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Catherine Coulter - Serie-Novias-01- La Novia de Sherbrooke

Catherine Coulter - Serie-Novias-01- La Novia de Sherbrooke

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Catherine Coulter 
La Novia de Sherbrooke
Con el desbordante humor que la caracteriza, Catherine Coulter narra losaccidentados amores de Douglas Sherbrooke y Alexandra Chambers. Aunque estánhechos el uno para el otro, el comienzo de su relación no puede ser más azaroso.Douglas, conde Northcliffe, decide que necesita un heredero a corto plazo, y enconsecuencia una esposa. La elegida es la hermana mayor de Alexandra, pero unamisión al servicio de su país, Gran Bretaña, obliga a Douglas a ausentarse duranteun tiempo, y la boda debe celebrarse por poderes. En un enredo propio del mejor vodevil, las cosas toman un rumbo muy distinto del planeado.
 
La novia de SherbrookeCatherine Coulte
1
Northcliffe Halkl Cerca de New Romney, InglaterraMayo de 1803
-
La vi anoche, ¡la novia virgen!
-
Oh, no. ¿En serio, Sinjun? ¿Juras que viste al fantasma?Se oyeron jadeos de asombro y dos gritos nerviosos en los que se mezclabanla excitación y el miedo.
-
Sí, tenía que ser la novia virgen.
-
¿Te dijo ella que era virgen? ¿Dijo algo? ¿No te asustaste? ¿Era blancacompletamente? ¿Gimió? ¿Parecía más muerta que viva?Sus voces se hicieron más débiles, pero él siguió oyendo jadeos de asombroy las risitas que se alejaban de la puerta abierta de su gabinete.Douglas Sherbrooke, conde de Northcliffe, cerró la puerta con firmeza y sedirigió a su escritorio. ¡Aquel maldito fantasma! Se preguntó si los Sherbrookeestarían condenados a soportar las increíbles historias sobre aquella desgraciadadoncella por toda la eternidad. Miró la pulcra pila de papeles, suspiró, luego tomóasiento y dejó que su mirada se perdiera en el vacío.El conde frunció el entrecejo. Era cosa que solía hacer en aquellos días,porque estaban siempre encima de él, no le dejaban en paz un momento, ni un solosegundo. No cesaban de recordarle, con tono tan amable como insistente, día trasdía, e introduciendo ligeras variaciones, que debía casarse y dar un heredero alcondado. Estaba envejeciendo, a cada minuto que transcurría iba perdiendovirilidad, una virilidad que, según ellos, estaba malgastando, puesto que de susemilla nacerían futuros Sherbrooke, y esa maravillosa semilla debía utilizarselegítimamente y no esparcirse al azar por ahí, como advertía la Biblia.Cumpliría treinta años el día del arcángel San Miguel, le recordaban todosesos tíos, tías, primos y viejos criados que lo conocían desde que había salidochillando del vientre de su madre y todos aquellos infames y burlones amigos suyosque, en cuanto captaron la idea, se dedicaron con entusiasmo a soltarle susimpertinencias. El conde los miraba a todos con ceño, igual que ahora, y les decíaque no iba a cumplir treinta años el día del ancángel San Miguel, sino veintinueve, yque, por tanto, ese día, en ese momento, tenía veintiocho y que, por amor de Dios,era mayo todavía, no septiembre. Apenas había transcurrido el año; ni siquiera sehabía acostumbrado a decir que tenía veintiocho en lugar de veintisiete. A él no leparecía una edad excesiva, tan sólo suficiente.El conde miró el reloj de oro que había sobre la repisa de la chimenea.¿Dónde estaba Ryder? Maldita sea, su hermano sabía perfectamente que susreuniones se celebraban siempre el primer martes de cada trimestre, allí, en elgabinete privado de Northcliffe may, a las tres en punto. Por supuesto, el hecho deque el conde hubiera iniciado aquellas reuniones trimestrales hacía nueve meses,cuando concluyó su servicio en el ejército, justo después de la firma de la Paz de Amiens, no era excusa para que Ryder llegara tarde a su tercera reunión. No, habríade censurar a su hermano, por mucho que el administrador de Douglas, Leslie
2
 
La novia de SherbrookeCatherine Coulte
Danvers, un joven de hábitos industriosos y fastidiosa memoria, había tenido querecordarle al conde una hora antes la reunión con su hermano.La súbita visión de Ryder irrumpiendo en la habitación con el pelo revuelto,oliendo a cuero, a caballo y a mar, vivaz como el viento, mostrando sus blancosdientes y casi puntual (sólo pasaban cinco minutos de la hora) hizo olvidar al condesu ira. Después de todo, Ryder se acercaba también a una edad importante. Estabaa punto de cumplir los veintiséis.Debían mantenerse unidos.
-
¡Dios, éste es un bonito día, Douglas! He estado cabalgando con Dorothypor los riscos, no hay nada comparable, te lo digo yo, ¡nada! – Ryder se sentó, cruzólas piernas enfundadas en ante y obsequió a su hermano una vez más con susonrisa de dientes blancos.Douglas balanceó la pierna que tenía doblada.
-
¿Has conseguido mantenerte encima del caballo?La sonrisa de Ryder se hizo aún más amplia. De cerca, sus ojos parecíanalgo borrosos. Tenía la mirada de un hombre ahíto, mirada con la que el conde seestaba familiarizando, así que suspiró.
-
Bueno –dijo Ryder, tras un nuevo intervalo de silencio-, si insistes en estasreuniones trimestrales, Douglas, habré de hacer algo para que funcionen.
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¿Y Dorothy Blalock?
-
La viuda Blalock es suave y huele de maravilla, hermano, y sabe cómocomplacer a un hombre. Ah, sabe muy bien cómo hacerlo. Además, no se pillará losdedos. Es demasiado lista para eso mi Dorothy.
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Sabe montar a caballo –afirmó Douglas-. Eso lo admito.
-
Sí, y no es lo único que sabe montar.Douglas necesitó de una intensa concentración para reprimir una sonrisa. Élera el conde, el cabeza de la extensa familia Sherbrooke. En aquel mismo momento,y pese a la inteligencia de la tal Dorothy, tal vez había otro Sherbrooke en camino.-Empecemos –dijo Douglas, pero no consiguió engañar a Ryder, había vistocómo el labio de su hermano forcejeaba; el joven se echó a reír.-Sí, eso –convino, se levantó y se sirvió un coñac. Alzó luego la licorera haciaDouglas.-No, gracias. Bien –prosiguió Douglas, leyendo la primera hoja que teníadelante-, hasta este trimestre tienes cuatro hijos varones completamente sanos ycuatro hijas completamente sanas. El pobrecito Daniel murió durante el invierno. Lacaída de Amy no parece haber dejado secuelas en su pierna. ¿Estamos al día?
-
Tendré otro hijo en agosto. La madre parece robusta y sana.
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Muy bien –suspiró Douglas-. ¿Su nombre? –Escribió el que Ryder le dio;luego levantó la cabeza-. ¿Es correcto ahora?La sonrisa de Ryder se esfumó. El joven apuró la copa de coñac.
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No. Benny murió de fiebres la semana pasada.
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No me lo dijiste.Ryder se encogió de hombros.
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Ni siquiera había cumplido el año, pero era tan listo, Douglas. Yo sabíaque estabas ocupado con esa visita a Londres, al Ministerio de la Guerra, y elfuneral fue sencillo. Así lo quiso su madre.
-
Lo siento. –Dougrlas frunció el ceño, un hábito que Ryder había notado yque le disgustaba profundamente, y dijo-: Si el bebé nacerá en agosto, ¿por qué nome hablaste de él en nuestra última reunión trimestral?
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