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Pensamientos sobre la unidad de las provincias religiosas

Pensamientos sobre la unidad de las provincias religiosas

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05/28/2012

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Unir para distinguir, cristificar para amar 
Compartir con mis hermanos algunos pensamientos sobre el tema de la unidad de las provincias, no me resulta tarea sencilla, pero desde mi experiencia en la vidareligiosa, quiero aportar algunas ideas en este rincón de reflexión, para poder enriquecernos mutuamente en este camino de unión.Empecemos por contextualizar la dinámica en la que estamos inmersos. Si hemosiniciado este proceso de unión, es principalmente por un problema que nos aborda,que nos absorbe y al cual intentamos reaccionar: el problema de la falta devocaciones. Estamos viviendo una época de cambios repentinos, mejor dicho,estamos viviendo un cambio de época. Distintos factores ambientales, han hechocambiar el ecosistema donde estamos inmersos y otros factores, inherentes a nuestraespecie, han hecho que perdamos características propias de nuestra geticacarmelita. Los factores ambientales han cambiando a un ritmo frenético y nuestraespecie no ha sabido evolucionar correctamente para poder adaptarse al ecosistemaen la que vive inmersa.Entre los factores ambientales que han cambiado podemos destacar la opacidadcomunicativa entre Dios y el hombre. En efecto, dentro de un mundo técnicamente perfecto, el hombre se siente solo y abandonado en medio de una sociedad muy fríadesde el punto de vista espiritual. El dejarse encontrar por Dios en medio de estasociedad implica una carrera de obstáculos ambientales que hay que superar.El primer obstáculo es la ausencia de Dios en el horizonte humano, donde el hombrevive como si Dios no existiese, ajeno a la vida personal, y concebido con términosimpersonales y abstractos. También el hombre debe superar la difícil tarea deencontrar puntos de encuentro con Dios, debido a los avatares de la vida cotidianaque impiden tener espacios de silencio, de interiorización, de contemplación...Por tanto, resulta tarea ardua poder escuchar la Palabra reveladora del Dios amor quese revela en el interior del corazón del hombre. Dejarse encontrar por Dios sólo es posible si el sujeto está dispuesto a recibirlo, pero para ello hay que librarse de lacoraza que impide escuchar la voz del Espíritu. Sólo desde un ámbito de interioridad,el Dios trino, toma forma en la vida humana, la interpela y la transforma.Afortunadamente todavía hay espacios de acogida, momentos teofánicos, situaciones privilegiadas para vivir la experiencia de Dios, para dejarse interpelar por la voz delAmado.Otro factor ambiental importante es el problema de la perseverancia. Existe ciertoconflicto entre la cultura moderna y la perseverancia, se subraya fuertemente el valor de la libertad individual, que viene entendida como vida sin compromisosvinculantes, y por tanto contraria a los valores y compromisos de la vida religiosa.
 
También la autorealización amenaza la perseverancia, si la persona no se sienteautorealizada, simplemente cambia de dirección. El resultado de esta mentalidad esque la persona se convierte en superficial, y se pierde la capacidad de optar por unaopción fundamental.Ahora toca la parte difícil, analizar el genoma carmelita, y ver en que modo debemosadaptarnos para no desaparecer, y seguidamente ver que podemos aportar comoespecie al ecosistema en el que nos encontramos.La unión de estructuras conlleva la unión de personas, por eso, permitidme pasar dela estructura a la persona. Quiero usar el principio de “unir para distinguir”, subrayar los valores unitarios para salvar los valores personales.
 
Cada persona es un mundo, y bien lo sabemos nosotros lo difícil que resulta la convivencia con otras personas, pero por encima de todo tenemos un mismo
 propositum,
el obsequio de Jesucristo que nosune y que nos invita a recorrer juntos el camino hacia la cima del monte.Esta unión conlleva una dinámica relacional con “otro hermano”, quizá desconocido, pero que comparte el mismo ideal, que al mismo tiempo nos adentra en una dinámicade confraternización, en una dinámica de amistad. Vamos a empezar juntos un nuevocamino de amistad, donde lo que cuenta es la persona que se une libremente conamor a otro “yo”, que lo interpela con su presencia, creando un “nosotros” que seabre a la dimensión trascendente, que es el fundamento y culmen de cualquier itinerario de amistad.Es en el interno de la comunidad donde las relaciones interpersonales ocupan laconcreta vida cotidiana, y solamente será creíble el Dios que anunciamos, en lamedida en que nuestras comunidades se presenten como comunidades de amistad yde comunión, en las cuales todo el resto es propuesto y todo se vive en función deesto.Quiero retomar la lectura de nuestra Regla como un itinerario de fraternidad yamistad, como un proyecto de vida con un
 propositum
de fondo: la cristificación delcarmelita.La realidad es que la vida consagrada está pasando por una crisis de identidad defrente a las nuevas realidades y provocaciones del mundo, se enfrenta a la realidad dela disminución de vocaciones, al tiempo mismo que el trabajo apostólico impidellevar una calidad de vida interior. Los cambios en el ecosistema han marginado lavida religiosa, y esto exige una evolución, una renovación de la especie .Uno de los elementos fundamentales para la renovación es justamente la vidafraterna. Para poder convertir nuestra comunidad en una escuela de amor, estamosinvitados a no descuidar nuestra relación personal con Dios, y así poder construir verdaderas amistades, corregidas con caridad, para poder crear comunidades llamadasa convertirse en un lugar de formación humana.
 
Como carmelitas debemos tener en cuenta todos los retos presentes y futuros, pero almismo tiempo mirar los tesoros del pasado, y así poder encontrar un equilibrio entrela estabilidad y la renovación, sin perder la identidad de nuestra especie pero almismo tiempo adaptarnos al ecosistema donde vivimos. Al igual que en aquellostiempos cuando fue escrita la Regla, debemos esforzarnos en renovar el propio estilode vida, en crear nuevas formas que respondan a las situaciones socio-culturales denuestra época.Sabemos que el ideal de los primeros carmelitas era la vuelta al carisma primitivo dela Iglesia de Jerusalén, que representa la imagen tipo de toda comunidad cristiana,donde se vive la experiencia de la
koinonia
de un sólo corazón y una sola alma en laescucha de la Palabra, la fracción del pan y en la oración (Hch 2, 42- 48).El oratorio en medio de las celdas, simboliza el valor intencional de salir del propioespacio personal al lugar de comunión, del tú al nosotros, es el lugar donde lafraternidad toma forma. El fraile no se entiende sin una vida de encuentro con el otro,en cuanto parte viva de una fraternidad, sin una experiencia de diálogo, de búsquedacomún donde el amor a Dios y el amor al prójimo se presuponen mutuamente. Unencuentro que está iluminado por la meta de servir a Cristo fielmente y por fidelidada Él, hacerse siervos los unos de los otros.La corrección fraterna es signo no sólo de una fidelidad que juntos buscamos, sinotambién una capacidad de acogida de las caídas del hermano que van corregidas concaridad, e implica un descubrimiento del amor de Cristo que transfigura y nos hacedisponibles.La Regla nos invita a una ascesis personal, a saber vivir en la soledad, pero estasoledad no significa individualismo, sino más bien un encuentro con el otro y con sualteridad. Aceptar la propia soledad nos ayuda a no reducir al hermano a sí mismo, esun abrirse al otro, reconociendo la unicidad del hermano. No es un aislamiento, sinomás bien plenitud, no es una pérdida sino una ganancia preciosa para la escuela defraternidad, fruto de una madurez afectiva. Todos debemos pasar por la escuela de lasoledad que nos ayuda a abrirse y a escuchar al hermano. La interiorización de laPalabra de Dios es el verdadero proceso de transformación de la comunidad, es el permanecer en silencio para que la Palabra diga la suya. El no abundar en palabrassuperficiales e inútiles es una actitud de fondo, que ayuda a la maduración de laconciencia personal y colectiva.Ahora más que nunca, en medio de esta sociedad llena de desigualdades acentuadas por la llamada “crisis económica”, nos incumbe la obligación evangélica de dar testimonio de una vida sobria y pobre en medio de la sociedad consumista. Es unaforma de solidarizarnos con los menores dentro de esta sociedad del bienestar, con lacomunión de bienes, inspirada por la solidaridad cristiana, como único camino defraternización y signo eficaz de una pobreza adecuada.

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