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Yourcenar Cuento Azul

Yourcenar Cuento Azul

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07/17/2014

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Cuento azul
Los mercaderes provenientes de Europa estaban sentados en el puente, frente al mar azul, bajo lasombra índigo de las velas remendadas con retazos grises. Sin cesar, el sol cambiaba de lugar entrelos cordajes y el balanceo lo hacía rebotar como una pelota en una red de puntos demasiadoabiertos. El navío viraba continuamente para evitar los escollos y el atento piloto acariciaba subarbilla azul.Los mercaderes desembarcaron al crepúsculo en una ribera adoquinada de mármol blanco. Unasvetas azuladas corrían por la superficie de las grandes losas que antaño sirvieron comorecubrimiento de los templos. Los mercaderes seguían el sentido del ocaso y las sombras que sealargaban detrás de ellos sobre el camino eran más delgadas, más grandes y menos negras que almediodía, y su matiz azul pálido hacía pensar en las ojeras que se perciben bajo los párpados deun enfermo. Unas inscripciones azules temblaban en las blancas cúpulas de las mezquitas comotatuajes sobre un seno delicado y, de vez en cuando, una turquesa arrastrada por su propio pesose desprendía del artesonado y caía con un ruido sordo sobre el tapiz blando y ajado.Tan pronto como se levantó, la luna se consagró a errar, cual vampiresa, entre las tumbas cónicasdel cementerio. El cielo era azul como la escamosa cola de una sirena, y el mercader griegoencontró en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte, un parecido con las grupas lisas yazules de los centauros.Todas las estrellas concentraban su luz en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderesentraron en el patio de honor para resguardarse del viento del mar, pero las mujeres, asustadas,se negaron a recibirlos, y ellos se desollaron en vano los dedos a fuerza de golpear las puertas deacero relucientes como la hoja de un sable. El frío era tan cruel que el mercader holandés perdiólos cinco dedos del pie izquierdo y una tortuga amputó dos de los dedos de la mano derecha delmercader italiano quien, en la oscuridad, la confundió con un simple cabujón de lapislázuli.Finalmente, un negro enorme salió llorando del palacio y les dijo que cada noche las damasrechazaban su amor porque su piel no era suficientemente oscura. El mercader griego supoganarse su benevolencia ofreciéndole como regalo un talismán hecho con sangre seca y tierra decementerio, y el Nubio los introdujo en una gran sala color ultramar recomendando a las mujeresno alzar demasiado la voz para no despertar a los camellos y perturbar a las serpientes quemamaban su leche al claro de luna.Los mercaderes abrieron sus cofres bajo los ojos curiosos de las sirvientas, entre humos de oloresazules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron susregalos. En una sala revestida de tablones dorados, una China ataviada con un vestido anaranjadolos acusó de impostores, pues los anillos que le ofrecían se volvían invisibles al contacto con su pielamarilla; ninguno reparó en una mujer vestida de negro que estaba sentada al fondo del corredory como caminaron distraídamente sobre un pliegue de su falda, ella los maldijo en nombre delcielo en la lengua de los Tártaros, en nombre del sol en lengua turca y en nombre de la arena en la
 
lengua del desierto. En un cuarto tapizado de telas de araña, no obtuvieron respuesta de unamujer vestida de gris que se palpaba incesantemente para asegurarse de que existía; huyeron deuna sala color carmín donde encontraron a una mujer vestida de rojo que se desangraba a travésde una larga herida abierta en su pecho, pero ella no parecía darse cuenta ya que su ropaje noestaba manchado.Por último, se refugiaron en donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca de la mejor formade llegar hasta la caverna de los zafiros. Eran interrumpidos constantemente por el paso de losportadores de agua, y un perro cubierto de sarna lamió el muñón azulado del mercader italianoque perdió los dedos. Vieron asomar por la escalera del sótano a una joven esclava que llevabapedazos de hielo apilados en un tazón de cristal turbio. Sin darse cuenta, ella posó el tazón sobreuna columna de aire para poder levantar las manos, a modo de saludo, a la altura de su frente,donde tenía tatuada la estrella de los magos. Su cabello negro-azulado corría desde sus sieneshasta sus hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas, y su boca no eramás que una llaga azul. Su vestido lavanda, desteñido por lavarse con frecuencia, estaba tododesgarrado en las rodillas porque ella tenía el hábito de postrarse asiduamente a rezar.Como era sordomuda, poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes; asintiócon gravedad cuando uno tras otro le mostraron el color de sus ojos en un espejo y el rastro de suspasos sobre el polvo del corredor, indicándole que los guiara. El mercader griego le ofreció sustalismanes: ella los rechazó como una mujer feliz, pero con la sonrisa de una mujer desesperada.El mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia extendiendosu vestido desgarrado, y ellos no comprendieron si se juzgaba demasiado pobre o demasiado ricapara esos esplendores.Con la ayuda de una brizna de hierba, la joven forzó el picaporte de una puerta; se encontraron enun patio redondo como el interior de un balde, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. Luegousó su dedo pequeño para abrir una segunda puerta que daba a la llanura, y uno tras otro seadentraron en la isla por un camino bordeado de ramos de aloe. Las sombras de los mercaderesiban pegadas a sus talones, pequeñas y negras como víboras; como la joven no tenía, pensaronque tal vez era un fantasma.Las colinas, azules a la distancia, se volvían negras, castañas y grises a medida que se acercaban,pero el mercader de Turena no perdía el valor y, para reconfortarse, cantaba las melodías de supaís. El mercader castellano fue atacado en dos ocasiones por un escorpión; sus piernas sehincharon hasta las rodillas y se tornaron del color de las berenjenas maduras; sin embargo, noexperimentaba dolor alguno y llevaba un paso más solemne y seguro que los otros, como si sesintiera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba porque lostalones de la joven estaban perlados de sangre pues caminaba descalza sobre trozos de porcelanay vidrios.Tuvieron que deslizarse sobre sus rodillas hacia el interior de la caverna, que no abría al mundomás que una boca estrecha y resquebrajada. Pero la gruta era más espaciosa de lo que se hubieracreído y cuando sus ojos hicieron amistad con las tinieblas, descubrieron por todas partes
 
fragmentos de cielo entre las grietas de la roca. Un lago inmaculado ocupaba el centro de la cuevay cuando el mercader italiano le lanzó un guijarro para calcular su profundidad, no se escuchócaer, pero en la superficie se formaron burbujas como si una sirena despertada bruscamentehubiera expirado todo el aire que llenaba sus pulmones azules. El mercader griego mojó sus ávidasmanos en esa agua que se las tiñó hasta las muñecas, como el líquido hirviente en el barril deltintorero, mas no consiguió asir los zafiros que bogaban cual flotillas de nautilos sobre las aguas,más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y lanzó al agua suscabellos, a los que los zafiros se prendieron como a las mallas sedosas de una red oscura. Primero,llamó al mercader holandés, quien llenó de zafiros sus zapatos, y al mercader turenés, que llenó sugorro. El mercader griego atiborró un odre que llevaba al hombro, y el castellano se arrancó losguantes de piel de las manos sudorosas y, en adelante, los usó colgados del cuello, como manoscortadas. Cuando llegó el turno del mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago, y lamuchacha se quitó un pendiente de bisutería y le ordenó por señas que lo pusiera sobre sucorazón.Reptaron fuera de la caverna y la joven le pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar unagran piedra sobre la entrada. Después hizo un sello con arcilla y un hilo de sus cabellos. La ruta deregreso les pareció más larga que en la mañana; el mercader castellano comenzó a sufrir a causade sus piernas envenenadas y se tambaleaba blasfemando en nombre de la madre de Dios. Elmercader holandés, hambriento, quiso beber de las cantimploras azules de los higos maduros,pero cientos de abejas escondidas en su sabrosa espesura, le picaron en la garganta y en lasmanos.Cuando llegaron al pie de las murallas, dieron un rodeo para evitar a los centinelas. Se dirigieronsin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto porquehacía mucho tiempo que en ese país ya no se pescaban sirenas. Su barca flotaba débilmente sobreel agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único vestigio de una estatua colosal erigida enhonor de un dios cuyo nombre ya no recordaba nadie. En el muelle, la joven quiso despedirse delos mercaderes poniendo sus dos manos sobre su corazón, pero el griego la tomó de las muñecas yla arrastró dentro de la nave, con el propósito de venderla al príncipe veneciano de Negroponto,que amaba a las mujeres heridas o lisiadas. La sordomuda se dejó llevar sin resistencia. Al caersobre el suelo del puente, sus lágrimas se convertían en aguamarinas, por lo que sus verdugos delas ingeniaron para hacerla llorar.La desnudaron y la ataron al mástil. Su cuerpo era tan blanco que serviría de faro a los barcos quenavegaran por esa clara noche de las Islas. Cuando terminaron de jugar su partida de palillos, losmercaderes bajaron a los camarotes para dormir. Al alba, el holandés, atormentado por el deseo,subió al puente y se acercó a la prisionera para violarla. Pero ella había desaparecido; las atadurasvacías colgaban del tronco del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde sehabían posado sus delgados y suaves pies, no quedaba nada más que un montón de hierbasaromáticas del que se desprendía un humo azul.

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