Juan - El anillo funesto

la cintura. Tenía un aire recio y dulce a la vez. Un prior y su hermana, que a la sazón paseaban por la playa, se acercaron, y como hablaba muy bien francés, dialogaron con él. Atraídos por su aire sencillo y natural lo invitaron a cenar. Al correrse la voz de la presencia del curioso extranjero, los notables del lugar se acoplaron al convite. Entre ellos, el abad de St. Ives junto a su hermana, una joven muy linda y educada. Todos le contemplaban con admiración y le hablaban e interrogaban al mismo tiempo. En medio de la animada conversación, una dama le preguntó cómo decía «hacer el amor» en lengua hurona, a lo que el recién llegado contestó que trovander y a todos los invitados les pareció una palabra muy bonita. En el mismo orden de ideas la señorita de St. Ives preguntó, a su vez, cómo se hacía el amor en ese país y el joven le respondió que haciendo buenas acciones para complacer a quienes se parecían a ella. La joven, halagada, se sonrojó. Preguntado sobre cuál era su nombre, el hurón respondió:
On m’a toujours appelé l’Ingénu parce je dit toujours naivement ce que je pense. «Se me ha siempre llamado el Ingenuo porque yo siempre digo ingenuamente lo que pienso».1

… A partir de allí los acontecimientos se precipitaron: el Ingenuo, a través de un pequeño talismán que llevaba colgado en el cuello, es reconocido como sobrino del prior; a continuación éste, junto a la señorita de St. Ives, decide bautizarlo; el Ingenuo, tras la lectura de la Biblia, se convence que debe circuncidarse sin demora, lo que
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

suscita gran preocupación entre las damas que temen que el sacrificio del prepucio pueda dañarle un lugar tan interesante, pero el prior las calma recordándoles que la circuncisión no estaba ya de moda y que el bautismo era más dulce y saludable; el hurón, por su parte, trata de bautizarse a la vieja usanza, esto es, sumergiéndose desnudo en el río (ante la curiosa y poco recatada mirada de las mujeres que lo espían agazapadas tras unas cañas); finalmente, convencido por la señorita de St. Ives, quien sería su madrina, acepta ser bautizado con todo el decoro que indican las buenas costumbres imponiéndosele el nombre de Hércules, hecho éste que dio lugar a que un bromista recordara que el heroico personaje había desvirgado cuarenta mujeres en una sola noche, comentario frente al cual las damas bajaron, recatadamente, los ojos juzgando que el bautizado, por su fisonomía, era digno de su ilustre patrocinador; por último, el hurón, llamado el Ingenuo… ¡se enamoró! … Después del bautismo, sin embargo, la señorita de St. Ives no podía contener su deseo de participar con el señor Hércules, el Ingenuo, en otro sacramento, más apetecible y bello: el matrimonio. Ella se mostraba tierna, vivaz y juiciosa y, por lo demás, las cosas se sucedieron naturalmente: ambos se encontraron sin haberse buscado, él le dijo que la quería de todo corazón a lo que la joven, pudorosa, le respondió que era necesario hablar lo más rápido posible con los tíos del pretendiente, el señor prior y su hermana, y que en lo que a ella le tocaba se lo diría a su querido hermano el abate de St. Ives, estando segura de que habría un consentimiento general. Pero el Ingenuo le contestó que no
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hacía falta ningún consentimiento ya que le parecía extremadamente ridículo pedir a otros lo que se debía hacer porque quand deux parties sont d’accord, on n’a pas besoin d’un tiers pour les accomoder, cuando dos están de acuerdo, no hay necesidad de un tercero para acomodarlos. Y agregó:
Cuando tengo necesidad de almorzar, o de ir a cazar, o de dormir, no consulto a nadie. Ya sé que en casos de amor no está de más tener el consentimiento de la persona a la cual se quiere, pero como no estoy enamorado de mi tío ni de mi tía, no es a ellos que debo dirigirme para este asunto, y si me hacéis caso, también podéis pasaros muy bien sin el consentimiento del señor abate de St. Ives2

La bella joven usó de todo su talento y delicadeza para persuadir al hurón de que se adaptase a las conveniencias sociales. Éste, por su parte, al día siguiente informó al prior, su tío, de su amor por la señorita de St. Ives, a lo que el prelado, escandalizado, le hizo saber que las leyes humanas y divinas se oponen a que el ahijado se case con la madrina. La respuesta del acristianado indígena fue, como siempre, espontánea y sin rodeos:
¡Pardiez, querido tío! Os estáis burlando de mí… ¿Por qué motivo está prohibido casarse con la madrina, cuando es joven y bonita?… Si se me priva de la bella señorita de St. Ives, con el pretexto de mi bautismo, os prevengo que la voy a raptar y me desbautizaré3

La hermana del prior, llorando, manifestó su temor de que el hurón, su reencontrado sobrino, se condenase eternamente por su propósito y abogó por solicitar al
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

Santo Padre, el Papa, una dispensa. Al oírla, dijo el Ingenuo mientras abrazaba a su tía:
¿Es que existe un tal hombre encantador que favorece a los jóvenes y a las muchachas en sus amores? Quiero hablar con él al instante4

Al explicársele quién era el Papa, el indígena quedó más confundido que antes y discurrió con su acostumbrado candor:
He viajado, conozco el mar; nos encontramos en estas costas del océano, y voy a dejar a la señorita de St. Ives para ir a pedir permiso de amar a un hombre que vive en el Mediterráneo a cuatrocientas leguas de aquí. ¡Y no sé ni una palabra de la lengua que habla! Es de una ridiculez incomprensible5

Y al cabo de un cuarto de hora estaba en casa de su madrina. Pidió saber a una vieja criada dónde estaba el dormitorio de su amada, empujó la puerta y se abalanzó sobre la joven en la cama quien sobresaltada se puso a gritar demandándole qué quería hacer. Y, como era de esperar, su respuesta fue simple y honesta:
Os tomo por esposa6

Y se fue directo al asunto con todo el vigor digno de Hércules, su patrón bautismal. Y hubiera, virilmente, consumado su propósito de no ser por la llegada del juicioso abate de St. Ives, su criada, un viejo sirviente y un clérigo, que moderaron su ímpetu y lo llevaron a otra habitación. Cuando el abate le echó en cara la enormidad de su proceder, el Ingenuo se defendió alegando los privilegios de la ley natural que conocía perfectamente.
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Pero el clérigo replicó afirmando que la ley y las convenciones de los hombres debían prevalecer frente a los derechos de la naturaleza sosteniendo, además, que era necesario que hubiese notarios, curas, testigos, contratas y dispensas. Argumentos frente a los cuales el hurón respondió breve y rotundamente, con su despojada lógica salvaje:
Pues seréis una gente muy deshonesta cuando os hacen falta tantas precauciones.7

¿Cómo terminó el episodio? ¡Pues que la encantadora señorita de St. Ives fue internada en un convento para sustraerla de un salvaje tan apasionado e independiente! Y, desde entonces, la separación y el dolor acompañaron a los desventurados amantes. Los hechos se sucedieron fatídicamente: el Ingenuo se propone liberar a la muchacha de su prisión; en el intervalo rechaza a los ingleses que invaden su provincia; viaja a Versailles y resulta encerrado en la Bastilla; la señorita de St. Ives, liberada, marcha a buscarlo a París; para salvarlo entrega, por virtud, su virginidad a un viceministro aunque, al encontrarse en los brazos del poderoso cortesano que la disfruta, piensa sólo en su amado: Je vous ai adoré en vous trahissant, te he adorado mientras te traicionaba.8 Los enamorados, al final, se reencuentran, pero ella, torturada por el recuerdo de su infidelidad, sucumbe a una fiebre hirviente. El Ingenuo pensó en el suicidio, pero se sobrepuso a ese impulso desesperado. Con el tiempo, que lo suaviza todo, entró en el ejército donde se distinguió como soldado. Cuando recordaba su amor por la señorita de St. Ives no podía contener sus lágrimas y ese hablar nostalgioso constituía su único consuelo. Y hasta el último momento veneró la memoria
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Capítulo I - Una intrusión odiosa

de su amada. Él mismo resumió, lacónicamente, su lastimoso destino:
He nacido libre como el aire; sólo tenía dos deseos; la libertad y el objeto de mi deseo, y me han quitado los dos.9

II Voltaire (1694-1778), el filósofo francés, escribió El Ingenuo (que etimológicamente significa «hombre libre») en 1767. Es un cuento delicioso que muestra la lucha entre los impulsos de la naturaleza y el rigor de las leyes, un agónico combate que, desde siempre, tiene lugar en el alma de hombres y mujeres. El anhelo del Ingenuo y de la señorita de St. Ives de regocijarse mutuamente en la humedad y el calor de sus carnes es impedido por distintos sujetos. Algunos son simplemente terceros, aunque parientes, como el hermano de la muchacha o el tío y la tía del joven, y otros, además de terceros, son también extraños, como es el caso del Papa, pero todos, sin embargo, reclaman para sí, a pesar de que tanto el lozano hurón como la tierna francesa son adultos y están en la edad de la razón, la potestad de otorgar o rechazar a los enamorados su derecho a coger. Pues bien, las formalidades prescriptas para conceder o negar este derecho constituyen un ritual, y a ese ritual, se lo llama: matrimonio. En realidad estamos tan habituados a esta ceremonia que la admitimos como un hecho natural en el orden de las cosas. Hemos perdido el candor primitivo del Ingenuo y no advertimos nada impropio en que un tercero determine lo que, por la propia índole de las ganas de coger, debiera solamente acordarse entre dos. Pero
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si por un momento lográsemos sacudirnos el peso de las leyes y costumbres que entumecen nuestro entendimiento descubriríamos que todo ritual de matrimonio, tanto aquel oficiado por un ornamentado sacerdote en una iglesia magníficamente iluminada y perfumada de incienso y donde resuena la marcha nupcial, como ese otro celebrado por un rutinario y distraído funcionario público en la sala fría, desaliñada y poblada de expedientes de un registro civil, nos suscita una seria e inquietante pregunta: ¿cómo se explica que toleremos que nuestro impulso más voluptuoso e instintivo, y como tal personalísimo, deba depender para su satisfacción de la anuencia de alguien que no lo experimenta ni se beneficia de él? O lo que es lo mismo, pero formulado no sólo con la misma ingenuidad del buen salvaje sino más genuinamente aún: ¿de dónde viene que, mansamente, aceptemos que un extraño, un cura o un burócrata, se inmiscuya en nuestros más íntimos sentimientos y, advenedizamente, maneje nuestra pija? Hoc opus, hic labor; he aquí la dificultad, he aquí el trabajo.

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Capítulo II

El deseo atrapado
En una normal vita sexualis la neurosis es imposible. Freud, Mis opiniones sobre el rol de la sexualidad enla etiología de la neurosis (1906).

I l trágico relato amoroso de Voltaire nos conmueve; sentimos simpatía pero también compasión por esos jóvenes infortunados. Y también rabia. Rabia porque fueron intrusos, hombres y mujeres más viejos, quienes con sus trabas a la insatisfacción del deseo provocaron el terrible desenlace. Un final tan doloroso como gratuito ya que el instinto cuando fluye con holgura siempre dispensa placer, nunca dolor. Sólo cuando
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se frustra este vehemente impulso es que el goce se transforma en sufrimiento: si tememos no satisfacer nuestro anhelo, el deseo se contrae en angustia; si estamos convencidos de no poder satisfacerlo ya, se relaja en tristeza; y, en cualquier caso, si nadie lo estimula, se escurre en aburrimiento. El instinto está constituido de tal modo que todo estorbo en el espontáneo brotar de los sentimientos engendra, de una manera u otra, siempre aflicción. Para el deseo satisfecho, en cambio, no existen pesares. Freud lo afirmó en su famoso dictum: quien libre coge no enferma1. II El drama se inició con el casamiento. Todo empezó cuando tíos, priores y abates se concertaron para someter al Ingenuo al ritual establecido por Dios Padre en el paraíso terrenal y elevado, más tarde, por su hijo Jesucristo, a la dignidad de sacramento:
Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne. Lo que Dios ha unido, no lo desuna el hombre. (Éxodo, XX, 1-17)

El buen salvaje debía pues, primero, pedir permiso para coger y, una vez concedida la autorización, permanecer para siempre con la señorita de St. Ives (tuviera ganas o no). La unión consentida era indisoluble y el esposo, además, debía guardarle fidelidad inviolable. Y no sólo en los actos sino también en la mente. En esto Cristo es escrupuloso y prolijo de un modo espeluznante:
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Capítulo II - El deseo atrapado Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer con deseo ya adulteró con ella en su corazón. (S. Mat., 27-28)

El Redentor, por lo tanto, no sólo prohíbe coger, sino también… ¡desear hacerlo! III El matrimonio es una red de mandamientos y prohibiciones (comparable a la de una telaraña) que, como le sucedió al honesto Ingenuo, ahoga en el varón su deseo de coger. La Iglesia Católica siempre mantuvo una mirada atenta e inquisitiva sobre todos los detalles corporales de la vida amorosa, tanto que algunos antiguos tratados teológicos, como el gran tomo de Sánchez, De Matrimonio, analizan sin resquicios, y en relación con el pecado, las más diversas formas de placer carnal entre hombres y mujeres. Allí todo es considerado, concisa y claramente, sin mórbida pruderie ni mórbido sentimentalismo, y en el más frío lenguaje científico. Y el modo correcto de actuar, in amores, es señalado para todos los casos puestos en discusión: qué es lo que está autorizado, qué es lo que se juzga pecado venial, y qué pecado mortal2. Nada quedaba fuera de la red… ¡Cuidado con las posiciones al coger! IV Boccaccio (1313-1375), el ilustre escritor y humanista (que aunque se casó dos veces parece haber creído en el amor libre)3, en la cuarta narración de su Decameron,
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la obra suprema de la prosa italiana, nos cuenta la novella de un abad que se encontró un día, inesperadamente, en la celda de uno de sus frailes, con una joven campesina. El religioso, aunque viejo, al ver a la bella e fresca muchacha, sintió que toda su carne hervía y, decidido a gozarla, calmó sus escrúpulos pensando que una ocasión como ésa no se repetiría jamás y que es de personas sensatas aprovechar el bien cuando Dios Nuestro Señor lo manda. Y sintiéndose, además, fortalecido por la sabiduría del proverbio que reza pecatto celato e mezzo perdonato, pecado ocultado es medio perdonado, se abalanzó sobre su presa. Y la joven que no era ni de ferro né di diamante muy fácilmente se plegó a su reclamo. El abad se subió a la cama pero sabiéndose muy pesado y teniendo en cuenta la tierna edad de la muchacha que debía soportarlo,
non sopra il petto di lei salí ma lei sopra il suo tetto pose4 «no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho»

Una luminosa miniatura de un artista florentino, a pluma y acuarela, del año 1427, patrimonio de la Bibliothéque Nationale de France, en París5, ilustra, deliciosamente, esta escena, en la cual la mujer yace sobre el cuerpo del hombre. Esta amorosa posición, sobre todo cuando la hembra además se sienta, regocijada, sobre la pija del macho, muy popular en el Renacimiento, era ya muy conocida en la antigüedad. Se la llamaba: «el caballo de Héctor». Giulio Romano (1492-1546), el mejor alumno de Rafael, un amante de los temas paganos y los rosados
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Capítulo II - El deseo atrapado

y espléndidos desnudos, inspirándose en esbozos de su maestro, pintó esta lujuriosa posición (junto a otras dieciséis) en una pared del Vaticano como protesta por la demora del Papa Clemente VII en pagarle su salario. Estos dibujos fueron convertidos en grabados por Marcantonio Raimondi y publicados en Venecia en 1527 junto a los sonetos que, a modo de comentarios obscenos, compuso ad-hoc, el cáustico y procaz Pietro Aretino (1492-1557)6. Éste es un fragmento de uno de ellos (Sonetti lussuriosi, Libro Primo IV):
Posami questa gamba in su la spalla, et levami dal cazzo anco la mano, e quando vuoi ch’io spinga forte o piano, piano o forte col cul sul letto balla7 «Pon la pierna sobre mi hombro, y levanta mi pija con tu mano, y cuando quieras que yo empuje fuerte o suave, suave o fuerte con tu culo en la cama baila.»

Fue la tebana Andrómaca, elogiada por los escritores antiguos como ejemplo de fidelidad conyugal, quien, al montar a su marido Héctor, dio su nombre a esta pose amorosa. Giulio Romano en Mars et Venus, uno de sus dibujos, muestra el preciso momento en que la Diosa del Amor cabalga, apasionada, sobre la poderosa pija del Dios de la Guerra8. Marcial (40-104), el poeta romano, la menciona también en uno de sus célebres epigramas (Epigrammata, 11, 104, 13):
masturbabantur Phrygii post estia serui Hectoreo quotiens sederat uxor equo 31

Don Juan - El anillo funesto «Detrás de las puertas se masturban los esclavos frigios cada vez que Andrómaca monta el caballo de Héctor».

El poeta no hace aquí sino describir una voluptuosa escena conyugal, pero si el varón, sometido al ritual del matrimonio, quisiera inspirarse en ella para enriquecer, placenteramente, su vida de casado, sufriría una cruel decepción: ¡las posiciones son odiosas a Dios! V Ése es el magisterio de la Iglesia. Las veneradas voces de Tertuliano, Orígenes, San Jerónimo o San Agustín lo establecieron de ese modo9. Clemente de Alejandría, primer docto de la Iglesia de Oriente y que vivió en la segunda mitad del siglo II, en su Pedagogus (II, X), límpidamente, lo expuso así: «Practicar el coito, salvo con fines de procreación, es injuriar a la naturaleza»10. De allí que algunos teólogos afirmen que:
Excessus conjugum fit quando uxor cognoscitur ante, retro stando, sedendo in latere, et mulier super virum11 «Hay exceso en los cónyuges cuando se conoce a la esposa manteniéndose en pie delante o detrás, estando sentado sobre su flanco, y cuando la mujer está sobre el marido»

Otros, en cambio, aceptan que el marido coja a su esposa more canino, al modo de los perros,
quando mulier est ita pinguis ut no possit aliter coire12

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Capítulo II - El deseo atrapado «cuando la mujer sea tan gorda que no pueda cohabitar de otro modo»

Y existen, también, los que pensando que cualquier postura es buena tranquilizan al esposo recordándole que,
non est peccatum mortale, modo vir ejaculetur semen in vas naturale13 «no hay pecado mortal, con tal que el marido utilice el vaso natural»

La idea que lo inspira todo es que el matrimonio no consiste en la búsqueda de poses amorosas que brinden voluptuosidad al macho sino en la fecundación de la mujer. Coger no es un asunto de placer sino de engendrar. Y tanto es esto así que en la Edad Media estuvo muy difundida la chémise cagoule, un camisón de rústica bolsa cerrada en torno al cuello, a las muñecas y a los tobillos, y dotado de un conveniente agujero a través del cual la pija del marido encontraba la concha de su esposa sin ningún contacto superfluo a la tarea de hacer hijos14. El varón debe ser el marido y no el amante de su mujer. Pedro Lombardo (1100-1160), obispo de París, en su pequeño tratado De excusatione coitus, «Sobre la justificación del coito», resumió tajante, esta desconcertante doctrina: Omnis ardentior amator uxoris suae adulter est, el que ama ardientemente a la esposa comete adulterio.15

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VI La severidad con que Cristo trata el deseo amoroso es, por supuesto, herencia judía. Jehová, el Dios de Israel (y Dios Padre de los cristianos), instituyó con su séptimo mandamiento, en medio de un cielo poblado de atemorizadores truenos, relámpagos y humo, el matrimonio como base de la familia. Y lo protegió con implacable rigor. Moisés, con terrorífica voz, hizo conocer su voluntad:
¡Maldito quien yaciere con la mujer de su padre, pues ha descubierto el borde de la colcha de su padre! (Deut. 27, 20)

Toda la vida del instinto está codificada y las penas son capitales:
El hombre que cometa adulterio con la mujer de otro hombre, quien cometa adulterio con la mujer de su prójimo, habrá de ser muerto el adúltero y la adúltera. (Lev., 20, 10)

Y en el caso de la hembra la prohibición es más rigurosa aún. Durante el matrimonio, obviamente, sólo puede coger con su marido, y antes de casarse… ¡con nadie! Por lo demás, se le impone a la novia el onus probandi, la obligación de probar su virginidad, bajo pena de muerte por apedreamiento16. Con el macho, en cambio, el temido Dios suele ser más condescendiente: en caso de guerra17 o de escasez de oferta18 le autoriza el rapto de mujeres para reestablecer el equilibrio del mercado; si es un varón acomodado le permite tener varias esposas19, y si quiere divorciarse (al revés de lo que sucede con las mujeres) le facilita un trámite expedito20.
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De cualquier modo, sea como fuese, dureza con unas e indulgencia con otros, lo cierto es que el instinto de los hijos de Israel estuvo siempre constreñido por las ásperas prescripciones de un padre irascible: «Pues yo, Jehová, soy un Dios Celoso» (Éxodo, 20-5). VII Mahoma acepta todas las narraciones de la Biblia y alega que el acuerdo de ésta con el Corán es una prueba de su misión divina. De hecho, los mandamientos y prohibiciones impuestos por el ritual del matrimonio a judíos, cristianos y mahometanos muestran tan inconfundible aire de familia que parecen dictados por un solo Dios. Mahoma, como Moisés, condena el acercamiento voluptuoso hacia la madre o hermana, pero no objeta, sino que por el contrario, estimula, cogerse a las primas21. (Las cosas son distintas entre los cristianos: el rey Roberto de Francia, en el año 998, fue excomulgado por haberse casado con su prima; lo abandonaron todos sus cortesanos y casi todos sus sirvientes y dos que permanecieron con él echaron al fuego los manjares sobrantes de su comida para no ser contaminados por ellos).22 El Corán, por lo demás, prohíbe estrictamente toda intimidad física antes del casamiento y sugiere el ayuno, que debilita las exigencias de la carne, para soportar mejor tan excéntrica continencia23. El celibato, como entre los judíos, es considerado pecaminoso, y el matrimonio, también como entre los judíos, es obligatorio, aunque para hacer seductor el yugo se le concede al varón tener cuatro esposas (si bien no se le tolera cogerlas mientras estén menstruando)24. La mujer, por supuesto, sólo puede tener un marido a la vez25, y el divorcio,
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aunque desagradable a Dios, es consentido casi por cualquier motivo al marido, y a la esposa sólo si devuelve la dote26. En cuanto al adulterio, éste es castigado con un centenar de azotes a cada pecador…27 Estas severas exigencias matrimoniales, sin embargo, conocían algunas excepciones en la persona de Mahoma. El Corán es obra prácticamente de un solo hombre, ya que se basa en las revelaciones que el Profeta recibía de Dios y, tal vez, por causa de esta larga y privilegiada intimidad se dio el hecho de que Alá no se abstuviera de recurrir al método de las revelaciones para resolver, también, problemas puntuales de la vida privada de Mahoma. Fue de este modo como aprobó el deseo de éste de casarse con la linda esposa de Zaid, su hijo adoptivo28; también acudió a este expediente para comunicarle, cuando se sospechaba del adulterio de Aischa, su esposa preferida, que de allí en adelante se requerirían cuatro testigos para probar ese delito29; y por el mismo procedimiento le concedió una dispensa especial para tener más de las cuatro esposas autorizadas por el Corán, permitiéndole casarse… ¡con diez! (más dos concubinas). Durante algún tiempo, Mahoma, con buen ánimo, le dispensó una noche a cada hembra pero, finalmente, Aischa logró tantas visitas fuera de agenda que provocó una rebelión en su harén. Para aplacar el revuelo, Alá, misericordioso, le envió otra revelación especialmente dirigida a solucionarle su problema doméstico:
Puedes diferir tu visita a quienquiera de ellas y recibir de entre ellas a la que te plazca recibir; y el desear a quienquiera de las que apartaste no es pecado en ti; al contrario, es mejor, para que tengan consuelo y no penen, y estén todas contentas con lo que les des. (Corán, XXXIII, 51) 36

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VIII ¿Una mujer o muchas? Ben Abul Kiba, en su Espejo de los fieles, con rara ecuanimidad, enumeró los beneficios y desventajas tanto de la poligamia como de la monogamia. Expresó sus ponderadas ideas a través de un diálogo incitante. Uno de los visires de Solimán, el sultán otomano, se dirigió de este modo a un emisario del emperador Carlos V:
Perro cristiano, ¿puedes acaso reprocharme que tenga cuatro mujeres, como la ley permite, mientras tú bebes doce cuarterolas de vino cada año y yo no bebo un solo vaso? ¿Qué bien proporcionas al mundo pasando más horas en la mesa que yo en la cama? Puedo dar cuatro hijos cada año para que sirvan a mi augusto señor y tú apenas puedes dar uno, y si lo das, ¿para qué sirve el hijo de un borracho? Nacerá con el cerebro ofuscado por los vapores del vino que bebió su padre.

Su primer argumento, tan serio como higiénico, sirvió de introducción a otro, de agudeza tal, que desnudó la mezquindad instintiva del cristiano:
Por otra parte, ¿qué hacer cuando dos de mis mujeres vayan de parto?, ¿no he de utilizar las otras dos como la ley manda? Qué papel tan triste representas en los últimos meses del embarazo de tu única mujer, en su parto y durante sus enfermedades. Has de permanecer en vergonzosa ociosidad o buscar a otra mujer, con lo que necesariamente te encuentras entre dos pecados mortales que te harán caer, después de muerto, hasta lo profundo del infierno. 37

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Hubo, además, juiciosas consideraciones demográficas:
Supongo que en las guerras contra los perros cristianos perderemos cien mil soldados; nos quedarán unas cien mil mujeres que colocar y los ricos se encargarán de ellas. ¡Ay del musulmán que no aloje en su casa cuatro doncellas hermosas como esposas legítimas y no las trate como merezcan!

Su elocuente discurso finalizó con una pulla:
Que cada uno deje vivir a los demás según las costumbres de su país. Tu sombrero no se hizo para dictar leyes a mi turbante. Termina de tomar café conmigo y vete a acariciar a tu santa esposa alemana, ya que te ves reducido a ella sola.

El alemán, lejos de amilanarse, respondió con contundencia y no sin verdad:
Perro musulmán, a quien guardo profunda veneración, antes de que acabe el café quiero quitarte las ilusiones. El que se ha enmaridado con cuatro mujeres dispone de cuatro arpías, envidiosas, prestas a calumniarse unas a otras, a perjudicarse y a reñir, y su casa es un antro de discordia.

Su arenga tampoco careció de mordacidad:
Te ves obligado a que la vigile un eunuco que las golpea cuando arman demasiado alboroto. No te atrevas a compararte con el gallo, porque ningún gallo hace que un capón zurre a sus gallinas.

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Capítulo II - El deseo atrapado

Y terminó reafirmando su credo:
Compárate más bien con los animales y compórtate como ellos en lo que puedas, que yo prefiero amar como hombre, entregar mi corazón entero a una mujer y que ella me dedique el suyo. Esta noche contaré nuestra conversación a mi esposa y creo que se pondrá muy contenta30.

Estos fueron los argumentos de Ben Abul Kiba. Freud, por su parte, decía que la vida amorosa del varón con la mujer está regida por una extraña aritmética: muchas, son pocas; una, demasiado31. IX El adulterio, en cualquier caso, ya sea en la monogamia como en la poligamia, ha estado tan difundido como el matrimonio puesto que el hombre siempre buscó descansar de la esposa. Y eso aunque esas vacaciones le procurasen serios peligros e incluso, a veces, riesgos mortales: tanto judíos como cristianos y mahometanos consideran al adulterio una grave violación de la Ley (si bien el Viejo Testamento y el Corán tratan al varón pecador con más benevolencia que el Nuevo Testamento o el Talmud)32. Y la pena, en estos Libros Sagrados, es la muerte o la castración, que para el macho significan lo mismo ya que en ambos casos, igualmente, pierde la vida. En la Edad Media ése era el castigo para quien seducía a una mujer casada: en España se capaba al condenado; en Polonia, antes de la llegada del cristianismo, se llevaba al culpable a una plaza pública donde le sujetaban los huevos con un clavo y le ponían en la mano
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una navaja de afeitar para que eligiese entre mutilarse a sí mismo o ser muerto por un verdugo; en Inglaterra, en 1329, se da cuenta del caso de René de Mortener, que fue convicto de adulterio con la reina inglesa Isabel de Francia, a quien arrastraron sobre una tabla por las calles de Londres hasta llevarlo a un lugar abierto donde lo sujetaron a una escalera, le cortaron la pija y los huevos y lo quemaron después; y por lo demás, era común en la época que los maridos cornudos arrancasen los riñones a los pecadores sorprendidos en flagrante delito, ya que se considera que en ellos estaba el asiento de los deseos amorosos (la castración que, aún hoy en día, el capo mafia impone al que se cogió a su mujer, o a su hija sin casarse con ella después, nos recuerda que este castigo no pasó de moda)33. Y ésta fue, también, la misma pena con la que históricamente se sancionó a quienes cometían incesto, lo cual no debiera extrañarnos ya que ambos casos son, inconscientemente, la misma fechoría: la madre deseada por el hijo… ¡es la esposa de otro! El griego Sófocles (495-405 a C), en su famosa tragedia, hace que Edipo se arranque a sí mismo los ojos (símbolos de los huevos) como castigo por haberse cogido a su madre; Friedrich von Schiller (1759-1805), el dramaturgo alemán, en su Don Carlos, nos muestra a Felipe II decidiendo el asesinato de su hijo Carlos por haber seducido a su madrastra, su esposa Isabel de Valois; y en El Burlador de Sevilla, del español Tirso de Molina (1579-1648), el rey de Castilla ordena matar a Don Juan Tenorio (que no se amedrentó por ello) por vivir cogiendo fuera de la Ley:
«¿Hay desvergüenza tan grande? Prendedlo y matadlo luego.»34

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Capítulo II - El deseo atrapado

X ¡Pobre Ingenuo! ¡Qué inhóspita acogida le brindó Francia! No obstante, y a decir verdad, si en lugar de desembarcar en playas cristianas, lo hubiera hecho en tierra de infieles habría padecido igual. Alá es, sin duda, en materia de mujeres, más liberal que sus primos semitas: Jesucristo autoriza a coger con una sola mujer durante toda su vida mientras que él, entre esposas y concubinas, se permite hacerlo con ocho. Es ésta, obviamente, una magnánima dispensa, pero lo cierto es que, de cualquier modo… ¡también impone un límite! (y ni hablar del dudoso placer de mantenerlas). Y, por lo demás… ¡guay de quien cometa adulterio! Árabes, judíos y cristianos soportan, pues, la misma servidumbre: no cogen con cuántas mujeres se les da la gana (y en la posición que más les guste) sino con quien y como… ¡se los permita el Señor que está en los cielos! Y esto sucede porque, como hijos temerosos, no se atreven a sublevarse contra la voluntad del poderoso Padre. El miedo los disuade y se rinden para calmar la ansiedad. Ellos saben que únicamente sometiéndose al ritual del matrimonio podrán disfrutar de la hembra sin temor de represalias, ya que la ceremonia nupcial, como bien lo enseña Freud, significa el permiso para el placer sexual considerado, sino, como pecado35. ¿Qué es el matrimonio?: un permiso para coger. XI El varón que se casa, pues, pide permiso: veniam rogare. Y el permiso se le concede… ¡pero con condiciones! Y muy severas: no coger ni a la madre ni a la hermana, ¡ni tampoco a la madrina! (recordemos al Ingenuo) y,
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además, ser fiel durante toda la vida a su esposa, compartiendo la cama, únicamente con ella, todos los días de la semana, todas las semanas, los meses, los años… ¡siempre! Éste es el trato: he aquí el permiso y he aquí las condiciones. ¡Pues el trato no parece un buen negocio! (al menos uno que pague los gastos). Y no es un buen negocio porque el macho para poder gozar, pacíficamente, de las carnes de la hembra deseada, debe someterse al código de órdenes y prohibiciones que constituye el ritual del matrimonio, y de ese modo y por obra de ese inicuo trato, el placer de coger por el solo placer de hacerlo, la satisfacción de una necesidad natural, simple e inocente como la de comer, beber, cagar o mear, ya que como dice Metrodoro (330-circa 277), el filósofo epicúreo, «todas las cosas buenas hacen referencia al vientre»36, se muda en un vulgar y rutinario trabajo donde el marido, remedando al griego Sísifo, se ve obligado a empujar, sin redención, un peso insoportable… El psicoanalista inglés Ernest Jones (1879-1958), el ilustre biógrafo de Freud, tratando cierta vez de definir el criterio del éxito en el tratamiento psicoanalítico, no encontró noción más precisa que ésta: ¡la liberación del instinto! O dicho lo mismo pero ad litteram:
El libre fluir de positivos sentimientos a través del yo es la contraparte de la disminución de la angustia.37

¡Precisamente la misma libertad que la Ley de judíos, mahometanos y cristianos condena! Aranearum telis leges compares, las leyes son comparables a las telarañas, y la red del ritual del matrimonio atrapa a la pija como a un pájaro cautivo, la limita, la ahoga y le impide alzar el vuelo. Y en esta ominosa trampa se engendran
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Capítulo II - El deseo atrapado

los fracasos más sonados del instinto: la temida angustia, la descorazonante depresión o el intolerable aburrimiento. Aunque, por el testimonio de la señorita de St. Ives, deberíamos agregar, además, que por el deseo frustrado también se puede morir: son âme tuait son corps, su alma mató su cuerpo38. La angustia aparece cuando se traba el libre fluir del impulso animal: el deseo se transforma en ansiedad y la voluptuosidad se malogra. Y es que el instinto, para perseverar en un ser, debe correr como un río impetuoso sin artificiales diques que lo contengan o apacigüen. Sólo así, en el gozoso abandono, se experimenta la gloria del deseo. L’amour est l’absence de la anxieté, el amor es la ausencia de ansiedad. XII Ad summan: siendo el casamiento una imposición de mandatos y prohibiciones que limitan al macho tanto la libertad de su cuerpo como la de sus pensamientos, y siendo la libertad del instinto una condición necesaria para que la pija crezca y se hinche, con el rigor de un silogismo una pregunta se nos impone:
¿no será el matrimonio un ritual que desinfla el deseo?

XIII ¡Por supuesto que sí! Y por eso Don Juan nunca se casó, o lo que es lo mismo… ¡jamás pidió permiso para coger!. Él sólo era leal a la voz de su instinto el cual, vehemente, lo impul43

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saba siempre hacia la concha de la hembra deseada (y así lo afirmó en todos los idiomas):
«Yo quiero poner mi engaño Por obra. El amor me guía A mi inclinación, de quien No hay hombre que se resista. Quiero llegar a la cama.»39

Tampoco aceptaba trabas al libre fluir de su impulso animal:
J’aime la liberté en amour40 «Yo amo la libertad en el amor»

De allí que rechazara, rotundo, las telarañas del ritual del matrimonio:
Love is for the free41 «El amor es para los libres»

Don Juan nunca permitió que nadie le desinflara la pija…

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Índice
Prólogo Capítulo I. Una intrusión odiosa Capítulo II. El deseo atrapado Capítulo III. El ritual Capítulo IV. Pecado y redención Capítulo V. El eterno salvaje Capítulo VI. La marca del esclavo Capítulo VII. Simbolismos Capítulo VIII. El dedo enfermo Capítulo IX. El anillo funesto Epílogo. Final sombrío Notas Guía Bibliográfica 17 19 27 45 51 65 77 89 101 113 133 137 145

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