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El Pontificado de los siglos XIX y XX

El Pontificado de los siglos XIX y XX

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Análisis de las vicisitudes históricas de los Papas de la Iglesia en los siglos XIX y XX. Estudio magistral a cargo del Prof. D. Luis Suárez Fernández, Catedrático y miembro de la Real Academia de la Historia.
Análisis de las vicisitudes históricas de los Papas de la Iglesia en los siglos XIX y XX. Estudio magistral a cargo del Prof. D. Luis Suárez Fernández, Catedrático y miembro de la Real Academia de la Historia.

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El pontificado de los siglos XIX y XX
 Por Luis SuárezI. LA RESTAURACIÓN DEL PONTIFICADO POR PÍO VIIII. PRIMEROS CHOQUES CON EL LIBERALISMOIII. EL LARGO Y DECISIVO PONTIFICADO DE PÍO IXIV. EL TIEMPO DE LA «RERUM NOVARUM»V. LA BATALLA CONTRA EL MODERNISMOVI. REFLEXIONES SOBRE EL PONTIFICADO DE PÍO XIVII. PÍO XII «PASTOR ANGELICUS»VIII. EL TIEMPO LARGO DE MONTINI 
EL PONTIFICADO DE LOS SIGLOS XIX Y XX (1)Luis Suárez Fernández *I. LA RESTAURACIÓN DEL PONTIFICADO POR PIO VII1
. Cuando, el 29 de agosto de 1799, falleció en Valence Giovanni AngeloBraschi, prisionero de los franceses que no respetaron ni su ancianidad ni sudolencia, los periódicos obedientes a Napoleón dieron la noticia con ciertasorna diciendo que había muerto «Pío VI y último». El propio Bonaparte creyóque se cerraba un último capítulo de la Historia porque la Iglesia católica iba adesaparecer, compartiendo la suerte del Antiguo Régimen. No tardaría endescubrir su doble error; no es posible prescindir de las reliquias de la viejaMonarquía ni del patrimonio de la Iglesia que, según sus propias palabras,guarda en su seno los misterios del orden social. El 13 de noviembre anterior elPapa había firmado una bula
Quum nos
disponiendo que, en el momento de sumuerte los cardenales procedieran a reunirse en conclave en cualquier ciudadque ofreciese garantías suficientes para los católicos.De este modo se inició un tiempo nuevo en la Historia de la Iglesia dentro delcual aún vivimos. Roma y los Estados Pontificios se hallaban bajo la ocupaciónmilitar francesa que trataba de poner en marcha una República semejante a laque se había constituido bajo el régimen del Consulado. El 3 de octubre deaquel año, el cardenal decano que era Giovanni Francesco Albani (†1805)firmó la convocatoria señalando Venecia, parte entonces del Imperio austro-
 
ngaro, como lugar de reunn. Alcomenzaron las sesiones el 8 dediciembre que es una fiesta señalada por la Iglesia. Las fuertes persecuciones,la división del clero francés y los enfrentamientos entre las potencias europeashicieron que no se produjera un consenso inicial: ¿hacia dónde debía dirigir suspasos la Iglesia católica? ¿Hasta qué punto podía o no culparse a la alianzaentre el altar y el trono de las desdichas sobrevenidas?Por eso el conclave resultó muy duradero y hasta el 14 de marzo de 1800 nose pudo alcanzar la mayoría de dos tercios gracias al secretario, ErcoleConsalvi, que propuso el nombre de Barnaba Chiaramonti, que era a la vezmiembro de la alta nobleza y monje benedictino, habiendo merecido laconfianza de Pío VI por la serena energía que había sabido mostrar en relacióncon los revolucionarios franceses. En la bula con que inició su Pontificado,
Diu satis
, explicó las razones de que hubiera escogido también el nombre de Pío:se trataba de continuar la valiente tarea de éste demostrando a los libelistasque la Iglesia no había interrumpido su existencia. El Pontificado se preparaba,en paralelo con el autoritarismo desarrollado por Bonaparte, a asumir laautoridad espiritual sobre los fieles.Naturalmente las circunstancias en que había tenido lugar la elección, dieronorigen a algunos malentendidos. El 8 de noviembre de 1799 el golpe de Estadollamado de Brumario había dado a Bonaparte la presidencia de un gobiernoque tendería a hacerse cada vez más personal. La guerra seguía en Italia,girando ahora abiertamente en favor del pequeño corso. Una guerra que podíaconsiderarse también como enfrentamiento entre la religión y el laicismo. Deaquí que, con toda lógica, el emperador Francisco II, que aún se considerabacomo descendiente de los titulares del Sacro Romano Imperio, propusiesen alPapa fijar una residencia estable en alguna ciudad de sus dominios consalvaguardia de las previsibles amenazas francesas. Pío VII rechazó conmucha claridad su oferta. El Papa debía ser ante todo y sobre todo cabeza delos católicos donde quiera que estuviesen y esto sólo podía lograrlo en Roma,sobre la tumba de Pedro. En consecuencia, el 3 de julio de 1800 volvió aalojarse en el Vaticano mientras Bonaparte haa sonar los ecos de susvictorias en Lombardía.Pío VII pertenecía a una de las familias aristocráticas de los Estados pontificios,los Chiaramonte Chini y había nacido en Cesena cerca de Ravenna en 1742.Su primera educación, profundamente religiosa, era la que correspondía aquien iba a instalarse en ese sector social, fiel en todo momento a la potestadque ejercían como príncipes temporales los Papas. Pero en 1756 decidióingresar en el monasterio benedictino de Santa María del Monte no muy lejosde la casa en que naciera, y aquí la orientación cambió pues fue formadoprofundamente en teología a fin de que pudiera actuar como profesor en variosmonasterios de la Orden. No debe olvidarse que también se esperaba de éluna profesión religiosa a la que siempre se mantuvo fiel. Su alto linaje y susméritos personales le impusieron otro cambio en su vida. Contaba cuarentaaños cuando Pío VI decidió otorgarle el obispado de Imola al tiempo que elcapelo de cardenal. En el momento en que se inicia la Revolución francesa queconduce en pocos años a la guerra entre Austria y Francia en el norte de Italia,
 
él simultanea sus dos principales obligaciones, como obispo en Imola y comomiembro del Colegio en Roma.Cuando Napoleón recibe el mando del Ejército de Italia y logra la fulguranteserie de victorias que conducen al tratado de Campoformio, el futuro Papapermanece en su puesto sin dejarse arrastrar a decisiones políticas. El es,simplemente, un seguidor de Jesucristo. Y así mientras el general trata deponer en pie una nueva estructura, la Republica cisalpina, que extiende susdominios al Patrimonio de San Pedro, Chiaramonte prepara la famosa homilíade la fiesta de Navidad de 1797 que es como la respuesta acerada a laRevolución y a sus consignas. La forma de gobierno por el pueblo –viene adecir– no repugna a la Iglesia; pero exige, para ser correcta someterse a«todas las sublimes virtudes que no se aprenden más que en la escuela deJesucristo». Es uno de los primeros textos fundamentales en que se contieneuna doctrina que la Iglesia irá desarrollando a lo largo de dos siglos. Lademocracia como señalaría Maritain, bebe de algunas fuentes del cristianismo,en especial de la fraternidad universal, pero se falsea cuando pretende someter los principios morales objetivos a la voluntad cambiante de los grupos políticos.
 2
. La primera Enclica, hecha blica muy poco tiempo desps de suelección, y a la que nos hemos referido, trataba de hacer una reconstrucciónhistórica. Los revolucionarios, y en especial los jacobinos, entre 1os que secontaba Napoleón antes de su sustitución por el Directorio, creían que una delas consecuencias inevitables de la caída del Antiguo Régimen iba a ser ladesaparicn de la Iglesia. Pasaba a preguntarse por qué no se haaproducido tal cosa, y daba una respuesta que pertenece a los orígenes mismosdel cristianismo: la Casa de Pedro es cuerpo místico de Cristo y sobre ellareina el Espíritu Santo. Ciertamente de aquí venía también otra consecuencia.El Papa no es un soberano temporal, aunque requiera de esta condición comomedio para afirmar su independencia, sino el pastor que debe estar dispuesto adar su vida por las ovejas. Y hay muchas, también, que no son de su rebaño.En cierto modo también su experiencia de Imola le llevaba a otra conclusión: noes importante el tamaño que deban tener los Estados Pontificios; sí, en cambio,la independencia que éstos procuran. Ahora, más que en ocasiones anteriores,había el peligro de que el Pontificado pasara a ser parte de uno de los grandesImperios, especialmente el de Napoleón, que se estaban construyendo. Enesto no era posible ceder, aunque otros muchos aspectos de las relacionesentre la Iglesia y el Estado pudieran negociarse. Mientras los cardenalestrataban de llegar a una decisión en Venecia, Bonaparte y los suyos –Lucianotuvo más protagonismo que su hermano el general– habían conseguido dar unvuelco completo a la situación en Francia. La Revolución llegaba a su tercerafase como sucede en todas las semejantes y por medio de un plebiscito, esdecir, aplauso de la opinión popular debidamente manejada, un hombre recibíael encargo de hacer balance definitivo de todos los logros y corrección de loserrores, que no eran pocos.Al nuevo Papa preocupaba especialmente una situación que podía contagiarsea otros países provocando una ruptura dentro de los propios esquemas

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