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H P Lovecraft - LA BESTIA EN LA CUEVA

H P Lovecraft - LA BESTIA EN LA CUEVA

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H. P. L
OVECRAFT
LA BESTIA EN LA CUEVA
 
 La bestia en la cuevaH. L. Lovecraf
LA BESTIA EN LA CUEVA – Howard Phillips Lovecraft (1890 -1937)Texto de dominio público.Edición Electrónica:
El Trauko
Versión 1.0 - Word 97Texto digital # 50Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Chile por cumplirse más de 50 años de la muerte de suautor. Sin embargo no todas las leyes de Copyright son iguales en los diferentes países del mundo.Infórmese de la situación de su país antes de la distribución pública de este texto. Todas las formas de redistribución digital o de impresión quedan autorizadas en aquellos países en elcual este texto es de dominio público siempre que en las mismas se incluya el siguiente aviso:
La Biblioteca de El Trauko
http://www.fortunecity.es/poetas/relatos/166/http://go.to/traukotrauko33@mixmail.comChile - Enero 2000
 
Gentileza de El Traukohttp://go.to/trauko
LA BESTIA EN LA CUEVA
H. P. Lovecraft
La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual eraahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberínticorecinto de la caverna de Mammoth. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mirazón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita luz del día, ni de pasear por los agradables valles y colinas del hermoso mundo exterior. La esperanza se había desvanecido. Apesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filosóficos, obtuve una satisfacciónno pequeña de mi conducta desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvajefrenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino quepermanecí tranquilo tan pronto como comprendí que estaba perdido.Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable quehubiese vagado hasta más allá de los límites en los que se me buscaría. Si había de morir —reflexioné—,aquella caverna terrible pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.Mi destino final sería perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sabía que algunos se habíanvuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabaría yo así. Yo solo era el causante de midesgracia: me había separado del grupo de visitantes sin que el guía lo advirtiera; y, después de vagar durante una hora aproximadamente por las galerías prohibidas de la caverna, me encontré incapaz devolver atrás por los mismos vericuetos tortuosos que había seguido desde que abandoa miscompañeros.Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable delas entrañas de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medité sobre lascircunstancias exactas en las que se produciría mi próximo fin. Recordé los relatos que había escuchadosobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas titánicas, por ver deencontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterráneo, cuya temperatura era uniforme,para su atmósfera e impregnado su ámbito de una apacible quietud; en vez de la salud, habíanencontrado una muerte extra y horrible. Yo haa visto las tristes ruinas de sus viviendasdefectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me había preguntado qué clase deinfluencia ejercía sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta cavernainmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con lóbrego humor, había llegado mi oportunidad de comprobarlo;si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo.Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto quese desvanecían en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que —apelando a toda la fuerza de mis pulmones— proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de quemi clamor atrajese la atención del guía. Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no teníanobjeto y que mi voz —aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto queme rodeaba— no alcanzaría más oídos que los míos propios.Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar queescuchaba el suave ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna.¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mishorribles aprensiones? ¿Se habría dado cuenta el guía de mi ausencia no autorizada del grupo y seguiríami rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en miimaginación, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible,cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siemprehabía sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajoa mi confuso la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningúnser humano mortal. Los pasos del guía, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena deaquella región subterránea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo,
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