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Royo Marin, Antonio - Teologia de La Perfeccion Cristiana 02

Royo Marin, Antonio - Teologia de La Perfeccion Cristiana 02

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06/29/2014

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original

 
LIBRO SEGUNDO
Aspecto positivo
de
la
vida cristiana
223.
Examinado
el
aspecto negativo
de la
vida cristiana,
o
sea,todo aquello
que hay que
rechazar
o
rectificar
en
nuestra marchahacia
la
perfección, veamos ahora
el
aspecto
positivo,
o
sea, todo
lo
que hay que practicar
y
fomentar para llegar
a
las cumbres más altasde
la
unión con Dios.No todos
los
medios tienen
la
misma importancia
ni se
requieren
con
idéntico rigor.
El
siguiente esquema muestra,
en
sintéticavisión de conjunto, la jerarquía de esos valores y,
a la
vez,
el
caminoque vamos
a
recorrer
en las
páginas siguientes:
.
Medios fundamentales para
el
aumento
y
des-"arrollo
de la
vidade
la
gracia
fA)
Ex opere opera-
to:
Los
sacramentosPenitencia.Eucaristía.
.
_
J Sacramento.I Sacrificio.B)
Ex
opere operan-
tis.
\
Voluntad.El ejercicio
de
las virtudesinfusas
y
dones
del Es
píritu Santo.La vida de oración.rPresencia
de
Dios,f Entendimiento..
.
J
Examen
de
concien-L
cia.
'Psicológicos.
.
.\
("Natural: Energía
de
carácter.Deseo de
la
perfección.
^„^„„„t,
Conformidad
f
INTERNOS.-!
bobrenatu-^
con h
^^
tad de Dios.Fidelidad
a la
gracia.
Fisiológico:
Mejora
del
propio temperamento.Plan
de
vida.Lectura espiritual.Amistades santas.El apostolado.Dirección espiritualSobrenatu-,rales..
. .
EXTERNOS
.
.
Apéndice.
—El discernimiento
de los
espíritus.
L.
II. C. I. LOS
SACRAMENTOS
415
/.
MEDIOS FUNDAMENTALES PARA
EL
AUMENTO
Y
DESARROLLO
DE LA
VIDADE
LA
GRACIA
Son
de dos
órdenes:
los
sacramentos,
que
aumentan
la
gracia
ex opere operato,
y la
práctica
de las
virtudes
y
dones, juntamentecon
el
desarrollo progresivo
de la
vida
de
oración, que producen
su
efecto santificador
ex
opere operantis.
Examinemos ampliamente cada
una de
estas cosas.
CAPITULO
I
Los sacramentos
S.TH.,
111,84-90; Suppt.
1-16;
SCARAMELLI,
Directorio ascético
1,8;
RIBET,
Vascétiquechrétiennec.45;
MAHIEU,
Probatio charitatis
n. 124-28;
GARRIGOU-LAGRANGE,
Tres
edades
II-13;
TANQUEREY,
Teología ascética
n.262-69;
SCHRIJVERS,
Principios...
II p.2.* c.6 a.3;
COLUMBA
MARMION,
Jesucristo, vida del alma
4;
Jesucristo, ideal del monje
8;
BEAUDENOM,
Práctica progresiva de la
confesión
y
de la
dirección;
PHI"LIPON, LOS
sacramentos
en la vida cristiana
(BuenosAires 1950).
224.
Remitimos
al
lector
a las
breves nociones sobre
la
teoríageneral sacramentaría que hemos dado más arriba (n.102). Aquí vamos
a
insistir únicamente
en
los dos sacramentos que reciben continuamente los fieles:
la
penitencia
y la
Eucaristía. Tres
de
los otroscinco—el bautismo,
la
confirmación
y el
orden sacerdotal—no pueden recibirse más que una sola vez
en la
vida por razón del
carácter
permanente
que
imprimen.
Y los
otros dos, ordinariamente,
no se
reciben tampoco más que una sola vez; aunque
en
absoluto podríanrecibirse
en
distintos peligros
de
muerte (extremaunción)
o en
posteriores nupcias, roto
o
disuelto
el
vínculo anterior por
la
muerte
de
uno
de
los cónyuges (matrimonio).Veamos, pues,
la
manera
de
sacar
el
máximo rendimiento posible
de la
digna recepción
de
esos dos grandes sacramentos que pueden reiterarse infinitas veces
a
todo
lo
largo
de la
vida cristiana:
la
penitencia
y la
Eucaristía.
 
416
r. III.
DESARROLLO NORMAL
DE LA
VIDA CRISTIANA
ARTICULO
i
EL
SACRAMENTO
DE LA
PENITENCIA
Omitimos aquí todo
lo
relativo
al
modo
de
obtener
el
perdón
de los
pecados graves,
al
precepto eclesiástico
que
obliga
a su
recepción anual
y
otras cosas semejantes, cuyo estudio pertenece
s
bien
a los
moralistas.Nos fijamos únicamente
en la
confesión sacramental como medio
de
adelantar
en la
perfección.i. Valor substantivo
del
sacramento
de la
penitencia
225.
Error funesto sería pensar
que la
confesión sacramentalse ordena únicamente
a la
absolución
de las
faltas cometidas
o a una
simple disposición previa para mejor recibir
la
Eucaristía.
El
sacramento
de la
penitencia tiene
en sí
mismo,
e
independientemente
de
los demás,
un
gran
valor substantivo
y una
eficacia extraordinaria
en
orden
al
aumento
y
desarrollo
de la
vida cristiana.Como
es
sabido,
los
sacramentos aumentan
la
gracia
(si la
encuentran
ya en el
alma)
con
eficacia
de
suyo infalible
(ex
opere operato).
En este sentido, como instrumentos
de
Dios aplicativos
de los mé
ritos
de
Cristo,
los
sacramentos tienen virtud
ilimitada
para santificar a
los
hombres. Pero
de
hecho,
en la
práctica,
la
medida
de
esteefecto santificador está
en
proporción
con las
disposiciones
(ex
opereoperantis)
del que
recibe
el
sacramento.
No
porque estas disposiciones sean
concausa
de la
producción
de la
gracia
(que
proviene exclusivamente
de
Dios), sino porque actúan como previa
disposición
ma
terial
i; de
manera semejante—advierte
un
teólogo contemporáneo
2—
a
como,
en el
orden físico,
el sol
calienta
más el
metal
que
el barro, porque
el
metal
es
mejor conductor
del
calor.
De ahí que
interese grandemente
en
Teología espiritual
el
estudio
de
estas disposiciones,
que
admiten
en la
práctica grados variadísimos,
con elfin
de lograr
el
máximo rendimiento santificador
en la
recepción
de
los sacramentos.
2.
Disposiciones para recibirlo fructuosamente
226.
Las
disposiciones para recibir
con el
máximo fruto
el sa
cramento
de la
penitencia
son de dos
clases:
habituales
y
actuales.
A) Disposiciones habituales.—Las principales
son
tres,
que
coinciden
con el
ejercicio
de las
tres virtudes teologales:
a)
ESPÍRITU
DE
FE.—El
tribunal
de la
penitencia
es el
tribunalde Cristo.
Hemos
de
verle
a El en la
persona
del
confesor,
ya que
1
«Quasi dispositio materialis», dice expresamente Santo Tomás
(cf.
IV
Sent.
d-4 q.2
a.3 q.*2 ad 1).Cf.
BILLOT,
De
Ecclesia Sacramentis
(Roma 1900)
t.i
p.Q2.
L.
II. C. I. LOS
SACRAMENTOS
417
está
en su
lugar
y
ejerciendo
los
poderes
que de El ha
recibido (lo.
20,
22-23). Tenían razón
los
fariseos
al
decir
que
sólo Dios puede perdonar
los
pecados
(Le.
5,21).
De
donde hemos
de
estar prontos
a
aceptar
los
santos consejos
del
confesor como
si
provinieran
del
mismo Cristo.
El
confesor,
por su
parte, recuerde
la
sublime dignidadde
su
ministerio
y
ejérzalo
con el
temor
y
reverencia
que
exige
su
condición
de
legado
de
Cristo:
pro
Christo ergo legatione fungimur
(2
Cor.
s,20).
b)
MÁXIMA CONFIANZA.—Es
el
tribunal de la misericordia,
el
único
en el que
siempre
se
absuelve
al reo
con tal de que
esté sinceramente arrepentido.
Por eso, al
confesor
no se le
llama juez, sino
padre.
De
donde
el
confesor debe revestirse, como Cristo,
de
entrañas
de
misericordia,
y el
penitente
ha de
acercarse
a él con el
corazóndilatado
por la
confianza
más
absoluta
y
filial.
c)
AMOR
DE DIOS.—Cada
vez s
intenso,
que
excluya
el
afecto
a
cualquier pecado
por
mínimo
que sea y
excite
en
nuestras almassentimientos
de
verdadera
contrición
por los que
hemos tenido
la
desdicha
de
cometer.B) Disposiciones actuales.—Ante todo, hemos
de
acercarnosal tribunal
de la
penitencia
en
cada caso como
si
aquélla fuese
la úl
tima confesión
de
nuestra vida, como preparación inmediata parael viático
y el
juicio
de
Dios.
Hay que
combatir
con
energía
el
espí
ritu
de
rutina,
no
confesándose
por
mera costumbre
de
hacerlo cadatantos días, sino poniendo
el
máximo empeño
en
conseguir,
con la
gracia
de
Dios,
una
verdadera conversión
y
renovación
de
nuestraalma.Examinemos ahora
las
disposiciones fundamentales
en
cada
uno
de
los
momentos
o
condiciones
que se
requieren para hacer
una
buena confesión.
a)
EL
EXAMEN
DE
CONCIENCIA.—Hay
que hacerlo con la máxima sin
ceridad
y
humildad,
con el
ánimo sereno
e
imparcial,
sin
excusar nuestrosdefectos
ni
empeñarse escrupulosamente
en ver
faltas donde
no las hay.
El tiempo
que hay que
dedicarle
es muy
vario, según
la
frecuencia
de
las confesiones,
la
índole
del
alma
y el
grado
de
perfección
en que se en
cuentra.
Un
medio excelente
de
simplificar este trabajo
es
hacer todos
los
días
el
examen
de
conciencia, anotando—con signos convencionales
que
prevengan
las
indiscreciones—lo
que
haya
de
someterse
al
tribunal
de la
penitencia. Haciéndolo
así,
bastan unos momentos para hacer
el
resumenmental antes
de
acercarse
al
confesor. Este procedimiento tiene, además,la ventaja
de
descargar
la
memoria durante
la
semana
y
suprimir
la
inquietud
que el
olvido
de
algo
que no
recordamos
nos
podría acarrear.Pero téngase especial cuidado
en no
perderse
en una
multitud
de
detalles nimios.
Más que el
numero exacto
de las
diatracciones
en la
oraci&i,interesa averiguar cuál
es la
causa
de
haber estado
tan
distraído.
Son las
torcidas disposiciones
del
alma
las que
urge enderezar;
y
esto
se
consiguemucho mejor atacando directamente
sus
causas
que
averiguando
el
número
7'coi.
de la
Pctfec
14
 
418
P. III.
DESARROLLO NORMAL
DE LA
VIDA CRISTIANA
exacto
de las
manifestaciones exteriores
de
aquel fallo
3
.
Esto
se
entiende,naturalmente,
de las
faltas veniales; porque, tratándose
de
pecados graves,habría
que
precisar
su
número
con
toda exactitud
o con la
máxima aproximación posible.
b)
LA
CONTRICIÓN
DE
CORAZÓN.—Es
la disposición fundamental, jun
to
con el
propósito
de
enmienda, para sacar
el
mayor fruto posible
de la
recepción
del
sacramento.
Su
falta absoluta haría
sacrilega
la
confesión—sifuera
con
advertencia—o haría
inválida
la
absolución—por falta
de
materiapróxima—aun recibida
de
buena
fe
4
. Entre personas piadosas
que se
confiesan casi siempre
de
faltas leves,
es
más fácil
de lo que se
cree
la
invalidezde
la
absolución
por
falta
de
verdadero arrepentimiento, ocasionado
por la
misma insignificancia
de
esas culpas
y el
espíritu
de
rutina
con que se
confiesan de ellas.
Por eso, en
orden
al
valor
de la
absolución,
es
preferibleno acusarse
de las
faltas ligeras
de las que no se
tenga valor
de
evitarlas
a
todo trance—ya
que no es
obligatoria
la
acusación
de las
faltas veniales,y serla irreverencia
y
gran abuso acusarse
sin
arrepentimiento
ni
propósitode enmienda—, haciendo recaer
el
dolor
y
propósito sobre algún pecadograve
de la
vida pasada
del que se
vuelva
a
acusar
o
sobre alguna falta
ac
tual
de la que se
duele
de
verdad
y
trata seriamente
de no
volverla
a co
meter.La intensidad
del
arrepentimiento, nacido sobre todo
de los
motivosde
perfecta contrición,
estará
en
razón directa
del
grado
de
gracia
que el
alma recibirá
con la
absolución sacramental.
Con una
contrición intensísimapodría obtener
el
alma
no
solamente
la
remisión total
de sus
culpas
y de la
pena temporal
que
había
de
pagar
por
ellas
en
esta vida
o en el
purgatorio,sino también
un
aumento considerable
de
gracia santificante,
que la
haríaavanzar
a
grandes pasos
por los
caminos
de la
perfección. Téngase
muy
presente que, según
la
doctrina
del
Angélico Doctor,
al
recobrar
la
graciael pecador
en el
sacramento
de la
penitencia
(o
fuera
de él, por la
perfectacontrición
con
propósito
de
confesarse),
no
siempre
la
recibe
en el
mismogrado
de
antes,
sino
en
igual, mayor
o
menor
según
sus
disposiciones actua
les
5
.
Es,
pues,
de la
mayor importancia procurar
la
máxima intensidadposible
en el
arrepentimiento
y
contrición para lograr recuperar
el
mismogrado
de
gracia
o
quizá mayor
que el que se
poseía antes
del
pecado.
Y
estamisma doctrina vale también para
el
aumento
de la
gracia
cuando
el
alma
se
acerque al sacramento ya en posesión
de la
misma. Nada, pues,
ha
de procurarcon tanto empeño
el
alma
que
quiera santificarse como esta intensidad
de
contrición nacida
del
amor
de
Dios,
de la
consideración
de su
infinita bondad
y
misericordia,
del
amor
y
sufrimientos
de
Cristo,
de la
monstruosaingratitud
del
pecador para
con un
Padre
tan
bueno,
que nos ha
colmadode incomprensibles beneficios,
etc.
Pero bien persuadida
de que
esta graciade
la
perfecta
e
intensa contrición
es un don de
Dios
que
sólo puede impe-
3
Reléanse
a
este propósito las excelentes páginas
de
TISSOT
en su
preciosa obra
La
vidainterior simplificada
p.3.*
1.2
c.6-10,
que
recogemos,
en
parte,
en
otro lugar de esta obra(cf. n.486).
4
Sabido
es
que—como enseña Santo Tomás (111,84,2)—la
materia próxima
del
sacramento
de la
penitencia
no son
los
pecados
del
penitente (materia remota), sino
los
actos
con
que
los
rechaza (contrición, confesión
y
satisfacción).
Las
formas sacramentarías recaen
di
rectamente sobre
la
materia
próxima,
no
sobre
la
remota.
De
donde, cuando falta
la
materia
próxima—
aunque
sea
inculpablemente—,
no hay
sacramento.
5
fie
aquí
sus
propias palabras: «Acontece, pues,
que h
íntt-muí
!J<
i
<U)
aií.p¿hí¡«
I
untofkí pétateme
es,
a
veces, proporcionado a una mayurgíacia que'aquella de ia que cayó por
e!
pecado;
a
veces,
a
igual;
y a
veces,
a
menor.
Y
por
lo
mismo
el
penitente
se
levanta
a
veces
con mayor gracia que la que tenía antes;
a
veces, con igual;
y a
veces, con menor. Y
lo
mismohay
que
decir
de
las virtudes
que
dependen
y
siguen
a la
gracia» (111,89,2).L.
II. C. I. LOS
SACRAMENTOS
419trarse
por vía de
oración,
se
humillará profundamente ante
la
divina Majestad, implorándola
con
insistencia
por
intercesión
de
María, Mediadora
de
todas
las
gracias.
c)
EL
PROPÓSITO
FIRME.—Por
falta
de él
resultan
inválidas
—cuandomenos—gran número
de
confesiones, sobre todo entre gente devota
y ru
tinaria.
Hay que
poner suma diligencia
en
este importante punto. Paraello
no nos
contentemos
con un
propósito general
de no
volver
a
pecar,demasiado inconcreto para
que
resulte eficaz.
Sin
excluir
ese
propósitogeneral, tomemos, además,
una
resolución clara, concreta, enérgica,
de po
ner
los
medios para evitar
tal o
cual falta
o
adelantar
en la
práctica
de una
determinada virtud. Hagamos recaer sobre
esa
resolución
una
mirada
es
pecial
en el
examen diario
de
conciencia
y
démosle cuenta
al
confesor,en
la
próxima confesión,
de
nuestra fidelidad
o
flaqueza. ¡Cuántas confesiones
de
gente piadosa resultan inválidas
o
poco menos
que
inútiles
por
no tener
en
cuenta estas cosas
tan
elementales!
d)
LA
CONFESIÓN
DE
BOCA.—Santo
Tomás—
Suppl.
9,4—examina y
justifica
las
dieciséis
cualidades
que
señalaban
los
antiguos
a la
perfecta acusación
de los
pecados, contenidas
en los
siguientes versos:«La confesión
sea
simple, humilde, pura, fiel,frecuente, clara, discreta, voluntaria,
sin
jactancia,íntegra, secreta, dolorosa, pronta,fuerte, acusadora
y
dispuesta
a
obedecer».No todas estas condiciones revisten
la
misma importancia, aunqueninguna
de
ellas deja
de ser
útil.
Las
principales
en
orden
al
máximo rendimiento santificador
son las
siguientes:
1.
a
Profundamente humilde.
—El penitente
ha de
reconocer rendidamente
sus
miserias,
y ha de
empezar
a
repararlas aceptando voluntariamente
la
propia abyección ante
los
ojos
del
confesor.
De ahí que
cometenuna gran torpeza
y
equivocación las personas que,
al
caer
en
una falta humillante, buscan otro confesor para
que el
propio
y
ordinario
no
sospechenada
ni
pierdan prestigio ante
él. Es
imposible
que con
este proceder
tan
humano
e
imperfecto reporten
el
debido fruto
de la
absolución sacramental.Jamás darán
un
paso
en la
perfección almas
que
conserven todavía
tan
arraigado
el
amor propio
y
andan
tan
lejos
de la
verdadera humildad
de
corazón.Muy
al
contrario obran
los que
desean santificarse
de
veras.
Sin
faltar
a
la verdad, exagerando voluntariamente
la
calidad
o el
número
de sus pe
cados—lo
que
sería
una
verdadera profanación
del
sacramento—, procuranacusarse
de
ellos
de la
manera
más
vergonzosa
y
humillante posible.
No so
lamente
no los van
«coloreando
por que no
parezcan
tan
malos,
lo
cualmás
es
irse
a
excusar
que a
acusar»—como lamenta
San
Juan
de la
Cruzen ciertos principiantes
6
—, sino «más gana tienen
de
decir
sus
faltas
y
pecados,
o que los
entiendan,
que no sus
virtudes;
y así se
inclinan
mas
a tratar
su
alma
con
quien
en
menos tiene
sus
cosas
y su
espíritu»
7
.
Sin
estos sentimientos
de
profunda
y
sincera humildad, apenas
se
puede conseguir verdadero fruto
de la
confesión sacramental
en
orden
a la
perfección cristiana.
2.*
Integra.
—No
nos
referimos aquí
a la
integridad
en la
acusación
de
la especie
y
número
de los
pecados mortales—absolutamente indispensable«
Cf.
Noche obscura
1,2,4-
Debe leerse íntegro
este
magnífico capítulo acerca
de la
soberbiade los principiantes/
'
Ibid., n.7.

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