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El Misterio de Belicena Villca Volumen II

El Misterio de Belicena Villca Volumen II

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Published by: Raquel Espinosa Pizarro on Jun 19, 2012
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El Misterio de Belicena Villca
LIBRO TERCERO
“En busca de Tío Kurt”
 
Capítulo I
Puede el lector dar rienda suelta a la imaginacn. Nunca lograrárepresentarse las emociones y el estado de total perturbación en que me sumió lalectura de la carta de Belicena Villca. Fue algo muy extraño para mí; a medidaque leía fui experimentando una pluralidad de estados de ánimo. Así pasé delescepticismo inicial a la sorpresa, de ésta al estupor, de allí salté a la curiosidad,y sucesivamente a mil sensaciones más. Finalmente, un entusiasmo primitivo einsensato se apoderó de mí y, en vez de rechazar la carta como una impostura,actitud lógica y perfectamente justificada, hice todo lo contrario, sellando así misuerte: ¡decidí emprender la aventura!Recién terminaba de leer la carta y, casi sin reflexionar, había tomado unadecisión, ¿por qué? Trataré de explicarlo. Hasta el momento de leer la carta deBelicena Villca mi vida estaba vaa de ideales. Tenía un brillante futuroprofesional y cuanto necesitaba para mi confort; era afortunado con las mujeres yaunque ninguna lograba ganar mi corazón, eso tarde o temprano ocurriría. Todohacía preveer que mi vida se desenvolvería por los carriles que conducen al éxitomundano. Y sin embargo algo fallaba en este esquema porque no era feliz.Poseía paz y tranquilidad material pero muchas veces la tristeza me agobiaba;presentía que a mi Espíritu le faltaba un horizonte hacia el cual mirar, un ideal,una meta quizás, digna del mayor sacrificio.Por eso a veces contemplaba con envidia la Historia Universal, losperíodos heroicos en los que me hubiese gustado vivir: elegir tal o cual bando,seguir a éste o aquel reformador, cometer esa herejía liberadora o hundirmeardientemente en aquel dogma tiránico. ¡Vivir, luchar, morir, ser hombre! Pero ser hombre no es solamente pensar; es “sentir” el Espíritu. Y el Espíritu se “siente”cuando la vida se orienta en la búsqueda de un ideal; porque los ideales no estánen este mundo, son de otro orden, lo mismo que el Espíritu y afines a él.No es cil. Ser idealista requiere mucho valor ya que la realidad,engañosa y cruel, guarda una trampa para el idealista ingenuo y un sepulcro parael idealista comprometido. He visto cómo el elemento idealista de mi generación,fue sistemáticamente aniquilado y sus ideales calificados de
“nihilistas” 
. Un Almirante argentino que pasa por persona culta, Massera, dijo en un discurso:
“Estamos combatiendo contra nihilistas, contra delirantes de la destrucción,cuyo objetivo es la destrucción en sí, aunque se enmascaren de redentoressociales” 
. Muchos de los muertos y desaparecidos, no eran tal cosa, sinoidealistas que creyeron en el mito infantil de la “revolución social” como medioválido para instalar un orden más justo en el mundo. Precisamente por creer (ser idealista), no vieron la diabólica trama de intereses en que estaban insertos;precisamente por creer fueron algunos adoctrinados, armados y lanzadosimbécilmente a la aventura, por el mismo Sistema sinárquico que después losreprimió. Y no pienso solamente en los que empuñaron las armas, que tal vez
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El Misterio de Belicena Villca
merecían morir por apátridas, sino en tantos otros que cayeron sin conocer el olor a la pólvora; por cometer el “delito” de amar ideales que afectan algún interés oprivilegio.Eso no es nihilismo; nihilista es la represión desbocada, la censuraasfixiante, la mediocridad instituida, la corrupción oficializada, el lavado decerebros digitado, en fin, la tiranía implacable, embozada obscenamente en unlenguaje “democrático” o “liberal”.El triunfo del Sistema es la estabilidad de un orden de cosas corrupto, deuna sociedad edificada sobre la usura y el materialismo, de un país dibujado aplumín, para que se inserte en una geopolítica foránea, planeada al detalle por laSinarquía Internacional de los Grandes Imperialismos.¿Qué nos ofrece este mundo contemporáneo de dólares y acero que valganuestro sacrificio? Acá una cultura decadente y cipaya; allí un terrorismo singrandeza; alun Poder represor y asesino; aculuna Iglesia cobarde ymentirosa; ¿Para qué seguir si todo hiede?Este era mi estado de ánimo cuando leí la carta de Belicena Villca y por eso mi reacción fue instantánea: Yo, el insignificante Dr. Siegnagel, poco másque el número de una ficha o carnet, alguien perdido en la mediocridad cotidianade la remota Salta: ¡de pronto soy llamado para una misn riesgosa, soyconvocado por el Destino!La sangre me hervía en las venas y algo así como una reminiscencia depasadas batallas, se apoderó de mí. Belicena se preguntaba en su carta si podríaser un Kshatriya: –¡Pues ya lo era! Aparte de este irresponsable entusiasmo, en el fondo experimentaba unagran estupefacción a poco que intentaba razonar sobre el contenido de la carta.No podía negar que de toda ella se desprendía una tremenda fuerza primordial,un halo de antiguas verdades olvidadas, como si Belicena Villca no perteneciesea esta Epoca o, mejor dicho, como si fuera independiente del tiempo.El lenguaje era pagano y vital; “fantástico” sería el término justo, sino fueseque el asesinato de Belicena convertía a este mensaje premonitorio en algomacabramente real.Dos preguntas bullían en mi cabeza saltando el pensamiento de una a laotra sin solución de continuidad ¿Dónde estaba ese “Signo del Origen”, del cualsoy portador, claramente visible para Belicena Villca y aparentementerepresentativo de una cierta condición espiritual? Recordaba perfectamente loque Belicena había escrito el Segundo Día: “en verdad, lo que existe comoherencia divina de los Dioses es
un Símbolo del Origen en la Sangre Pura: el Signo del Origen, observado en la Piedra de Venus, era sólo el reflejo del Símbolo del Origen presente en la Sangre Pura de los Reyes Guerreros, delos Hijos de los Dioses, de los Hombres Semidivinos que, junto a un cuerpoanimal y a un Alma Material, poseían un Espíritu Eterno
”. Si era cierto que Yoposeía el Símbolo del Origen en mi Sangre Pura, si Yo era un hombre espiritual,entonces tendría la posibilidad de obtener la Más Alta Sabiduría de los AtlantesBlancos ¿O había interpretado mal las palabras de Belicena? Porque en ese DíaSegundo ella escribió:
“la Sabiduría consiste en comprender a la Serpientecon el Signo del Origen” 
. Según Belicena, los Dioses afirmaban al hombre:
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El Misterio de Belicena Villca
“has perdido el Origen y eres prisionero de la Serpiente: ¡con el Signo del Origen, comprende a la Serpiente y serás nuevamente libre en el Origen!” 
Ala luz de estos conceptos, mi razonamiento era el siguiente:
si el Signo del Origen, “mi propio signo del Origen”, se hallaba manifestado y plasmado enalguna parte de mi cuerpo, de tal suerte que fue rápidamente distinguido por Belicena Villca, ¡ése era el sitio que Yo debía descubrir y proyectar en el Mundo, sobre la Serpiente, como antaño hicieran los Iniciados Hiperbóreos! 
Y sentía así como una urgencia interior por localizar ese Signo y cumplir con elmandato de los Dioses.Pero entendía, también, que carecía de muchos elementos esotéricos dela Sabiduría Hiperbórea. Mas, si habría que dejar pendiente esta primer pregunta,la segunda “que bullía en mi cabeza”, sobre la “prueba de familia”, no tardaría eninvestigarla. Belicena Villca, en efecto, había asegurado, en el Cuarto Día, que mifamilia “fue destinada para producir una
miel 
arquetípica, el zumo exquisito de lodulce”. Aquella era la primer noticia que tenía sobre el asunto y trataría, por lomenos, de comprobarla con mis familiares cercanos.
Capítulo II
Desde que mamá me entregó el portafolios con la carta de Belicena Villca,hasta el momento en que tomé la decisión de cumplir con su pedido póstumo,habían transcurrido cuatro días. Ciertamente, leí la carta en tiempo récord, dadasu extensn y profundidad, permaneciendo encerrado en mi cuarto yhaciéndome subir, de tanto en tanto, algún alimento. Al fin, una tarde, descendícalladamente, con el misterioso portafolios en la mano, y tomé asiento entre losmíos, que se encontraban como era la costumbre a esa hora desplegados en elpatio posterior. Reclinada la cabeza, la mirada perdida en la lejanía de los cerros,estuve en silencio un largo rato. Durante ese lapso nadie me interrumpió,acostumbrados por años a verme estudiar bajo la sombra del gigantesco roble.Sólo el murmullo del viento entre las hojas, el trino de las aves, y el ras, ras, deCanuto al rascarse cada tanto, acompañaban mi meditación.Me paré bruscamente, haciendo a un lado el sillón de hormigón del juegode jardín. Junto a los lapachos cercanos a la casa, estaban mis padres: Mamázurciendo medias de mis sobrinos y Papá leyendo un semanario europeo quellega quince días atrasado; mientras, la casette de Angelito Vargas, rebobinadapor enésima vez, nos envolvía a todos con “Tres esquinas”. –Papá, Mamá –dije enfáticamente– ¿en vuestras familias habéis tenidoantepasados o parientes que siguiesen un oficio o artesanía por tradición? –Eso era una costumbre muy común en Europa –respondió Papápensativo– hoy lamentablemente olvidada. En mi familia hubo muchos médicoscomo tú, Arturo, y hasta boticarios como mi padre, pero sin que esto fuese unaley, pues tuvimos también buenos agricultores como Yo:
 jof, jof, jof,
–reía mipadre celebrando su ocurrencia.En cambio la familia de tu madre, –prosiguió más calmo– sí que tiene unatradición en el cultivo y la producción del azúcar. Tú sabes que a ella la conocí enEgipto cuando mi padre, alpor el 35, decidió abrir nuevos mercados alcomercio del
tanino
, en vista de que la industria textil de Europa y América
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