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El Origen de La Sangre Maldita2

El Origen de La Sangre Maldita2

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Capítulo 2 del relato "El origen de la sangre maldita", basado en La Marca del Guerrero"
Capítulo 2 del relato "El origen de la sangre maldita", basado en La Marca del Guerrero"

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06/01/2012

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El origen de la sangre maldita
Un relato basado en La Marca del Guerrero 
 
II.
La biblioteca había quedado destruida, y Beldere podía dar gracias por no habersequedado atrapado entre las llamas. Había logrado salir por la puerta que daba al despachopoco antes de que los guardias hiciesen aparición y había regresado a su cuarto tan rápidocomo había podido. Al menos en principio, nadie sospechaba que podía ser cosa suya.Su padre mandó azotar a uno de los criados al sospechar que podía haber dejado elcandelabro encendido dentro de la estancia. De haber estado seguro, le hubiese ejecutado.Por si fuera poco, el pueblo llano tenía sus propias elucubraciones. Los rumores corríancomo el fuego en un incendio sureño en verano, contradiciéndose y desvirtuándose cadavez más. Se hablaba de si esta familia o aquella otra habían atentado contra la vida de losreyes, de si se habían encontrado huesos carbonizados en la biblioteca e, incluso, de que elfuego era de un color extraño y había tomado la forma de un dragón, achacando el ataquea la brujería.Sea como fuere, la pérdida de la biblioteca era una desgracia inconcebible. No podíaconsentirse que la familia real no tuviese la mejor y mayor colección de libros del reino. Nosólo eran una fuente de sabiduría, sino una muestra de poder. Los libros eran un artículomuy caro, especialmente los antiguos, que hablaban de cosas que ya no existían, cosasdestruidas en la Época del Fuego. Muchos de los libros que se habían quemado no teníancopia alguna y sus conocimientos se habían perdido para siempre.Algunos de los señores del reino no tardaron en enviar ejemplares o copias de suspropias bibliotecas, mostrando sus condolencias por la pérdida y asegurando, de paso, queno tenían nada que ver con aquel destructivo incendio.Una de las familias que tuvo a bien enviar a uno de sus miembros para agasajar alrey con media docena de valiosos libros fue la de los Cublión. Concretamente SamoCublión, que años más tarde sería conocido como el Exterminador de Bárbaros, guardócuidadosamente los manuscritos en un arcón de tamaño mediano. Luego hizo llamar a susobrina, Carleta.Carleta era una mujer de generosa figura, con curvas deliciosamente bien definidas.Su pelo era largo y ondulado, su nariz proporcionada, sus rasgos perfilados. Lo único quepodía decirse en contra del aspecto de Carleta era que cojeaba un poco, debido a una caídade caballo que había sufrido de niña. Pero Carleta había heredado la esencia de los Cublióny convertía cada inconveniente en una oportunidad. Así, aquella mujer era capaz decentrar la atención en su cojera cuando la situación así la propiciaba, para despertarlástima o deseos de protegerla, mientras que la usaba como prueba de su entereza yperseverancia cuando las circunstancias requerían que demostrase su fortaleza.Cuando Samo la vio llegar pensó que, a pesar de que aún era joven, ella seríaperfecta para realizar la tarea. La decisión en su forma de moverse no dejaba lugar adudas: era una mujer que obtenía lo que quería. Esto era lo que el señor de los Cubliónnecesitaba.
 
Carleta, por su parte, miró a Samo con una sonrisa ladeada. Sabía de la atención conla que los hombres vigilaban su cuerpo y disfrutaba de ello con todo el descaro, inclusocuando se trataba de un familiar.- Me alegra verte bien, tío
dijo ella, acercándose y haciendo una inclinación -. ¿Esése el paquete?Carleta no se dedicaba a dar vueltas alrededor de un asunto antes de abordarlo a noser que fuera estrictamente necesario. Su interlocutor asintió, sonriendo.- Es todo un baúl. ¿No será demasiado?- No con tu encanto, querida sobrina
respondió Samo -. Espero sabrás encargartedebidamente de la tarea.- Aunque fuse mi propio padre
contestó ella resuelta.Se decía de los Cublión que siempre esperan el momento adecuado, que guardabansus cartas para sacarlas justo cuando la situación les resultaba más beneficiosa. Losasuntos menores del señorío eran delegados en otros familiares, pero el señor de la casase encargaba de las grandes estratagemas políticas, algunas de las cuales tenían décadasde de antigüedad y habían sido transmitidas de padres a hijos. La paciencia de un Cublión,según el dicho, no conoce límites. En este caso, la decisión de hacer una copia de todos loslibros de su biblioteca, una importante inversión en previsión de que fueran un cebo o unafuente de ingresos en el momento oportuno, había resultado idónea para la ocasión.En un engañosamente modesto carro de caballos, Carleta inició su viaje hacia laCapital, con todos los libros bien guardados en el arcón, escondido en un doble fondo bajosu asiento para asegurarse de que pasase desapercibido en caso de que bandidos de loscaminos decidieran asaltarles.Hicieron bien en ser cautos.En el segundo día de viaje, aún en sus propias tierras, tres ladrones salieron de lasveras del camino, repentinamente, para agarrar las riendas de los caballos que tiraban delcarro. Los animales, frenados, no respondieron a la fusta del conductor, que cesórápidamente en su intento fútil de huir cuando ocho asaltantes más se dejaron ver,rodeando el carro.A pesar de las prohibiciones, llevaban armas y cotas de malla. Carleta Cublión miróal guardia que la escoltaba. Éste se mostró sorprendentemente tranquilo. En realidad, eraun hombre muy sosegado.- No os preocupéis, mi señora. Estos campesinos se echan al camino por el hambre,no por la sed de sangre. No tratarán de haceros daño
la calmó.- ¿Y si lo intentan?
preguntó ella tensándose.- Si lo intentan, les mataré.Los ladrones cerraron el círculo entorno al coche de caballos.

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