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RANCIERE, Jacques - En Los Bordes de Lo Politico

RANCIERE, Jacques - En Los Bordes de Lo Politico

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A través de análisis de nuestro tiempo sobre el término de las desventuras igualitarias y comunitarias, el triunfo de la
democracia liberal, el fin de las ideologías, el fin de la política o de la historia,Ranciere intenta llegar al reexamen de la intervención política de la filosofía, y del estatuto de la actividad llamada política.
A través de análisis de nuestro tiempo sobre el término de las desventuras igualitarias y comunitarias, el triunfo de la
democracia liberal, el fin de las ideologías, el fin de la política o de la historia,Ranciere intenta llegar al reexamen de la intervención política de la filosofía, y del estatuto de la actividad llamada política.

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07/02/2013

 
www.philosophia.cl /Escuela de Filosofía Universidad ARCIS
1
 
EN LOS BORDESDE LO POLITICO
 Jacques Rancre
Traducción: Alejandro Madrid-Zan y José Grossi
 
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INTRODUCCION
Hablar de los bordes de lo político no compromete aparentemente a nada muypreciso o actual. La leyenda de lo político sitúa sus comienzos siempre en algúnborde, del Tíber al Neva, para encallarle en algún otro, de Siracusa al Kolyma.Riberas de los ríos de la fundación, orillas de los ríos de la refundación,precipicios de ruina u horror. Algo esencial debe contener este paisaje para que lapolítica se haya obstinadamente representado en él. Sabemos que la filosofía hatomado parte destacada en esta obstinación; sus pretensiones respecto a la políticapueden resumirse bastante bien a través de este imperativo: para arrancar a lapolítica del peligro que le es inmanente es necesario arrastrarla sobre seco,instalarla en tierra firme.La totalidad de la empresa política platónica puede ser pensada como unapolémica antimarítima. El
Gorgias
insiste en ese punto : Atenas está enferma de supuerto, de la predominancia de una empresa marítima en que la supervivencia yel lucro son los únicos principios. La política empírica - entiéndase, el hechodemocrático - se identifica al reino marítimo de esos deseos de posesión querecorren los mares, exponiéndose simultáneamente al vaivén de las olas y labrutalidad de los marinos: el gran animal popular, la asamblea democrática de lapolis imperialista podría ser representado como un trirreme de marinos ebrios.Para salvar la política hay que arrastrarla sobre tierra de pastores.Como sabemos por la discusión con que se inicia el Cuarto libro de las
Leyes
, losochenta estadios que separan la ciudad de Clinias de su puerto parecendemasiado escasos al Ateniense. Sólo la existencia de algunas montañas en sucontorno impide que esta proximidad haga desesperada la empresa de fundación.Y es que estamos siempre demasiado cerca del
almuron
, del olor salobre. El marhiede. Y no a causa del limo. El mar huele a marino, huele a democracia. El trabajode la filosofía consiste en fundar una política distinta, una política de conversiónque vuelva las espaldas al mar.Esto es antes que nada un asunto de puesta en escena, un desplazamiento deimágenes: caverna y montaña en lugar de mar y tierra. Antes de hacernosdescender en la célebre caverna, Sócrates nos ha hablado abundantemente detrirremes, marinos incorregibles y pilotos impotentes. Ya en la caverna diremosadiós a este paisaje marino, seductor y fatal. La caverna es el mar conducido bajotierra, privado del resplandor de su prestigio: en lugar del horizonte oceánico, elencierro; hombres encadenados sustituyen al banco de remeros; la opacidad de lassombras contra el muro, el reflejo de la luz sobre las olas. Precediendo laoperación en que se libera al prisionero y se le invita a conversar encontramos esaotra y primera metaforización que consistía en enterrar el mar, secarlo, en privarle
 
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de sus reflejos, en cambiar la naturaleza misma del reflejo. Violencias de las que,como sabemos, el mar se vengará. De ahí la paradoja de esta empresa: paraconducir la política al elemento firme del saber y el coraje se hace necesarioabordar las islas de la refundación y atravesar nuevamente el mar, entregando alcapricho de mareas y marinos los planos de la refundada ciudad de pastores.Tal podría ser el primer objetivo de este anuncio no comprometedor, de esteanuncio sin promesa: indicar algunos lugares y caminos de reflexión en torno aesta figura de los bordes que no ha cesado de acompañar al pensamiento de lopolítico, como también sobre esa vieja y siempre actual posición de la filosofía - alborde de lo político - vinculada a la idea de un alejamiento del borde fatal, de uncambio de rumbo; conversión que no ha cesado de acompañar, de maneraparlanchina o silenciosa - digamos silenciosamente parlanchina - la reflexión, lairreflexión, o la distracción de la filosofía frente a lo político desde la
metanoia
 griega hasta la
Kehre
alemana.Empero, se ha hecho patente a la vez que la actualidad podía proporcionar a esainterrogante una nueva significación. Mil discursos, sabios o profanos, anuncianhoy el fin de la edad en que la política erraba de costa a costa. Y se diceterminado, asimismo, el tiempo en que los filósofos legisladores pretendíanreinstalarla en su terreno, arriesgando conducirla a nuevos precipicios: la políticaabandonaría hoy, finalmente, el territorio de los bordes - los bordes del origen odel precipicio - en que la enclaustraba la tutela filosófica. Libre, de ahora enadelante ésta se desplegaría en el espacio sin orillas de su propia supresión. El finde la política sometida sería también el fin de la política misma. Vivimos, se dice,el fin de las divisiones políticas, de los desgarramientos sociales y de losproyectos utópicos. Hemos entrado en la época del esfuerzo productivo común yde la libre circulación, del consenso nacional y la competencia internacional. Enlugar de islas utópicas y milenarismos, la tardía sabiduría de nuestro tiempopropone paraísos terrestres más accesibles, plazos más próximos: el Centro oEuropa, 1993 o el año 2000.Sin embargo, y considerándola más detenidamente, esta temática ofrece algunassorpresas. Así, el notable norteamericano que anunciara con tanto ruido que ennuestra época se situa el fin de la historia nos advierte, con más modestia, que esefin es el mismo que proclamara Hegel en 1807, a riesgo de dejarnos en laindecisión: ese intervalo particularmente denso, los dos siglos que demorara lahistoria en consumar su muerte, obedecerán, acaso, a la siempre lenta eliminaciónde las supervivencias o bien al error funesto del exégeta Marx, que no viera en lapromesa hegeliana el anuncio del fin de la historia, sino el fin de su prehistoria?Podríamos limitarnos simplemente a sonreír ante la prisa con que los gestionariospolíticos anticipan el momento en que, acabada la política, podrán finalmente

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