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El Origen de La Sangre Maldita-I

El Origen de La Sangre Maldita-I

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El origen de la Sangre Maldita, un relato por entregas basado en La Marca del Guerrero
El origen de la Sangre Maldita, un relato por entregas basado en La Marca del Guerrero

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El origen de la sangre maldita
Un relato basado en La Marca del Guerrero 
 
El origen de la sangre maldita La Marca del Guerrero
2
PRÓLOGO
La capital estaba tranquila, la noche serena.Beldere se miró en el espejo de metal bruñido a la luz del candelabro. Las llamas titilabanhaciendo que las sombras bailasen juguetonas a su alrededor, pero aquel no era un día para fijarse enlas sombras. Tenía cosas más interesantes que hacer, como por ejemplo salir a la misteriosa y cruelnoche amparado por la oscuridad.Revisó su vestimenta: lino basto sobre lino basto, sujeto por cordones vulgares, y por supuestoese sombrero de paja que le daba un toque aún más de campesino. Aun así no se dio por satisfecho conla revisión y decidió pasar el dedo por el hollín de la recargada chimenea para ensuciarse los pómulos.Sonrió ampliamente y luego se puso bizco frente al espejo mientras imitaba el argot delcampesinado, que no le era del todo desconocido. Varias palabras malsonantes salieron de sus labios ypensó que, si su padre le hubiese atrapado diciendo alguna de ellas, le hubiese esperado un castigomemorable.Se alejó del aparador por fin y se dirigió a la ventana, de la que descendió por la soga que de ellacolgaba. Una vez abajo, no se molestó en intentar una precaria ascensión al muro. Siempre había algúnguardia lo suficientemente dispuesto
es decir, lo suficientemente desesperado
como para abrir unade las numerosas puertas que el servicio utilizaba para ahorrarse toda la vuelta a la muralla, eso sí, acambio de la cantidad indicada de monedas. El dinero no era problema para el joven Beldere.Salió pues, con caminar animado, a las calles de la capital. Nadie le reconoció con ese atuendo yesto le alegró sobremanera. Por un momento temió que alguien pudiera percatarse, que alguien pudierareconocerle, pero las sombras nocturnas estaban de su lado. Recorrió callejas y callejones hasta dar conla posada más lúgubre que encontró, y ésta fue la elegida para ser honrada con su persona por diversasrazones.Al principio, el olor a sudor y cervezas derramadas le obligó a hacer una mueca, pero pronto esegesto se transformó en una sonrisa puesto que, después de todo, era un lugar como aquel el que estababuscando. Se adelantó hasta la barra y allí se sentó en un taburete mohoso. No le importó el evidenteestado de dejadez de aquel sitio y en cambio le hizo sonreír más, puesto que ello daba cierto sabor,cierta suerte de profundidad, a su pequeña aventura.
¿Qué puedo servirte?
dijo el tabernero, echándose al hombro un trapo raído que acababa deusar para limpiar la superficie de madera frente a sí.
Un buen vaso de vino caliente
respondió el joven, que a su vez dejó caer a peso su bolsa demonedas sobre la barra
. Y que sea de los buenos
matizó.No le pasó inadvertida la oleada de miradas que hacia él se dirigieron, con motivo, sin duda, de latintineante bolsa de cuero. Más por el cuero, quizás, que por el oro que probablemente guardara en suinterior. Desde luego, Beldere sabía llamar la atención, y con ello contaba.
 
El origen de la sangre maldita La Marca del Guerrero
3
Pocos de los allí reunidos eran algo más que unos muertos de hambre. Desdichados y necesitadosmiraron aquella bolsa de cuero e imaginaron lo que podía contener. Ninguno de ellos había tenidonunca un objeto de ese material tan preciado, claro que ninguno había comido tampoco carne de liebresilvestre, a lo cual aquel joven estaba harto acostumbrado.El vino le fue servido a Beldere, que en un solo trago dio buena cuenta de al menos la mitad delvaso. El sabor le inundó el paladar de sensaciones que pocas veces le habían sido permitidas. Sinembargo, no había ido a la taberna con la intención de cubrir caprichos gastronómicos. No, en realidadsu visita se debía a algo todavía más banal y, de hecho, mucho menos civilizado.Había varios jugadores en una de las esquinas que habían cesado en su constante repiquetear delanzar los dados, mientras que algunos otros, en una mesa contigua, mantenían las cartas levantadas porpura inercia, sin mirarlas. Cuando Beldere volvió la vista hacia esa parte de la sala, algunos se esforzaronpor simular que seguían jugando, aunque otros no se molestaron en apartar de él sus ojos achicados porla sospecha. No les sorprendía, en sí, la existencia de quien podía llevar una bolsa de cuero y pedir unvino de calidad, sino el hecho de que tal personaje se adentrase en un territorio tan visiblementeprecario para su persona. Beldere miró brevemente los juegos de apuestas que practicaban, pero no lesprestó mayor atención, puesto que tampoco venía a jugar.Ellos no fueron los únicos en darse cuenta de que el joven estaba de más en aquella sucia taberna.Una mujer ya madura, que a base de carmín y otros productos luchaba por mantener la hermosura quesus años la robaban, se acercó a él con evidente intención de prestar sus servicios a cambio de una deaquellas monedas que al joven parecían estorbarle en la bolsa. Pero Beldere también la ignoró a ella,puesto que tampoco había entrado allí para eso.
¿Es que no hay un maldito bardo o siquiera un músico mediocre dispuesto a alegrar estacochiquera?
preguntó Beldere, sin dirigirse a nadie en concreto y a todos a un tiempo.
Debiera el joven adinerado tomarse su vino de un trago y salir de aquí tan rápido como susdignos pies le permitan, antes de que alguien le patee la cabeza por ver si está llena de oro o de serrín
 respondió el tabernero, inclinándose sobre la barra con los hombros crispados.Beldere sintió un cosquilleo de satisfacción, evidentemente aquel hombre le había confundido conel consentido hijo de un comerciante afortunado, y probablemente el resto de los presentes ya no seplantearían otra posibilidad más disparatada. Pero a pesar de su agrado, fingió sentirse visiblementeenojado y matizó sus palabras con un golpe sobre la mesa al decir:
Habrase visto tamaña desvergüenza. Debieras sentirte agradecido de que alguien de calidadhaya tenido a bien dejar que le sirvas, en lugar de tener que servir sólo a una panda de canallas yrufianes como los que acostumbras.Uno de los susodichos rufianes se levantó bruscamente de la mesa, tirando su taburete. Lucía lasmejillas coloradas que delataban su evidente estado de embriaguez. No obstante, la mayoría de lospresentes tenían las mismas o más ganas que él de bregar con aquel deslenguado, a pesar de no estarbebidos.El tabernero, por ser hombre de buen corazón, no quería ver a un zagal que no parecía superar losquince años apaleado por sus habituales parroquianos, por lo que avisó una vez más.
Yo que tú, no tardaría en echar a correr. Los guardias no oyen, o fingen no oír, lo que por estazona ocurre. Nadie vendrá en tu ayuda.

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