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El barbero ortodoxo

El barbero ortodoxo

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Published by: Eduardo B. M. Allegri on May 20, 2012
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11/17/2012

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El barbero ortodoxo*
Por Gilbert Keith Chesterton
Esos pensadores que no pueden creer en ningún Dios afirman a menudo que para ellossería suficiente el amor de la humanidad; y quizá podría serlo si realmente lo tuvieran.Hay una cosa perfectamente auténtica que puede llamarse el amor de la humanidad; ennuestro tiempo existe casi enteramente entre la llamada gente ineducada, y no existe enabsoluto entre la gente que habla de ello.Un positivo placer en encontrarse en presencia de otro ser humano es, por ejemplo, denotar en las masas que se reúnen en festejos de la muchedumbre popular, y por eso es por lo que esas masas, a pesar de las apariencias, están mucho más cerca del cielo quecualquier otro sector de nuestra población.Recuerdo haber visto una multitud de muchachas obreras precipitándose a un tren vacíoen una estación campesina apartada. Eran unas veinte; todas ellas se metieron en un cochey dejaron todo el resto del tren enteramente horro. Ése es el verdadero amor de lahumanidad. Ése es el auténtico placer en la inmediata proximidad del prójimo. Pero eseáspero, tosco, auténtico amor de los hombres, parece faltar enteramente en esos que proponen el amor de la humanidad como sustitutivo de todo otro amor; los honorablesracionalistas idealistas.Recuerdo perfectamente la explosión de humana alegría que señaló la súbita arrancada deaquel tren; todas las muchachas obreras para las que no había asiento (y hubo de ser lamayoría) compensaban la incomodidad saltando de un lado para otro. Pues bien, nunca hevisto hacer esto a los racionalistas idealistas. No he visto nunca veinte filósofos modernosaglomerados en un departamento de tercera clase por el mero placer de estar juntos. No hevisto nunca veinte Mr. McCabe todos en un coche y todos saltando de un lado para otro.Algunas personas manifiestan el temor de que los excursionistas vulgares invadan einfesten todos los lugares bellos, tales como Hampstead o las playas de Burnham. Pero sutemor no es razonable, porque esos excursionistas prefieren siempre ir juntos, seacomodan tan próximos unos a otros como pueden; tienen una asfixiante pasión defilantropía.* * *Pero entre los menores y más suaves aspectos del mismo principio, no dudo en colocar el problema del barbero dialogante. Antes de que hombre moderno alguno trate conautoridad acerca del amor a los hombres, insisto (insisto con violencia) en que ese hombredebe sentirse siempre encantado cuando su barbero intente hablarle. Su barbero eshumanidad; ámela, por consiguiente. Si esto no le agrada, no me mostraré dispuesto aaceptar ningún sustitutivo por el estilo del interés acerca del Congo o del futuro de Japón.Si un hombre no puede amar a su barbero al que ha visto, ¿cómo podrá amar a los japoneses, a los que no ha visto?Se alega contra el barbero que comienza por hablar acerca del tiempo; eso mismo hacentodos los duques y las diplomáticos, sólo que éstos hablan acerca del tiempo con presuntuosa fatiga e indiferencia, mientras que el barbero lo hace con asombrosa, diría
 
increíble, lozanía de interés. Se objeta al barbero que dice a la gente que se va a quedar calva. Es decir, sus mismas virtudes se aducen contra él; se le censura porque siendo unespecialista, es un especialista sincero, y porque siendo un comerciante, no es por completo un esclavo. Pero si el lector lealmente tiene algo que oponer a la conversaciónde los barberos, hay un procedimiento de eludirla que puedo fácilmente recomendar y queno rara vez adopto, y es llevar uno mismo todo el peso de la conversación, como en elcaso que voy a referir. La escena siguiente entre mi persona y un barbero humano (así lo presumo) y vivo tuvo realmente lugar hace pocos días.Había sido invitado a una reunión a la que asistirían los Primeros Ministros coloniales, y para evitar que se me pudiera confundir con algún guardabosque surgido del interior deAustralia, fui a una barbería del Strand para que me afeitasen. Mientras estaba padeciendola tortura, el barbero me dijo: —Los periódicos hablan mucho acerca del nuevo procedimiento de afeitarse, señor. Por lo visto puede usted afeitarse por sí mismo con cualquier cosa: con un bastón, o con una piedra, o con una vara, o con un atizador de chimenea (y aquí comencé a percibir unmatiz de entonación sarcástica), o con una pala, o con un...En este punto titubeó en busca de una palabra, y yo, aunque no sabía nada del asunto, leayudé con sugestiones de la misma vena retórica: —O con un abrochador —dije—, o con un trabuco, o con un ariete, o con una biela.Confortado con mi auxilio, el barbero prosiguió: —O con la barra de una cortina, o conun candelabro, o con un… —...salvavidas de una locomotora —sugerí yo con avidez—; y continuamos este extáticodüeto durante un rato.Luego le pregunté de qué se trataba y me lo refirió. Explicó el asunto elocuentemente y por extenso. —Lo curioso es —dijo— que la cosa no es nueva, ni mucho menos. Se ha hablado de ellosiempre, desde que yo era un chico y desde mucho antes. Siempre ha existido la idea deque por algún procedimiento se podría prescindir de la navaja barbera. Pero ninguna delas cosas con que se ha pretendido reemplazarla ha servido para nada y por mi parte nocreo que tampoco ésta sirva. —En cuanto a eso —dije, levantándome lentamente de la silla y empezando a ponerme elabrigo del revés—, no sé lo que sucederá con el nuevo procedimiento de afeitarse.Afeitarse, con todo el respeto que usted me merece, es una cosa trivial y materialista; y enesas cosas se hacen a veces inventos sorprendentes. Pero lo que usted dice me recuerda encierto modo borroso y ensoñador otra cosa. Lo recuerdo especialmente cuando usted medice, apoyado en tan evidente experiencia y sinceridad, que el nuevo procedimiento deafeitarse no es nuevo en realidad. La raza humana, amigo mío, no cesa en ese intento deregatear, de esquivar para hacer todas las cosas enteramente fáciles; pero la dificultad quese elimina en una cosa se desplaza a otra. Si un hombre se ahorra el trabajo de arreglarle aotro la barbilla, supongo que sobre alguien recaerá el trabajo de preparar algún curiosochisme para aplicarlo a la barbilla viril. Sería encantador si pudiéramos quedar afeitados

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