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Elena de White - El Discurso Maestro de Jesucristo

Elena de White - El Discurso Maestro de Jesucristo

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EL DISCURSO MAESTRO DE JESUCRISTO
ELENA G. DE WHITEPREFACIOEl Sermón del Monte es una bendición del cielo para el mundo, una vozproveniente del trono de Dios. Fue dado a la humanidad como ley queenunciara sus deberes y luz proveniente del cielo, para infundirle esperanza yconsolación en el desaliento; gozo y estímulo en todas las vicisitudes de lavida. En él oímos al Príncipe de los predicadores, el Maestro supremo,pronunciar las palabras que su Padre le inspiró.Las bienaventuranzas son el saludo de Cristo, no sólo para los que creen, sinotambién para toda la familia humana. Parece haber olvidado Por un momentoque está en el mundo, y no en el cielo, pues emplea el saludo familiar delmundo de la luz. Las bendiciones brotan de sus labios como el agua cristalinade un rico manantial de vida sellado durante mucho tiempo.Cristo no permite que permanezcamos en la duda con respecto a los rasgos decarácter que él siempre reconoce y bendice. Apartándose de los ambiciosos yfavoritos del mundo, se dirige a quienes ellos desprecian, y llamabienaventurados a quienes reciben su luz y su vida. Abre sus brazosacogedores a los pobres de espíritu, a los mansos, a los humildes, a losacongojados, a los despreciados, a los perseguidos, y les dice: "Venid a mí yyo os haré descansar".Cristo puede mirar la miseria del mundo sin una sombra de pesar por habercreado al hombre. Ve en el corazón humano más que el pecado y la miseria.En su sabiduría 4 y amor infinitos, ve las posibilidades del hombre, las quepuede alcanzar. Sabe que aunque los seres humanos hayan abusado de susmisericordias y hayan destruido la dignidad que Dios les concediera, elCreador será glorificado con su redención.A través de los tiempos, las palabras dichas por Jesús desde la cumbre delmonte de las Bienaventuranzas conservarán su poder. Cada frase es una joyade verdad. Los principios enunciados en este discurso se aplican a todas lasedades a todas las clases sociales. Con energía divina, Cristo expresó su fe yesperanza, al señalar como bienaventurados a un grupo tras otro por haberdesarrollado un carácter justo. Al vivir la vida del Dador de toda existenciamediante la fe en él, todos los hombres pueden alcanzar la norma establecidaen sus palabras.E. G. de W. 7
 
EN LA LADERA DEL MONTE*Mas de catorce siglos antes que Jesús naciera en Belén, los hijos de Israelestaban reunidos en el hermoso valle de Siquem. Desde las montañas situadasa ambos lados se oían las voces de los sacerdotes que proclamaban lasbendiciones y las maldiciones: "la bendición, si oyereis los mandamientos deJehová vuestro Dios... y la maldición, si no oyereis".* Por esto, el montedesde el cual procedieron las palabras de bendición llegó a conocerse como elmonte de las Bendiciones. Mas no fue sobre Gerizim donde se pronunciaronlas palabras que llegaron como bendición para un mundo pecador yentristecido. No alcanzó Israel el alto ideal que se le había propuesto. Un Serdistinto de Josué debía conducir a su pueblo al verdadero reposo de la fe. ElMonte de las Bienaventuranzas no es Gerizim, sino aquel monte, sin nombre, junto al lago de Genesaret donde Jesús dirigió las palabras de bendición a susdiscípulos y a la multitud.Volvamos con los ojos de la imaginación a ese escenario, y, sentados con losdiscípulos en la ladera del monte, analicemos los pensamientos y sentimientosque llenaban sus corazones. Si comprendemos lo que significaban las palabrasde Jesús para quienes las oyeron, podremos percibir en ellas nueva vida ybelleza, y podremos aprovechar sus lecciones más profundas.Cuando el Salvador principió su ministerio, el concepto que el pueblo teníaacerca del Mesías y de su obra era tal que inhabilitaba completamente alpueblo para recibirlo. El espíritu de verdadera devoción se había perdido enlas 8 tradiciones y el espiritualismo, y las profecías eran interpretadas alantojo de corazones orgullosos y amantes del mundo. Los judíos no esperabancomo Salvador del pecado a Aquel que iba a venir, sino como, a un príncipepoderoso que sometería a todas las naciones a la supremacía del León de latribu de Judá. En vano les había pedido Juan el Bautista, con la fuerzaconmovedora de los profetas antiguos, que se arrepintiesen. En vano, a orillasdel Jordán, había señalado a Jesús como Cordero de Dios que quita el pecadodel mundo. Dios trataba de dirigir su atención a la profecía de Isaías conrespecto al Salvador doliente, pero no quisieron oírlo.Si los maestros y caudillos de Israel se hubieran sometido a su graciatransformadora, Jesús los habría hecho embajadores suyos ante los hombres.Fue primeramente en Judea donde se proclamó la llegada del reino y se llamóal arrepentimiento. En el acto de expulsar del templo de Jerusalén a los que loprofanaban, Jesús anunció que era el Mesías, el que limpiaría el alma de lacontaminación del pecado y haría de su pueblo un templo consagrado a Dios.Pero los caudillos judíos no quisieron humillarse para recibir al humilde
 
Maestro de Nazaret. Durante su segunda visita a Jerusalén, fue emplazadoante el Sanedrín, y únicamente el temor al pueblo impidió que procuraranquitarle la vida los dignatarios que lo constituían. Fue entonces cuando,después de salir de Judea, principió Cristo su ministerio en Galilea.Allí prosiguió su obra algunos meses antes de predicar el Sermón del Monte.El mensaje que había proclamado por toda esa región: "El reino de los cielosse ha acercado",* había llamado la atención de todas las clases y dado aúnmayor pábulo a sus esperanzas ambiciosas. La fama del nuevo Maestro habíasuperado los confines de Palestina y, a pesar de la actitud asumida por la jerarquía, se había difundido mucho el sentimiento de que tal vez fuera elLibertador que habían esperado. Grandes multitudes seguían los pasos deJesús y el entusiasmo popular era grande. 9Había llegado el momento en que los discípulos que estaban másestrechamente relacionados con Cristo debían unirse más directamente en suobra, para que estas vastas muchedumbres no quedaran abandonadas comoovejas sin pastor. Algunos de esos discípulos se habían vinculado con Cristoal principio de su ministerio, y los doce vivían casi todos asociados entre sí como miembros de la familia de Jesús. No obstante, engañados también porlas enseñanzas de los rabinos, esperaban, como todo el pueblo, un reinoterrenal. No podían comprender las acciones de Jesús. Ya los había dejadoperplejos y turbados el que no hiciese esfuerzo alguno para fortalecer su causaobteniendo el apoyo de sacerdotes y rabinos, y porque nada había hecho paraestablecer su autoridad como Rey de esta tierra. Todavía había que hacer unagran obra en favor de estos discípulos antes que estuviesen preparados para lasagrada responsabilidad que les incumbiría cuando Jesús ascendiera al cielo.Habían respondido, sin embargo, al amor de Cristo, y aunque eran tardos decorazón para creer, Jesús vio en ellos a personas a quienes podía enseñar ydisciplinar para su gran obra. Y ahora que habían estado con él suficientetiempo como para afirmar hasta cierto punto su fe en el carácter divino de sumisión, y el pueblo también había recibido pruebas incontrovertibles de supoder, quedaba expedito el camino para declarar los principios de su reino enforma tal que les ayudase a comprender su verdadero carácter.Solo, sobre un monte cerca del mar de Galilea, Jesús había pasado la nocheorando en favor de estos escogidos. Al amanecer, los llamó a sí y con palabrasde oración y enseñanza puso las manos sobre sus cabezas para bendecirlos yapartarlos para la obra del Evangelio. Luego se dirigió con ellos a la orilla delmar, donde ya desde el alba había principiado a reunirse una gran multitud.

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