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Chadwick Elizabeth - El Primer Caballero

Chadwick Elizabeth - El Primer Caballero

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02/07/2013

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EL PRIMER CABALLERO
Elizabeth Chadwick
1995,
First Knight 
Traducción: Marta Pérez Sánchez
 ______ 1 ______ 
Era media mañana cuando Lancelot sofrenósu cabalgadura y, alescudriñar desde la cima de la colina los dorados campos de henomaduro, vio el pueblecito que se alzaba en el valle lejano.
Júpiter,
sucaballo, aprovechó la oportunidad para pacer, produciendo con elbocado un repiqueteo musical alarrancar la hierba exuberante.El sol calentaba la piel de Lancelot, el aire transportaba hasta éllos aromas estivales de los prados y por unos instantes sus ojosadoptaron una mirada absorta y una tenue sonrisa se dibujó en surostro. Luego sus pensamientos cambiaron de rumbo. Enderezó laespalda, y su mano derecha tanteó la Vaina de la espada que llevabaa la cintura. El caballo levantó súbitamente la cabeza e hizo unmovimiento nervioso.--Tranquilo-murmuró suavemente Lancelot al tiempo queapartaba lamano del arma para acariciar el brilloso cuello del animal-.Tranquilo, muchacho.Sus labios se torcieron en una mueca sombría. Había ocurridohacía tantos años, tan lejos de allí... Y sin embargo, por mucho que seempeñase en poner distancia con los fantasmas del pasado, éstos loacompañaban dondequiera que fuese.Cogió las riendas y hundió los talones en los flancos negros de
 
Júpiter.
No se dejaría seducir por los hechizos del verano. Sabía conamargura que a éste siempre lo sucedía el invierno.El pueblo estaba abarrotado, ya que era día de mercado, yLancelot tuvo que abrirse paso entre carretas tiradas por bueyes,coches abiertos, ansareras, pastores, amas de casa y campesinas.Los hombres negociaban en torno a un redil de ovejas moteadas. Unrapaz conuna aguijada se esforzaba en dominar una marrana rosadaque era casi tan grande como él y cuyos pesados pezones tocaban elsuelo cubierto de paja. Una mujer quiso decirle a Lancelot labuenaventura, pero él rehusó con una risa cínica. Otra le ofreciófavores más dudosos, que también rechazó, y al fin descabalgódelante de la herrería.El mozo del herrero dejó de avivar el fuego con los fuelles y corrióa sujetar la brida del caballo.--Cuatro herraduras nuevas-dijo Lancelot-. Hemos recorrido unlargo camino, y todavía nos queda un buen trecho por delante.El muchacho asintió. El herrero levantó los ojos de la forja, dondeestaba templando una hoja de espada sobre los rescoldos.--¿Adónde te diriges, forastero?Lancelot sonrió y se apoyóen la jamba de la puerta.--Dondequiera que me lleve la senda, amigo mío.Su enigmática mirada siguió el contoneo de las caderas de unamujer que pasaba por allí con un cesto lleno de peces plateados. Elherrero gruñó y reanudó la tarea.--Tardaré una hora-dijo.Lancelot hizo un gesto de conformidad.--Me conviene-respondió. Estudió el bullicioso gentío queatestaba el mercado.La animación era grande y auguraba excelentes perspectivas dereunir unas cuantas monedas que mejoraran el triste estado de susfinanzas. Después de pagar las cuatro herraduras, apenas le quedaríadinero suficiente para comprar una hogaza de pan y un pedazo dequeso.Un hombre joven surgió de la multitud y se acercó a la herrería.De su cinto colgaba una abultada bolsa de cuero, que Lancelotexaminó con el rabillo del ojo.--¿Está a punto mi espada, Weland?--Sí, maestre Thomas, aquí la tengo.-El herrero señaló uncaballete en el fondo del taller donde había expuestos variosinstrumentos de labranza, sobre todo azadas y hoces, pero también
 
había algunas lanzas, espadas y dagas para quienes buscaban laseguridad que proporciona un arma en el hogar.El joven se encaminócon expresión de ansiedad hacia elcaballete y posó la mano en la empuñadura de la espada que habíaencargado. Lancelot observó con tolerante ironía cómo hendía el airepara probar el equilibrio del arma y ejecutaba algunos lances vistosos,pero fútiles.La gente compraba las espadas como si fueran un juguetecaro. El problema era que la mayoría no sabía jugar con ellas.--Bonita espada-dijo Lancelot, y dejó de holgazanear junto a lapuerta para extender la mano-. ¿Puedo? Al principio el joven pareció sorprenderse, pero luego se encogióde hombros y le entregó el acero.Lancelot apretó los dedos en torno al mango e hizo asimismoalgunos floreos. La espada respondió bien, pero no tanto como lasuya. Aquélla era un arma normal y corriente para un hombre normal ycorriente, características que justamente no definían a Lancelot.--¿Sabes combatir?-preguntó, devolviendo la espada a supropietario-. ¿Eres lo bastante hábil como para justificar esta hoja?El joven se sonrojó.--Puedo derrotar a mis hermanos, y son todos mayores que yo.¿No es verdad, Weland?--Ya lo creo que sí, maestre Thomas-contestó el herrero sinlevantar la vista de su trabajo.--Practico a todas horas. He sido dos veces campeón de nuestraaldea.--¡Vaya, un campeón!-Lancelot asintió como si estuvieraimpresionado. Ladeó la cabeza y fijó en Thomas una miradainquisitiva-. ¿Medirías tu destreza contra mí por el peso del metal quehay en tu bolsa?--¿Contra vos?El hombre examinó a Lancelot de arriba abajo. Vio a un hombrebastante apuesto, con un desenvuelto aire de confianza. Una reciaespada reposaba en la vaina que colgaba de su cintura, pero no habíamúsculos hercúleos que la acompañasen, y vestía poco más queharapos.--¿Te crees capaz?--Tanto como podáis serlo vos, señor-dijo Thomas vivazmente,una vez tomada su decisión-. ¿Cuál será vuestra apuesta?Lancelot se echó a reír.--¡Temo que mi bolsa no te interesaría!

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